


Una investigación científica sobre su presencia, origen y riesgos ambientales
La investigación “Evaluación espacial de la contaminación del agua subterránea por plaguicidas en el polo agroindustrial La Comarca Lagunera en México: impacto de la actividad antropogénica y de los factores locales”, fue realizada por Virgilio R. Góngora Echeverría, Javier Castro Larragoitia, Germán Giácoman Vallejos, Antonio Cardona-Benavides, Avel González-Sánchez, Dario Cauich Kau y Gonzalo G. García Vargas. El trabajo fue publicado en la revista Environmental Monitoring and Assessment en 2026. Enseguida se ofrece una síntesis periodística de la misma
En la Comarca Lagunera, los 38 pozos analizados en este estudio se distribuyen en una red de municipios ubicados tanto en Coahuila como en Durango, lo que refleja la amplitud del sistema de abastecimiento de agua subterránea en la región. Las localidades incluidas son Francisco I. Madero, Matamoros, Torreón, San Pedro y Viesca en Coahuila, así como Lerdo, Gómez Palacio y General Simón Bolívar en Durango. Esta distribución responde a la presencia de zonas agrícolas activas, donde el uso del agua subterránea es constante tanto para el riego de cultivos como para el sostenimiento de actividades pecuarias y, en algunos casos, para el suministro urbano.
El uso del agua en estos pozos no es homogéneo, ya que depende de las necesidades de cada municipio y del tipo de actividad que predomina en cada zona. En la mayor parte de los casos, el agua se destina al riego agrícola de cultivos como maíz y alfalfa, que son fundamentales en la producción regional. Sin embargo, algunos pozos cumplen una función dual o incluso prioritaria para el abastecimiento de agua en zonas urbanas, lo que incrementa la relevancia del hallazgo de plaguicidas en estos puntos. Esta combinación de usos agrícolas, pecuarios y urbanos convierte al sistema de agua subterránea en un recurso estratégico, pero también vulnerable a la contaminación derivada de las prácticas productivas en el territorio.
Con el tiempo, una parte de estos compuestos puede filtrarse al suelo y alcanzar el agua subterránea, especialmente en regiones donde la extracción de agua ocurre en zonas agrícolas intensivas.
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La investigación identificó dos familias principales de sustancias.
Por un lado, están los plaguicidas organoclorados, que son compuestos químicos muy persistentes. Esto significa que pueden permanecer en el ambiente durante años sin degradarse fácilmente. Entre ellos se encuentran sustancias como el DDT, el lindano y el endosulfán. Aunque muchos de estos compuestos han sido prohibidos o restringidos en varios países, su permanencia en suelos y sedimentos hace que aún puedan encontrarse en el agua.
Por otro lado, están los plaguicidas organofosforados, que suelen degradarse más rápido, pero pueden ser altamente tóxicos en el momento de su uso. En este grupo se encuentran el malatión y los parationes etílico y metílico. Estos compuestos se han utilizado ampliamente en la agricultura moderna para el control de insectos.
La diferencia principal entre ambos grupos es su comportamiento en el ambiente. Los organoclorados tienden a permanecer durante largos periodos y acumularse, mientras que los organofosforados son más inestables, pero pueden tener efectos agudos importantes en organismos vivos.

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es la detección de un pozo con presencia simultánea de cinco plaguicidas diferentes, al norte de Gómez Palacio.
Este caso destaca porque no se trata de un solo compuesto, sino de una combinación de sustancias pertenecientes a distintos grupos químicos, lo que sugiere la influencia de actividades agrícolas intensivas en la zona y la movilidad de estos compuestos a través del subsuelo.
El estudio subraya que todos los pozos analizados presentaron al menos un plaguicida, lo que indica una presencia extendida en el sistema de agua subterránea.
Entre los compuestos identificados destacan varios que han sido ampliamente estudiados en el mundo.
El DDT es un insecticida organoclorado que fue utilizado durante décadas en la agricultura y el control de vectores de enfermedades. Aunque está prohibido en muchos países desde finales del siglo XX, su degradación es lenta y sus residuos pueden permanecer en el ambiente por largos periodos.
El lindano es otro insecticida organoclorado que forma parte de una familia de compuestos conocidos como hexaclorociclohexanos. Estos han sido usados para el control de plagas agrícolas, aunque su uso ha sido restringido en numerosos países debido a su toxicidad.
El endosulfán es un insecticida que también pertenece al grupo de los organoclorados. A pesar de su prohibición en varias regiones, su presencia en el ambiente se debe a su uso histórico y a su persistencia.
En el grupo de los organofosforados, el malatión y los parationes son insecticidas que han sido empleados en la agricultura para eliminar plagas de forma rápida. Sin embargo, su uso requiere control debido a su toxicidad para insectos y otros organismos.

