


Un viaje al cañón de La Pinta, en Cuatro Ciénegas, permite mirar de cerca cómo un grupo de restauradoras volvió a armar un mural rupestre destruido durante un saqueo. Los fragmentos regresaron al sitio al que pertenecieron durante siglos, pero una pieza sigue ausente.
Cuando Yuri de la Rosa lanzó la invitación para ir a La Pinta, acepté de inmediato. El viaje me atraía por algo más que la cueva y sus pinturas rupestres, porque íbamos a ver de cerca el resultado de un trabajo poco común, realizado por un grupo de mujeres que durante meses se dedicó a reconstruir una pared que otros habían destrozado para robarse una pintura.
Yo había estado, meses atrás, en la presentación que el Instituto Nacional de Antropología e Historia hizo sobre los trabajos de restauración. Ahí conocimos fotografías del daño y escuchamos a las especialistas explicar la paciencia y el conocimiento que hace falta para recoger fragmentos desprendidos, clasificarlos y descubrir exactamente dónde correspondía cada uno. Pero una pregunta se me quedó pendiente, y volvió a mí más tarde.
Eduardo Galeano escribió alguna vez sobre las pinturas de las cavernas y sobre nuestra costumbre de atribuirlas automáticamente a los hombres. En Espejos, al hablar de esos bisontes, alces, osos, caballos, mujeres y hombres que sobrevivieron miles de años, se pregunta cómo pudieron “ellos” hacer algo tan delicado, y enseguida suelta una duda que cambia la mirada. “¿O eran ellas?”

Eso quería preguntarles a las restauradoras. Después de verlas explicar cómo habían recogido del suelo aquellas pequeñas muescas de piedra, cómo las observaron, las clasificaron y consiguieron devolverlas exactamente al sitio del que habían caído, me quedé pensando si alguna vez ellas mismas imaginaron que, miles de años antes, otras mujeres pudieron haber estado frente a esa misma pared, mezclando pigmentos y dejando figuras cuyo significado apenas intentamos comprender. No tuve oportunidad de preguntarlo durante aquella rueda de prensa, y la idea regresó ahora, camino a La Pinta.
Estuve puntual a las nueve de la mañana en el Bosque Venustiano Carranza, donde ya habían llegado otros compañeros periodistas. El punto de reunión era Torreón y desde allí saldríamos hacia Cuatro Ciénegas. Alrededor de las diez comenzamos el recorrido.
Viajar por carretera desde La Laguna hacia Cuatro Ciénegas tiene algo que obliga a mirar por la ventanilla. Después de San Pedro se abre una enorme planicie, la antigua Laguna de Mayrán, y el horizonte parece no terminar. La superficie es tan plana que por momentos uno puede imaginarla como una mesa gigantesca colocada entre las montañas. Cuesta trabajo mirar ese paisaje seco sin tratar de reconstruir en la cabeza otro que ya no existe, el de una laguna que recibía las aguas que bajaban desde la Sierra Madre Occidental y que atravesaban cientos de kilómetros antes de terminar aquí.

Cuando el río Nazas corría sin las grandes presas que hoy regulan sus aguas, sus avenidas llegaban hasta estas tierras bajas y alimentaban periódicamente la laguna. Más al sur ocurría algo semejante con el Aguanaval y la Laguna de Viesca. Hoy queda la planicie y queda la imaginación, y uno mira ese espacio inmenso y no puede evitar ponerle agua, imaginar aves sobre la superficie, vegetación en las orillas y grupos humanos desplazándose por este territorio mucho antes de que existieran Torreón, San Pedro, Monclova o Cuatro Ciénegas.
De alguna manera, el paisaje iba preparando el viaje, porque íbamos precisamente al encuentro de los rastros de algunos de aquellos antiguos habitantes del desierto.
Al llegar a la entrada del cañón ya estaban allí varios compañeros periodistas de Monclova, que llevaban alrededor de cuarenta minutos esperando. Nadie parecía molesto, pues la expectativa podía más que la espera.
El acceso a La Pinta se encuentra en propiedad particular y normalmente permanece cerrado. Durante años, además, la relativa dificultad para llegar al sitio funcionó como una forma elemental de protección. Aunque existe un camino relacionado con actividades mineras en la zona, la cueva permaneció prácticamente intocada durante mucho tiempo, hasta que en enero de 2025 alguien llegó con un propósito muy distinto al nuestro y con la intención de llevarse las pinturas en lugar de mirarlas.
Avanzamos primero en los vehículos y después continuamos a pie. El paisaje comenzó a cerrarse conforme entramos al cañón, y la sierra sustituyó al horizonte abierto que habíamos visto durante buena parte del camino. Ahí Yuri de la Rosa comenzó a explicar el contexto arqueológico del lugar.
