


El hecho y su contexto
Los videos e imágenes difundidos en redes sociales no dejan lugar a dudas sobre el impacto generado por una caravana de vehículos todo terreno que circuló al interior del río Aguanaval, al suroeste de Torreón, dentro de la Sierra y Cañón de Jimulco, en lo que fue denominado “Jimulcazo”.
El sábado 28 de febrero de 2026, un grupo numeroso de personas ingresó con unidades tipo todo terreno con nombre comercial RZR y otros vehículos tubulares para avanzar por el cauce del río y caminos aledaños. Al tratarse de un área natural protegida de carácter municipal, el uso del espacio está regulado por un Programa de Manejo que establece restricciones específicas, entre ellas la prohibición de abrir brechas, alterar cauces, generar ruido excesivo o realizar actividades no autorizadas que modifiquen el entorno.
Por la cercanía del suceso, aún no existe una evaluación pública sobre los efectos concretos en suelo, vegetación o fauna. Sin embargo, las imágenes muestran tránsito directo sobre el lecho del río, circulación fuera de caminos establecidos y la presencia de equipo de sonido a alto volumen.

Te podría interesar: Cómo afecta el cambio climático al café y por qué su producción está en riesgo
La discusión apenas comienza. En redes sociales, algunos participantes sostienen que no existe daño porque “no se cortaron árboles ni se quemó vegetación”. Esa postura parte de una comprensión limitada del impacto ambiental, que no siempre es visible de inmediato. El tránsito de vehículos pesados sobre suelos ribereños puede compactar la tierra, afectar microorganismos, alterar procesos de infiltración y perturbar fauna por vibración y ruido.
El encuentro tuvo además un componente musical. Se difundió la presencia de Alfredo Olivas y Poncho Quezada, este último integrante de Los Dos Carnales. Testimonios en redes refieren que algunos arribaron en helicóptero. Más allá de la anécdota, el elemento sonoro —motores y bocinas— forma parte de lo que la normativa busca regular dentro de una reserva.
Jimulco fue declarado reserva municipal tras un antecedente que marcó su historia: la extracción ilegal de cactáceas para ornamentación en un campo de golf del Club Montebello en Torreón. Ese episodio detonó la movilización de colectivos ambientalistas que impulsaron su protección formal para evitar el saqueo de flora y fauna y regular actividades económicas.
Desde entonces, la administración del área ha enfrentado tensiones entre conservación y uso recreativo. Situaciones similares ocurren en el Cañón de Fernández, en el río Nazas, donde el paso de vehículos todo terreno está restringido y, pese a ello, se registran ingresos irregulares. En esa zona ocurrió recientemente un accidente fatal tras la volcadura de un vehículo tubular y la muerte de una mujer en febrero de este año, hecho reportado por medios regionales, lo que reabrió el debate sobre seguridad y regulación.

El Programa de Manejo de Jimulco establece, entre otras disposiciones, que:
Las imágenes difundidas sugieren posibles incumplimientos de estas reglas. Corresponderá a la administración del área y a Fundación Jimulco A.C. revisar lo ocurrido, documentar daños y, en su caso, presentar las denuncias pertinentes.
En este punto reaparece una discusión pendiente en Torreón: la necesidad de contar con una policía ambiental municipal con facultades claras de inspección y reacción inmediata en zonas naturales protegidas. Una instancia de ese tipo podría actuar en campo durante el desarrollo de actividades masivas, verificar permisos y aplicar medidas precautorias. Sin un cuerpo especializado, la supervisión depende de denuncias posteriores y de procedimientos administrativos que suelen activarse cuando el hecho ya ocurrió.
Aplicar la ley implica también imponer sanciones cuando proceda. No se trata de impedir toda actividad recreativa, sino de regularla con precisión y vigilancia efectiva.

¿Cómo lograr ese equilibrio entre diversión y preservación? La respuesta apunta a la educación ambiental de fondo. Se trata de un proceso gradual que implica modificar percepciones sobre el territorio y sobre lo que significa recrearse en un espacio natural. Cuando determinadas prácticas se consideran parte del entretenimiento, su continuidad no depende únicamente de la existencia de una norma, sino de la convicción de quienes participan en ellas.
También interviene un componente cultural. La música asociada a estos grupos sociales ha tenido amplia difusión y arraigo en distintas regiones del país. En 2023 el gobierno federal impulsó el certamen “México Canta”, orientado a promover composiciones que evitaran la apología de la violencia dentro del llamado regional mexicano. El concurso reflejó la influencia de ese género y el intento institucional por encauzar sus contenidos sin restringir su expresión.
La discusión, por tanto, no se limita al uso de vehículos en una reserva específica. Se relaciona con formas de identidad, consumo cultural y prácticas recreativas. Regular sin prohibir, educar sin confrontar y aplicar la norma con consistencia son elementos que deben confluir si se busca que la recreación en espacios naturales ocurra dentro de límites compatibles con su conservación.

El tema no es simple. En Coahuila se promueve la carrera Coahuila 1000, que cruza zonas desérticas bajo trazos previamente definidos y en superficies ya impactadas. El contraste radica en la planeación y delimitación.
Existen ejemplos donde la regulación ha sido más estricta. En la Reserva de la Biosfera Mapimí, conocida como Zona del Silencio, la vigilancia comunitaria y la coordinación con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas limitan ingresos no autorizados. En el Cañón de San Lorenzo, el acceso a vehículos motorizados fue cerrado, aunque el senderismo permanece permitido.
Si el acceso se impide en un sitio protegido, podría desplazarse a otro sin estatus legal. Por ello, la discusión debe trascender el evento puntual y abordar una cultura de uso responsable del territorio.
Alfredo Olivas, uno de los artistas presentes, sobrevivió hace años a un atentado en el que recibió ocho disparos. La sierra y el cañón de Jimulco, por su parte, no reaccionan de inmediato ni emiten comunicados. Su respuesta es más lenta. La naturaleza tiende a recomponerse con el tiempo; la cuestión es en qué condiciones y bajo qué reglas decidimos convivir con ella.