El grabado como memoria lagunera: la obra de Nazas Gráfico reivindica calle, río e identidad

Por Héctor Esparza

En un país de murales célebres, de arte público monumental, el grabado cobra otra dimensión: la del detalle, la de la tinta presionada sobre el papel, la de la matriz tallada con paciencia. Y Mack Doselementos la eleva al formato mural, al paisaje regional, al monumento que no se levanta en piedra sino en líneas de tinta que cuentan la historia de la Laguna.

Fotografías de Italia Reza

Desde las prensas de su taller en la Comarca Lagunera, Mack Doselementos Crew, nombre artístico de un biólogo reconvertido en artista gráfico, trabaja con la tinta y la matriz para construir testimonio visual. Su propuesta no solo explora la técnica del grabado, sino que se inscribe en una tradición centenaria —la gráfica mexicana— que desde el siglo XIX ha servido para difundir ideas, documentar realidades y articular memorias colectivas.

Hace poco lo escuché decir que su primera incursión seria fue el graffiti a comienzos de los años 90 en Gómez Palacio, Durango. En ese entonces rompía el muro urbano con trazos audaces, marcas efímeras que ya planteaban una inquietud recurrente en su obra: reponer lo que pasa desapercibido. Esa mirada se ha trasladado al grabado, disciplina que exige lentitud, precisión, matriz hundida y tinta prensada, venerable antecesora de la gráfica contemporánea en México que encuentra su eco en talleres del siglo XVI en la Ciudad de México. 

El grabado en México nació con la imprenta colonial, utilizadas para divulgar imágenes religiosas; más tarde, a través de la obra de artistas como José Guadalupe Posada, se convirtió en vehículo de crítica social, sátira y resistencia popular. Mack aparece en este linaje, con una mirada local: retrata al personaje urbano que siempre ha estado ahí, al río que ya no fluye, al barrio olvidado, a la especie que resiste al borde ambiental. “Parte de nuestra misión es dejar testimonio de lo que nos define como laguneros”, resume él.

Durante nuestra conversación, habló de los ríos Nazas y Aguanaval como si fueran vasos comunicantes de identidad: “Cuando cruzas ese lecho seco todos los días… psicológicamente debe de haber algo que sucede”, afirmó. Ese lecho seco, ese paisaje intervenido, se vuelve materia para su gráfica. Y la obra colectiva de su taller, Nazas Gráfico, captura ese pulso entre la pérdida y la memoria.

El viernes próximo presentarán un grabado mural bajo el nombre Historia de Torreón, en el Museo del Algodón, que reúne símbolos de la región como el ferrocarril, la producción de algodón, la revolución mexicana, la guayule, el vino, el melón y la sandía. Cada elemento es descrito como insignia de una economía y una cultura que pulsaban y que hoy se reelaboran. La técnica —la matriz grande, el trazo dividido entre varios autores, la unión de lenguajes visuales— convierte el grabado en un monumento, en el sentido que Mac propone: “monumental más que por tamaño, por mensaje visual”.

Este abordaje posee una lógica doble: técnica y documental. Desde su formación como biólogo, Mac ha incluido especies endémicas en riesgo en sus piezas gráficas, y así mezcla lo urbano, lo natural y lo simbólico. Esa mezcla lo conecta con la tradición de los talleres de gráfica popular, donde la imagen tenía fines educativos y políticos.

El taller de Nazas Gráfico, con sede en la Antigua Harinera del sector Alianza de Torreón, ha abierto puertas al público y al aprendizaje: ofrece talleres desde los seis años hasta adultos que quieren adentrarse en los procesos de grabado. Ellos impulsan la idea de que la gráfica no es elitista sino comunitaria, y exponen su obra en espacios públicos —algunos ya instalados en la vía urbana— para que la ciudad vea su memoria activa.

En efecto, el grabado mural que está a punto de desplegar llegará para quedarse. Puede mirarse como un acto de reivindicación del paisaje lagunero, un canto visual a lo que fue y a lo que está en riesgo de desaparecer. Y ese es el punto clave: Mac no solo hace gráfica por hacer, sino que la hace para alumbrar aquello que el tiempo, la expansión urbana o el olvido pudieran borrar.

Para el público nacional, su obra ofrece varias lecturas: primero, la gráfica mexicana no es un arcano lejano sino un presente vivo en regiones más allá de la capital; segundo, plantea que el arte gráfico sirve como cartografía social, donde la memoria y la auditoría del territorio se entrecruzan; tercero, ofrece un modelo de praxis cultural donde comunidad, enseñanza y experimentación conviven.

En un país de murales célebres, de arte público monumental, el grabado cobra otra dimensión: la del detalle, la de la tinta presionada sobre el papel, la de la matriz tallada con paciencia. Y Mack Doselementos la eleva al formato mural, al paisaje regional, al monumento que no se levanta en piedra sino en líneas de tinta que cuentan la historia de la Laguna.

Esta es una invitación a mirar la gráfica con nuevos ojos: no solo como obra acabada, sino como archivo vivo de una comunidad que pide ser vista, entendida y recordada. Mack y Alejandro Valerio (Kapú), Italia Reza, Amalia Cuevas y Enrique Zavala (Firo), lo han comprendido: hacer grabado es también hacer memoria, tejido visual que resiste. Y ese acto, en el paisaje lagunero de hoy, vale la pena ser observado.

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