No conocemos el nombre de quienes pintaron estas paredes. Tampoco sabemos exactamente cuándo estuvo cada uno de ellos aquí ni qué significado preciso tenían todas las imágenes. Eran grupos cazadores-recolectores que habitaron y recorrieron estos territorios mucho antes de la llegada de los europeos. No construyeron ciudades y su historia quedó escrita de otra manera, en piedras, herramientas, entierros, fibras, restos orgánicos y pinturas. La Pinta conserva una parte de esa memoria.
En las paredes todavía se distinguen el negro, el blanco, el amarillo y el rojo. No había una tienda donde comprar pintura, así que los colores estaban en el propio paisaje. Minerales, tierras, carbón y otros materiales disponibles en el entorno permitieron elaborar pigmentos capaces de permanecer adheridos a la roca durante siglos y, en algunos casos, milenios.
Frente a las pinturas, Yuri habló de algunas interpretaciones posibles. Hay serpientes, hay círculos concéntricos blancos que podrían estar relacionados con la luna, hay figuras geométricas y representaciones cuyo significado se nos escapa. También hay formas con posibles referencias sexuales. Yuri ve en algunas imágenes una posible alusión a la vagina y recordó que las representaciones vinculadas con la sexualidad y la fertilidad no son extrañas entre las sociedades antiguas; como ejemplo está La Ferrería, en Durango, donde existen esculturas pétreas de carácter fálico.
Pero hay que ser cuidadosos, porque interpretar no es lo mismo que saber. Una de las posibilidades es que La Pinta haya tenido un carácter ceremonial y que algunas imágenes fueran realizadas por chamanes como representación de experiencias rituales o visiones, aunque se trata de una hipótesis. Pudieron pintarlas hombres, pudieron hacerlo mujeres y pudieron participar incluso niños. Miles de años después es difícil saberlo, y ahí vuelve Galeano con su pregunta. ¿Ellos o ellas?
En enero de 2025 ocurrió algo difícil de entender. Los saqueadores llegaron provistos de herramientas, y el INAH documentó después indicios del empleo de equipo de corte para desprender directamente una sección de la pared. No buscaron raspar pigmento ni arrancar una pequeña muestra, sino que cortaron la roca, y el objetivo era una figura de una mano humana.
La extracción dejó un rectángulo vacío de aproximadamente 30 por 35 centímetros y entre dos y tres centímetros de profundidad. La pieza desapareció y hasta ahora no ha sido recuperada.
El daño, sin embargo, fue mayor. La vibración provocada por las herramientas hizo que otras partes del panel se fracturaran, y trozos de roca pintada terminaron en el suelo. En otro sector, Cueva Pinta VI, también intentaron desprender una figura antropomorfa, pero la pieza se rompió y los saqueadores no consiguieron llevársela.
Cuando Yuri llegó después de recibir el reporte, encontró una pintura ausente, fragmentos por el piso y marcas de herramientas. Una pared que había sobrevivido posiblemente miles de años había sido mutilada en unas horas. El INAH presentó una denuncia ante la Fiscalía General de la República, pero quedaba un problema inmediato, qué hacer con todo aquello que había sido destruido.
Entonces llegaron ellas. La intervención fue coordinada por Sandra Guadalupe Cruz Flores, de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, y participaron especialistas que se instalaron temporalmente en Cuatro Ciénegas para trabajar directamente en las cuevas.
Una parte fundamental de la tarea estaba en el suelo. Había que recoger los fragmentos, mirarlos, registrarlos y compararlos, buscando relaciones entre colores, formas, fracturas y superficies hasta descubrir dónde iba cada uno.
Durante la presentación de los resultados en el Museo Regional de La Laguna, la restauradora Hilda Serrano encontró una manera sencilla de explicarlo al decir que fue un gran rompecabezas. Solo que aquí no había una imagen impresa en la caja para saber cómo debía terminar. Las piezas eran fragmentos irregulares de roca y el modelo que debían reconstruir tenía siglos, quizá milenios, frente a ellas.
La comparación me parece todavía más impresionante estando aquí, porque una cosa es ver las fotografías de la restauración proyectadas en una pantalla y otra muy distinta pararse frente a la pared. Hay que buscar la intervención, porque el trabajo prácticamente no se nota.
Tal vez ése sea uno de sus mayores méritos. Uno está acostumbrado a relacionar una restauración con algo que vuelve a verse nuevo, y aquí ocurre exactamente lo contrario. La restauración no pretende llamar la atención ni competir con la pintura, y tampoco quiere engañar al visitante reconstruyendo lo que ya no existe. Su éxito consiste precisamente en pasar inadvertida.
Los fragmentos recuperados fueron reintegrados a la pared y el conjunto volvió a tener continuidad. Las especialistas reconstruyeron lo que era posible con los materiales originales recuperados en el sitio, pero dejaron una herida abierta. La parte robada no fue inventada, no pintaron otra mano ni rellenaron el espacio para fingir que nunca ocurrió nada. La ausencia permanece, y me parece importante que así sea, porque ahora ese hueco también forma parte de la historia de La Pinta y cuenta algo terrible sobre nosotros.
