


Julieta Fierro Gossman (1948–2025) fue una de las científicas más influyentes y queridas de México. Astrónoma, física y divulgadora incansable, dedicó su vida a acercar la ciencia a públicos diversos, desde niños hasta adultos, con un estilo único que combinaba rigor, pasión y humor. Su legado trasciende libros, conferencias y programas de radio; su nombre ahora brilla también en el firmamento de la biodiversidad mexicana.
En 2023, la comunidad científica mexicana descubrió una nueva especie de luciérnaga en las inmediaciones del Instituto de Biología de la UNAM: Pyropyga julietafierroae. Esta especie fue nombrada en honor a Julieta Fierro como reconocimiento a su labor incansable en la divulgación científica. El descubrimiento fue realizado por Sara López Pérez, Ishwari G. Gutiérrez-Carranza y Mireya González-Ramírez, quienes destacaron que la Pyropyga julietafierroae es la primera hembra de su género cuyo aparato reproductor ha sido descrito con precisión.
El nombramiento de esta luciérnaga simboliza la unión entre la ciencia, la biodiversidad y el homenaje a su vida. México, segundo país más rico en luciérnagas, ahora cuenta con esta especie que representa no solo un hallazgo científico relevante, sino también la memoria de una de sus científicas más queridas.

Fierro entendía la ciencia no solo como un conjunto de conocimientos, sino como una herramienta de liberación. En una de sus últimas entrevistas, expresó:
“La ciencia también es un acto de libertad”.
Para ella, divulgar la ciencia era una forma de empoderar a las personas, de ofrecerles las herramientas para comprender el mundo que las rodea y tomar decisiones informadas.
Su incursión en la divulgación científica fue casi accidental. Un cartel mal colocado que anunciaba “Carrera de Astronomía” cambió el rumbo de su vida.
Durante su juventud, Julieta Fierro se encontraba explorando distintas áreas de la ciencia, pero aún no había decidido su camino profesional. Fue entonces que un cartel anunciando la “Carrera de Astronomía” llamó su atención; el cartel estaba mal colocado, lo que hizo que lo viera por casualidad, algo que hoy parece casi destino. Esa visión fortuita despertó en ella un interés profundo por el universo y por comprender su funcionamiento. Más allá de un simple aviso, el cartel encendió en Fierro la curiosidad por los astros y la física, llevándola a estudiar la carrera de física y posteriormente especializarse en astrofísica.
Lo importante no fue solo la coincidencia, sino cómo Fierro transformó ese momento casual en un compromiso de vida: decidió que su pasión por la ciencia no podía quedarse solo en la investigación académica. A partir de entonces, comenzó a involucrarse en la divulgación científica, convencida de que el conocimiento debía compartirse y que cualquier persona, sin importar su formación, podía maravillarse con los misterios del cosmos. Ese cartel, por tanto, no fue solo un aviso: fue la chispa que inició su labor como educadora y divulgadora, una labor que luego definiría su legado.
Desde entonces, se dedicó a hacer de la ciencia un acto de amor y rebeldía, buscando siempre compartir el conocimiento con todos, sin importar su origen o formación.
Fierro creía firmemente que la ciencia debía vivirse, sentirse y compartirse. Esta filosofía la llevó a diseñar talleres interactivos, escribir libros accesibles y participar en programas de radio y televisión, siempre con el objetivo de despertar la curiosidad y el asombro en su audiencia.
A lo largo de su carrera, Fierro destacó la necesidad de incluir más voces femeninas en la ciencia. En una entrevista, afirmó:
“Me dedico a la divulgación de la ciencia porque ya hay muchas voces masculinas. Necesitamos mujeres que platiquen sabroso de la ciencia”.
Para ella, la presencia de mujeres en la ciencia no solo enriquecía el campo, sino que también servía de inspiración para las nuevas generaciones.
A lo largo de su vida, Julieta Fierro recibió numerosos premios y distinciones, entre ellos el Premio Kalinga de la UNESCO en 1995, tres doctorados honoris causa y el Premio Latinoamericano de Popularización de la Ciencia en 2001. Además, fue miembro del Sistema Nacional de Investigadores en su nivel más alto y ocupó la silla XXV de la Academia Mexicana de la Lengua desde 2004.
Su legado perdura en las instituciones que llevan su nombre, como escuelas, planetarios y bibliotecas. Incluso una especie de luciérnaga, Pyropyga julietafierroae, fue bautizada en su honor, recordando que su luz sigue brillando en la naturaleza y en el conocimiento que compartió.