


El zopilote aura cumple una función vital en el equilibrio ecológico de la región, sin embargo la ignorancia de algunos, lo señalan como una especie adversa
En uno de los tantos grupos de WhatsApp en los que estoy, se preguntó recientemente si el zopilote aura es una plaga. Este planteamiento me recordó una publicación en un diario local donde se asegura que esta ave carroñera está "acabando con los árboles" en la región lagunera. La frase, breve y sin fundamento, refleja un problema mayor: el impacto de la ignorancia ambiental en la opinión pública. Cuando la desinformación se repite sin cuestionamiento, termina disfrazada de verdad. Lo más grave es que estas ideas falsas no solo tergiversan la realidad, sino que pueden traducirse en acciones dañinas contra especies fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas.
En febrero pasado, el diario El Sol de La Laguna publicó un texto titulado: “Aves carroñeras aniquilan la flora de La Laguna al secar especies endémicas”. En éste se asegura, con tintes dramáticos, que “las copas de los árboles sabinos en Santa Anita se tiñen de blanco y denotan que se acerca su fin al secarse”. Hay que puntualizar que ni sabinos ni eucaliptos son endémicos de la Comarca Lagunera.
Pero el tono del reportaje no se detiene ahí. Una de las fuentes oficial citada es nada menos que el director de Medio Ambiente del ayuntamiento de Lerdo, Ricardo Díaz Segovia, quien declaró que “no son muy convenientes las auras aquí dentro del Parque porque van dañando poco a poco”. Y más adelante, sin el menor rigor médico o científico, sugiere una posible relación entre la presencia de estas aves y un caso de cáncer en una persona que frecuenta la zona al oriente de Lerdo: “Las Auras buscan su hábitat y se van para Santa Anita, ahí como es una zona desértica y se van, hay mucho animal muerto y es de lo que comen ellas, ya hemos tenido reportes de algunos ciudadanos que se han enfermado cuando van a correr de lo que respiran, incluso ya hubo un ciudadano que le detectaron cáncer”.
Este tipo de declaraciones, sin evidencia ni contexto, no solo desinforman: desvían la atención de los verdaderos problemas ambientales. La sequía, la falta de gestión del agua y la desaparición del cauce natural del río Nazas son factores reales y documentados que explican el deterioro de especies como los ahuehuetes. Culpar a un ave carroñera es no solo un error, sino una irresponsabilidad.
El deterioro de los ahuehuetes en Santa Anita y otras zonas de La Laguna no tiene relación directa con los zopilotes. Estos árboles han sido víctimas de la modificación drástica del paisaje hidrológico de la región. Hace un siglo, el río Nazas corría libre por la hoy zona conurbada. Existían acequias, tajos y humedales. El agua fluía alimentando especies ribereñas.
Con el tiempo, ese flujo se detuvo por la construcción de presas y el uso intensivo del agua para riego agrícola. En el mismo proceso, se introdujeron eucaliptos, árboles de origen australiano usados históricamente para desecar pantanos y abrir tierras de cultivo. Estas especies, de raíces profundas y alto consumo hídrico, ayudaron a secar el entorno natural. Hoy, sin agua y con suelos más pobres, muchos árboles agonizan.
Lejos de ser una amenaza, el Cathartes aura, conocido como zopilote aura, cumple funciones ecológicas esenciales. Se alimenta exclusivamente de carroña: animales muertos que, si se dejaran en descomposición, podrían ser foco de enfermedades como la rabia, el ántrax o la leptospirosis.
Al eliminar estos restos, los zopilotes ayudan a limpiar el ambiente, a reducir la población de moscas y otros insectos nocivos, y a cerrar ciclos biológicos. Su sistema digestivo, altamente ácido, destruye bacterias y toxinas que serían letales para otros animales. Son, en muchos sentidos, guardianes sanitarios de la naturaleza.
Además, no representan una amenaza para el ser humano. No cazan ni atacan a animales vivos. Tampoco son responsables de enfermedades, y su presencia puede incluso indicar la salud ambiental de una región: cuando los zopilotes desaparecen, puede ser señal de alteraciones graves en el ecosistema.
Aunque parecería innecesario contradecir ideas tan absurdas como la de que los zopilotes causan cáncer o “secan árboles con su excremento”, lo cierto es que estas mentiras encuentran eco cuando no hay educación ambiental ni voluntad de investigar.
El daño no es solo a nivel de percepción. Estas ideas pueden justificar políticas o acciones que terminen afectando a estas aves, ya vulnerables por la pérdida de hábitat, la contaminación y los cambios climáticos.
Frente a la crisis ambiental actual, necesitamos más zopilotes, no menos. Necesitamos también funcionarios informados, periodistas responsables y ciudadanos dispuestos a cuestionar lo que leen en redes o escuchan en la calle.
En vez de repetir falacias, deberíamos abrir más espacios para estas aves que, sin pedir nada a cambio, realizan una labor de limpieza y equilibrio ecológico invaluable. En ciudades con basureros a cielo abierto, cadáveres de animales y ausencia de gestión ambiental, el zopilote aura no es una plaga: es un aliado silencioso, necesario y, hoy más que nunca, digno de respeto y protección.