El estudio explica que la presencia de estos compuestos en el agua subterránea no necesariamente indica uso reciente en todos los casos. En el caso de los organoclorados, su persistencia ambiental permite que permanezcan en el suelo durante décadas y se movilicen lentamente hacia los acuíferos.
En cambio, los organofosforados suelen estar más relacionados con aplicaciones recientes en actividades agrícolas, ya que se degradan con mayor rapidez.
La combinación de ambos tipos de plaguicidas en el agua refleja tanto el uso histórico como las prácticas actuales en la región.
Los resultados del estudio muestran que factores como el tipo de cultivo, el uso del agua y las características del suelo influyen en la presencia de plaguicidas.
Las zonas con mayor actividad agrícola presentan mayor diversidad de compuestos detectados. En particular, algunos municipios con fuerte actividad agrícola concentraron mayor número de plaguicidas en los pozos analizados.
Esto sugiere una relación directa entre las prácticas agrícolas y la calidad del agua subterránea.
La investigación también destaca que muchos de estos compuestos han sido prohibidos en distintos países, pero siguen apareciendo en el ambiente debido a su persistencia y al uso histórico intensivo.
El estudio advierte que la presencia de plaguicidas en agua subterránea no es un fenómeno aislado, sino un reflejo de décadas de actividad agrícola intensiva en la región.
Los autores concluyen que la presencia de plaguicidas en La Comarca Lagunera es generalizada en los pozos analizados y está relacionada tanto con el uso actual como con el legado histórico de su aplicación.
También señalan que el monitoreo continuo es esencial para comprender cómo estos compuestos se comportan en el ambiente y para evaluar posibles riesgos en el uso del agua.
El estudio aporta evidencia de que el agua subterránea en regiones agrícolas intensivas puede contener una mezcla compleja de plaguicidas, lo que refuerza la necesidad de vigilancia ambiental constante y de políticas de control más estrictas sobre su uso.
La preocupación por la presencia de estos compuestos no se limita al agua subterránea, ya que su comportamiento en el ambiente permite que permanezcan activos durante largos periodos y que se integren a distintos niveles de la cadena ecológica. Los plaguicidas organoclorados, en particular, tienen la capacidad de acumularse en tejidos grasos de organismos vivos, lo que significa que pueden permanecer en peces, animales de granja e incluso en seres humanos durante años. Esta persistencia ha permitido que se encuentren rastros de estos compuestos en alimentos de origen animal como leche, queso, carne, huevos e incluso en tejido adiposo humano, lo que evidencia que su presencia no se limita al suelo o al agua, sino que puede trasladarse a la dieta cotidiana. En el caso de los organofosforados, aunque su permanencia en el ambiente es menor, su uso constante puede generar exposiciones repetidas que también representan un riesgo para la salud de organismos y ecosistemas.
Ante la presencia de estos compuestos en el agua subterránea, una medida preventiva inmediata es el consumo de agua purificada, especialmente en zonas donde los pozos forman parte del suministro cotidiano para la población. Al mismo tiempo, los autores subrayan que la ciencia y la tecnología ya ofrecen herramientas para detectar, monitorear y reducir este tipo de contaminantes, así como alternativas para mejorar el manejo de los plaguicidas en el campo. Sin embargo, también advierten que estos avances no son suficientes por sí solos. Para enfrentar el problema de manera estructural se requiere la intervención de las autoridades gubernamentales mediante la aplicación efectiva de normas ambientales y de salud, así como el fortalecimiento de la vigilancia y el control del uso de plaguicidas. La solución, apuntan, depende también de voluntad política sostenida y de la asignación de recursos humanos y económicos que permitan no solo contener la contaminación, sino avanzar hacia su reducción y eventual erradicación.

Dentro del conjunto analizado, algunos pozos destacan por su uso estratégico, su ubicación y la presencia de plaguicidas detectados en el estudio.
El pozo LL113, ubicado en Francisco I. Madero, es particularmente relevante debido a que está destinado al abastecimiento de agua urbana. En este punto se registró la presencia de compuestos como DDE y lindano en concentraciones destacadas dentro del estudio, lo que lo convierte en un sitio crítico por su relación directa con el consumo humano.
En el caso del pozo LL96, localizado al norte de Gómez Palacio, se trata del único sitio donde se detectó la presencia simultánea de cinco plaguicidas. Este pozo se utiliza principalmente para riego agrícola y está asociado a cultivos como maíz y alfalfa, lo que lo coloca como uno de los puntos más representativos de la carga química acumulada en el sistema de agua subterránea.
El pozo LL29, en Lerdo, destaca por registrar la concentración más alta de sulfato de endosulfán dentro del estudio. Este hallazgo es importante porque se trata de un subproducto de degradación de un plaguicida ampliamente utilizado en la región, lo que sugiere procesos activos de transformación en el subsuelo.
El pozo LL102, ubicado en San Pedro, también es significativo debido a su función de abastecimiento urbano y a la detección de paratión etílico. Su relevancia radica en que combina uso humano directo con la presencia de un insecticida organofosforado asociado a actividades agrícolas.
Finalmente, el pozo LL58, en Lerdo, se asocia a actividades agrícolas y pecuarias, y presentó detección de malatión. Este compuesto es uno de los organofosforados más ampliamente utilizados en la región, lo que refuerza la relación entre prácticas productivas y presencia de residuos en el agua subterránea.
Cita bibliográfica
Góngora-Echeverría, V. R., Castro-Larragoitia, J., Giácoman-Vallejos, G., Cardona-Benavides, A., González-Sánchez, A., Cauich-Kau, D., & García-Vargas, G. G. (2026). Evaluación espacial de la contaminación del agua subterránea por plaguicidas en La Comarca Lagunera, México: impacto de la actividad antropogénica y de factores locales. Environmental Monitoring and Assessment, 198, 238. https://doi.org/10.1007/s10661-026-15041-6