

En cada casa hay un rincón que podría llamarse “el museo de lo inútil”. Un colchón que ya ni los gatos quieren, la licuadora sin tapa, el ventilador que se prende con un golpe seco, un televisor que muestra fantasmas del canal dos. Todo se guarda porque, bueno, “por si algún día sirve”. Ese día, por supuesto, nunca llega.
La Ruta del Descacharre, un operativo municipal que suena a epopeya medieval pero que en realidad se libra calle por calle, ha logrado lo que pocos: enfrentarse a esa acumulación colectiva de cosas que ni funcionan ni se tiran. En lo que va del año, los camiones de Servicios Públicos han levantado más de mil toneladas de tiliches en 95 colonias y ejidos de Torreón. Una hazaña de proporciones arqueológicas.
No se trata solo de basura. Lo que hay detrás del sillón roído o el microondas de 1998 es historia. Ese mueble que “nomás necesita una pata nueva”, el radio que dejó de sonar después de la última lluvia, la cuna que nadie quiere regalar “porque costó mucho”. Cada objeto tiene su pequeño drama doméstico.
Por eso, cuando los camiones del Descacharre se anuncian por Facebook —con horario, colonia y ruta—, las familias entran en debate. “¿Tiramos la bicicleta vieja?”, pregunta alguien. “No, esa sirve para piezas”, responde otro. A las siete de la mañana del operativo, los vecinos miran desde las ventanas cómo el camión se lleva los restos de su pasado. Hay quien suelta un suspiro y hay quien toma foto “para el recuerdo”.

Detrás del humor, el asunto es serio. Los acumuladores involuntarios que somos los laguneros terminamos, sin saberlo, criando mosquitos en cada balde, tapón o llanta vieja. El dengue no distingue entre el florero con agua y el tinaco olvidado. Por eso, explica Fernando Villarreal Cuéllar, director de Servicios Públicos, la ruta no es una ocurrencia municipal sino una medida sanitaria.
“El objetivo es evitar la proliferación de criaderos y mejorar los entornos urbanos. La prevención es clave”, dice el funcionario, con la paciencia de quien ha visto de todo: refrigeradores convertidos en roperos, televisores usados como macetas, colchones que se deshacen en polvo.
La jornada comienza a las siete de la mañana y termina a las dos y media de la tarde. Los trabajadores de PASA recorren calles, levantan muebles, lavadoras, fierros y juguetes rotos. No aceptan escombro ni ramas, pero todo lo demás entra en el camión del olvido.

Desde enero, la Ruta ha pasado por lugares como Camilo Torres, Buenos Aires, Quintas La Merced, Fovissste La Rosita y Santa Sofía. Cada colonia deja su propio testimonio de desprendimiento. En algunos puntos, los vecinos incluso organizan “competencias de limpieza” o se echan porras desde las banquetas. Una vecina de la Polvorera confesó que tenía un tocador de tres generaciones que terminó en la caja del camión. “Era de mi abuela, pero ya solo servía para juntar polvo. Hasta sentí que me quité un peso de encima”, contó riéndose.
El Descacharre se ha convertido, sin proponérselo, en una especie de taller de salud mental colectiva. Deshacerse de lo que estorba no solo limpia patios, también despeja la mente. Los psicólogos lo llaman “minimalismo emocional”. Aquí simplemente le decimos “ya era hora”.
Hay algo liberador en ver desaparecer el sillón mordido por el perro o el ventilador que ruge como helicóptero. La ciudad entera respira un poco mejor. Y si además con eso se evita un brote de dengue, mejor todavía.
Según la Dirección de Servicios Públicos, cada jornada de descacharre elimina cientos de posibles criaderos del mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue, zika y chikungunya. En épocas de lluvia, los objetos abandonados acumulan agua y se convierten en trampas perfectas. De ahí la insistencia en mantener los patios limpios.
La recomendación es sencilla: revisar cada semana los recipientes donde se acumule agua, taparlos o voltearlos. Y cuando la ruta llegue a tu colonia, sacar todo lo que ya no sirve y colocarlo ordenadamente frente al domicilio. No es solo cuestión de estética, sino de salud pública.
El programa, impulsado por la administración del alcalde Román Alberto Cepeda González, no pretende cambiar la cultura del acaparamiento de un día para otro. Pero algo está logrando. Cada colchón que desaparece es una victoria simbólica contra el por si algún día sirve. Cada televisor que se va es una lección de desapego.
Los Servicios Públicos insisten en revisar las redes oficiales —Facebook, Instagram o TikTok— donde se anuncian las próximas rutas. No vaya a ser que, cuando por fin decidas sacar ese mueble cojo, el camión ya haya pasado.
Porque si algo define al lagunero es su fe inquebrantable en la posibilidad de reparar lo irreparable. Y también su costumbre de guardarlo todo, aunque ya no sirva. Al final, la Ruta del Descacharre no solo limpia las calles de Torreón, también le da terapia al alma colectiva de una ciudad que empieza a entender que dejar ir también es cuidar.
