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Crédito de la fotografía: 

Todos somos migrantes: la tragedia en Nazareno, Durango, que deberíamos ver

Autor:  Héctor Esparza

La tragedia a cada momento se anunciaba hasta que ocurrió: el jueves 18 de abril de 2024 alrededor de las 6 de tarde 2 pequeñas de 2 y 4 años de edad, así como un joven de 18, cayeron desde lo alto de un vagón de ferrocarril y murieron. El accidente pasó en el territorio de Nazareno, que pertenece a Lerdo, Durango, cerca de nosotros.

Una de las fotografías difundida es impactante: la madre, una joven de 20 años de edad, venezolana, está rodeada por paramédicos, es evidente que intentan calmarla; ella voltea a mirar un pequeño bulto cubierto con una sábana blanca. Debe ser una de sus hijas pequeñas.

Hay dos versiones de la tragedia, en una se indica que el tren se detuvo, lo que aprovecharon los migrantes para levantarse en la cima del vagón, enseguida, cuando la locomotora emprendió la marcha, perdieron el equilibrio y cayeron. La otra versión narra que cayeron del tren en movimiento cuando intentaban abordarlo. Como quiera que haya sido es una tragedia que refleja la crisis migratoria que se padece.

Lo más frustrante, creo, es la normalización de estas desdichas ocurridas a los migrantes en nuestro país y el racismo que se evidencia entre algunos laguneros.

No juzguemos, apoyemos

El clima de inseguridad, de adversidad económica y de inestabilidad política en diversos países del mundo está provocando la migración de las personas hacia los Estados Unidos. En ese camino en busca de la tranquilidad los migrantes tienen que librar uno de los peores obstáculos: cruzar México. Ya no es la selva panameña del Darién, sino el territorio mexicano donde ocurren las peores desgracias a los migrantes: secuestros, extorsión, robo, desaparición y muerte.

¿Qué estarán padeciendo los migrantes en su hogar, que toman la determinación de huir con sus hijos, con sus pequeñas, sabiendo que la muerte viaja con ellos? Existe la certeza de que morirán si no se mueven. La posibilidad del deceso se reduce si se toma la decisión de caminar.

Y ese ha sido, desde siempre, el motivo de las migraciones, la búsqueda de la sobrevivencia. Los nómadas de antes lo hacían, los nómadas de ahora lo hacen.

Antes de que Saúl Rodríguez, editor de la revista Siglo Nuevo, me pidiera abordar el tema de los niños migrantes, observé en varias ocasiones a grupos de adultos trepados en el tren, bajo sábanas o cobijas que extendían para protegerse del sol. No imaginaba que entre ellos también viajaban sus hijos.

Fue en el Centro de Día para Migrantes Jesús Torres Fraire, en Torreón, cuando vi a las niñas jugando; una de sus madres me contó que, a bordo de las tolvas, se metían entre el techo y una rejilla que sobresale 35 centímetros y se amarraban de pies y manos para no caer cuando el sueño los vencía. Y a sus hijos los acostaban entre ellos, sobre el duro acero que se convierte en un comal bajo el sol.

Una de las madres a quien entrevisté fue testigo la noche anterior de otro accidente en Gómez Palacio: se quedaron dormidos cerca de las vías, el cansancio era profundo, tanto que les impidió percatarse del avance de la locomotora, uno de los jóvenes fue golpeado por el tren.

Encuentro en Torreón

Al día siguiente de aquella visita me encontré caminando por el centro de Torreón a una familia completa de migrantes con sus dos bebés cargados; preguntaba la madre por una dirección donde sabía que podían dormir. Les ofrecí llevarlos al Centro de Día que está en la colonia Las Julietas, sólo que allá no podrían quedarse, sólo asearse, comer y descansar para seguir su viaje. Rechazaron la oferta pues estaban seguros de que este otro lugar a donde irían podían pasar la noche sin ser molestados por los agentes de migración.

Platiqué con la madre que cargaba a su hija de aproximadamente 2 años de edad, la bebé iba sin blusa para que se refrescara porque ese día la temperatura fue alta. Unos metros detrás de ellas estaba quien supongo era el padre, cargando a su otra hija, de alrededor de cuatro años de edad… se les veía agotados, sus ropas estaban manchadas de grasa y olían a metal, como si hubieran salido de un taller mecánico. Les acompañaban otros dos jóvenes.

-Venimos de Venezuela, estamos sin papeles, somos indocumentados –me dijo la joven madre.

-Lo sé, por eso les ofrezco llevarlos al centro para que descansen.

-Lo que buscamos es dónde poder dormir –reiteró.

Pensé que al trasladarlos por la ciudad podría cometer una irregularidad, lo consulté con María Concepción Martínez Rodríguez, coordinadora del Centro de Día, quien me indicó que leyera el artículo 159 de la Ley de Migración, el cual, al final indica: “No se impondrá pena a las personas de reconocida solvencia moral, que por razones estrictamente humanitarias y sin buscar beneficio alguno, presten ayuda a la persona que se ha internado en el país de manera irregular, aun cuando reciban donativos o recursos para la continuación de su labor humanitaria”.

Yo solo deseaba llevarlos al albergue, no aceptaron.

México es el único país donde no les venden boletos de camión a los migrantes, por eso suben a los trenes, me comentó la coordinadora del Centro de Día; ese riesgo aumenta cuando agentes del Instituto Nacional de Migración, apoyados con la Guardia Nacional y el Ejército les impiden el acceso a los trenes, por eso intentan abordarlos en movimiento, a las afueras de las ciudades.

Cinco días después recibí la información de la tragedia, dos niñas de dos y cuatro años de edad y un joven de 18, habían caído del tren.

“Todos somos migrantes”, me dijo María Concepción, en un intento más por fomentar la empatía y solidaridad entre los laguneros. Y si no fuimos nosotros los que salimos de nuestra tierra de origen, sí lo fueron nuestros padres o nuestros abuelos; así haya sido el rancho el que dejamos, eso nos convierte en migrantes.

Durante finales de abril y la primera semana de mayo el Centro de Día para Migrantes Jesús Torres Fraire, ofrecerá fiestas a los niños y niñas migrantes, solo nos pide que llevemos un juguete que puedan cargar los pequeños y no estorbe cuando trepen al ferrocarril. Hagámoslo.

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