

Pocas veces pensamos en el suelo como un organismo vivo. Pocas veces, también, lo vemos como un recurso que puede agotarse. Pero quienes lo estudian de cerca, como la doctora Selene Yuridia Márquez Guerrero y su equipo en el Instituto Tecnológico de Torreón, saben que en esa capa oscura bajo nuestros pies habita el futuro de la agricultura, del agua y, en última instancia, de la vida.
En el norte de México —territorio árido, pero históricamente agrícola— los suelos enfrentan un desgaste acelerado. La actividad intensiva, el uso indiscriminado de agroquímicos y la pérdida de biodiversidad han reducido su fertilidad. Sin embargo, desde los salones de clase y los laboratorios del ITT, emergen soluciones concretas. Una de ellas está liderada por una joven científica: Ana Laura Olivas Pérez.
Ana Laura es estudiante del Doctorado en Ciencias en Agua y Suelo. Su investigación se centra en reciclar nutrientes usando estiércol compostado, aplicado directamente a parcelas con agricultura intensiva. El objetivo es aumentar la materia orgánica del suelo y restaurar su salud biológica, física y química. Es un paso vital para devolverle al suelo lo que durante años se le ha quitado.
“Estamos trabajando con productores que llevan décadas sembrando con técnicas intensivas, con pocos descansos del suelo”, explica la doctora Márquez. “El reto es enorme, pero también es una oportunidad de demostrar que es posible producir con responsabilidad”.
Ana Laura analiza la evolución del suelo tras las aplicaciones controladas de compostas y otros materiales orgánicos. El proceso no solo busca mejorar rendimientos agrícolas a mediano plazo, sino también detener la degradación que amenaza con volver infértiles grandes extensiones del norte de Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas.
México posee 26 de los 32 tipos de suelo clasificados en la Base Internacional de Referencia Mundial de Recursos Suelo. Esta diversidad —explica la doctora Márquez— se debe a la variedad de climas, ecosistemas y relieves. Desde suelos volcánicos en el sur hasta suelos calcáreos en el norte, como los de la Comarca Lagunera, cada tipo tiene características únicas.
Pero los suelos del norte del país, típicamente áridos, presentan bajos contenidos de materia orgánica y alta vulnerabilidad a la erosión. “Son suelos que ya eran pobres por naturaleza, pero la actividad humana los ha empobrecido más”, señala Márquez.
La pérdida de materia orgánica —clave para retener agua y nutrir a las plantas— ha reducido la biodiversidad microbiana. Y eso, en palabras de la investigadora, es como si al cuerpo humano se le agotaran las defensas.

El proyecto de Ana Laura Olivas forma parte de una línea de trabajo que busca impulsar prácticas de agricultura regenerativa, especialmente en zonas de agricultura intensiva. Su uso de compostas con estiércol —debidamente tratado para evitar contaminación— no es una fórmula nueva, pero sí una que cobra renovado valor ante la urgencia climática.
“Regenerar el suelo no es solo una alternativa ecológica, es una necesidad estratégica”, dice la doctora.
Además, esta investigación se vincula con redes nacionales que promueven la agricultura de conservación, como las que coordina el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), con más de 30 años de experiencia en parcelas restauradas.
El suelo, como todo ecosistema vivo, tiene memoria. Recuerda el daño, pero también puede responder a los cuidados. En el trabajo de Ana Laura y su directora, no hay recetas mágicas, pero sí hay ciencia, observación, análisis y sobre todo, compromiso.
Desde Voces Nómadas celebramos estas iniciativas que nacen desde lo local para aportar a lo global. En un mundo donde la desertificación avanza y la demanda de alimentos crece, regenerar los suelos es tan urgente como sembrar futuro. Y en las manos de investigadoras como Ana Laura Olivas Pérez, ese futuro comienza a germinar.