


Entrar al Hotel Villa Jardín en los años ochenta implicaba atravesar una frontera extraña, invisible. Afuera, el calor lagunero, el polvo, el tránsito del bulevar Miguel Alemán; adentro, un espacio donde el mundo parecía reorganizado según otra lógica. En medio del vestíbulo, entre sillones de vinil y mesas de madera, un oso pardo —Ursus arctos— avanzaba sin avanzar, congelado en un gesto que imitaba la vida. Frente a él un oso polar —Ursus maritimus— permanecía acechando, ajeno a la temperatura del lugar, ajeno incluso a la geografía.
No había explicación visible. Nadie preguntaba demasiado. Los animales estaban ahí como parte del mobiliario, como si siempre hubieran pertenecido a ese sitio. El vestíbulo no era un museo, pero operaba como uno sin cédulas, sin contexto, sin historia. Los cuerpos disecados no contaban su origen, solo ocupaban el espacio.
A unas calles de distancia, en una casa de la misma zona, un tigre de bengala —Panthera tigris tigris— caminaba dentro de una jaula en un jardín particular. Se llamaba Chaquira y su presencia tampoco resultaba extraordinaria para quienes conocían la historia. El animal vivía donde no debía, pero eso no lo volvía imposible, sino cotidiano. Con el tiempo, terminó en una jaula del parque Guadiana, en Durango, famélico y agotado, con el orgullo herido. El trayecto fue breve en kilómetros, pero suficiente para mostrar que el lugar de los animales podía cambiar según la voluntad de quien los poseía.
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Décadas después, la escena regresa con otra forma. Cuatro jirafas —Giraffa camelopardalis— aparecen corriendo en el desierto de Coahuila, cerca de la frontera con Nuevo León. El video y las fotos circulan con rapidez porque hay algo en esa imagen que desconcierta. No es solo la presencia de un animal fuera de lugar, sino la naturalidad con la que se mueve en un entorno que no le pertenece.
Las jirafas no migran hacia América. No cruzan océanos ni desiertos por cuenta propia. Su presencia responde a una cadena de decisiones humanas que comienza con la compra, continúa con el traslado y termina en la adaptación forzada a un territorio ajeno.

En el norte de México, esa cadena no es excepcional. En ranchos privados, algunos propietarios han introducido especies africanas o asiáticas que permanecen en cautiverio o se desplazan dentro de grandes extensiones cercadas. Desde lejos, el paisaje parece intacto. De cerca, ya no lo es.
En Gómez Palacio, como en otras regiones, estas prácticas han sido parte de una normalidad discreta, sostenida más por el silencio que por la regulación.
El caso documentado por Animal Político sobre Jorge Hank Rhon permite observar el fenómeno en otra escala. La investigación del periodista John Ross describe redes de importación de fauna que conectaban varios continentes y que incluían especies en riesgo. Entre los casos señalados aparece la introducción de la orca Keiko a México en los años ochenta, un animal que más tarde se convertiría en la principal atracción de un parque de diversiones y en símbolo global a partir de una película.
La historia puede leerse aquí
https://www.animalpolitico.com/2011/06/hank-rhon-y-su-historia-con-animales-exoticos/
El reportaje también menciona colecciones privadas con tigres, osos, aves exóticas y otros animales mantenidos fuera de su entorno natural, además de rutas de comercio que operaban con relativa facilidad en un contexto donde las leyes eran insuficientes o inexistentes.
No se trata de casos aislados, sino de un sistema donde la capacidad económica facilita el desplazamiento de especies y donde la ausencia de regulación efectiva permite que esos movimientos se repitan.
La investigación científica ha intentado explicar por qué ocurre esto. Un estudio publicado en Biological Conservation analizó a propietarios de animales exóticos en distintos países y encontró que muchos de ellos describen su relación con estas especies en términos de interés, aprendizaje y cercanía emocional.
El estudio completo puede consultarse en
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0006320723001076
Sin embargo, el mismo análisis muestra que existe una preferencia marcada por animales raros o con características poco comunes, lo que incrementa su demanda y, en consecuencia, la presión sobre poblaciones silvestres.

Otros reportes indican que, incluso entre quienes expresan preocupación por la conservación, existe la disposición a adquirir estas especies antes de que se establezcan restricciones legales, lo que acelera su comercialización en momentos críticos.
Más información en:
https://faunalytics.org/do-people-who-keep-exotic-animals-care-about-conservation/
La psicología añade otra capa al fenómeno. Algunos estudios identifican perfiles más abiertos a lo inusual y una relación particular con lo excepcional, lo que ayuda a entender por qué ciertos animales se convierten en objetos de deseo más allá de su valor ecológico.
Referencia disponible en:
https://faunalytics.org/exotic-animal-companions-and-the-personality-of-their-owners/
Cuando un animal es introducido en un territorio que no le corresponde, no llega solo. Llega con sus hábitos, con su dieta, con sus bacterias y virus, con su forma de interactuar con otras especies. En muchos casos, eso basta para alterar un ecosistema completo.
Las especies exóticas pueden competir con las nativas por alimento y espacio, desplazar poblaciones locales, transmitir enfermedades o modificar cadenas alimenticias. En algunos contextos, se convierten en especies invasoras que transforman de manera irreversible el equilibrio existente.

En la Sierra Madre Occidental, dentro de la Reserva de la Biósfera La Michilía, la introducción de jabalíes y venados no nativos modificó las dinámicas del lugar. Los jabalíes se adaptaron como depredadores oportunistas y comenzaron a afectar otras poblaciones. Los venados introducidos compitieron con las especies locales, alterando su distribución.
El cambio no ocurre de inmediato. Se instala con el tiempo, como una variación en el paisaje que termina por volverse permanente.
Mientras algunas especies llegan, otras desaparecen. El Canis lupus baileyi fue eliminado de la vida silvestre en gran parte de su territorio mediante campañas de erradicación que incluyeron caza, trampas y venenos. Durante décadas, su ausencia prevaleció en el paisaje.
El 14 de marzo de 2026, cuatro ejemplares fueron trasladados al municipio de Tepehuanes, en Durango, donde iniciaron un proceso de adaptación en encierro controlado antes de su liberación. El objetivo es que regresen a un entorno que alguna vez ocuparon.
El esfuerzo forma parte de un programa binacional que involucra a instituciones como la SEMARNAT, la CONANP y la UNAM, además de agencias de Estados Unidos.
Información disponible en
https://www.gob.mx/semarnat
Las escenas parecen distintas, pero comparten una raíz. En un caso, animales que son traídos desde otros continentes para ocupar espacios que no les corresponden. En el otro, una especie que necesita intervención científica para volver a un territorio del que fue expulsada.
En ambos casos, el movimiento no es natural. Es una decisión humana.
El vestíbulo del desaparecido hotel, con sus osos detenidos en el tiempo, ofrecía una imagen fija de ese gesto. Las jirafas en el desierto lo muestran en movimiento. El lobo que intenta regresar también revela ese “poder” humano sobre lo salvaje.
En todos los casos, el territorio queda marcado por la misma idea, la posibilidad de disponer de lo salvaje, de moverlo, de colocarlo donde antes no estaba o de intentar devolverlo cuando ya no queda.