Frente a la pared resulta inevitable pensar en el destino de aquella mano. Alguien decidió cortar un pedazo de una cueva para apropiárselo. Quizá esté guardada en una colección privada o escondida en una casa, pero no sabemos dónde está ni quién la tiene, y lo único comprobable es su ausencia.
Ahí aparece el absurdo del saqueo arqueológico. Una pintura rupestre tiene sentido en su sitio, porque forma parte de una pared, de una cueva, de un cañón, de un paisaje y de un conjunto de imágenes. Su posición respecto de otras figuras puede aportar información, el material de la roca importa y el contexto importa. Separada de todo eso se convierte en un objeto mutilado, y para llevársela fue necesario destruir precisamente aquello que le daba buena parte de su valor.
Por eso me parece acertada la decisión de las restauradoras de no borrar del todo el daño. La cicatriz queda allí, no como homenaje al saqueador sino como evidencia de lo que nunca debió ocurrir.
La restauración produjo además algo inesperado. Mientras las especialistas trabajaban y se revisaban con cuidado las paredes de Cueva Pinta y Cueva Pinta VI, aparecieron tres pinturas que hasta entonces no habían sido documentadas. Habían estado allí, tal vez durante siglos, y simplemente no las habíamos visto.
Es otra paradoja de esta historia, porque un acto de destrucción obligó a estudiar el lugar con un nivel de detalle que permitió descubrir nuevos elementos. Eso no convierte el saqueo en algo positivo, al contrario, demuestra cuánto conocimiento puede perderse cuando alguien arranca una pieza de su contexto.
Cada figura nueva abre posibilidades de investigación sobre aquellos grupos cazadores-recolectores del desierto. Quedan muchas preguntas por responder, quiénes estuvieron aquí, cómo entendían su territorio, qué animales observaban, qué rituales practicaban, qué significaban esas formas y quiénes las pintaron.
Después de escuchar a Yuri y recorrer el sitio, hay un detalle difícil de ignorar. El predio permanece cerrado con candado y, después del saqueo, se colocaron tres cadenas como parte del resguardo. Durante nuestra visita ya faltaban dos y solo quedaba una. Es un detalle pequeño frente a la inmensidad del cañón, pero adquiere otro significado después de conocer lo ocurrido.
La Pinta ya sobrevivió durante siglos a la lluvia, al viento, al calor del desierto y a los cambios de temperatura. Lo que no pudo resistir fue una herramienta eléctrica manejada por alguien que decidió apropiarse de un pedazo de su historia.
Y no se trata del primer saqueo arqueológico que enfrenta Cuatro Ciénegas. En 2008 fueron sustraídas más de mil piezas arqueológicas de la Casa de la Cultura del municipio, una historia que merece contarse aparte.
Yuri insiste en algo elemental. Este es patrimonio de los coahuilenses y su conservación requiere la participación de autoridades federales, estatales y municipales, pero también de quienes viven alrededor de estos sitios, porque resulta imposible colocar un policía frente a cada cueva del desierto.
El sol caía a plomo cuando terminamos el recorrido y, a pesar del calor, nadie parecía tener demasiada prisa. Los reporteros observaban, fotografiaban, preguntaban y regresaban a mirar algún detalle. Yo también.
Habíamos venido a conocer una restauración y terminamos frente a varias historias superpuestas. La primera comenzó hace siglos, cuando alguien preparó pigmentos y decidió dejar imágenes sobre estas paredes. Otra comenzó en enero de 2025, cuando alguien entró con herramientas y decidió que una de aquellas imágenes podía pertenecerle. Y otra fue escrita por siete mujeres que llegaron después para recoger del suelo los pedazos.
Me fui de La Pinta con una sensación agridulce. Favorable por haber conocido un sitio extraordinario y por comprobar la calidad de un trabajo de restauración que prácticamente desaparece ante los ojos, lamentable porque nunca debió ser necesario realizarlo y fascinante porque Cuatro Ciénegas vuelve a demostrar que su riqueza no termina en las pozas azules, los estromatolitos y las especies que hicieron famoso al valle. También hay otra historia escrita sobre la piedra.
Antes de marcharnos volví a mirar aquellas figuras, las serpientes, los círculos, los trazos y los colores, símbolos cuyo significado probablemente nunca conoceremos por completo. Pensé otra vez en Galeano, porque durante siglos hemos mirado el pasado imaginando casi siempre a un hombre detrás de cada herramienta, cada pintura, cada descubrimiento. En La Pinta no sabemos quién sostuvo aquellos pigmentos y quizá fueron ellos o quizá fueron ellas. Lo que sí sabemos es quiénes llegaron miles de años después a recoger los pedazos y a volver a unirlos, y esta vez fueron ellas.
