


El video institucional que presenta a la mosca del gusano barrenador como un personaje malvado —con rasgos humanos asociados a la perversión, la intención y el daño deliberado— producido por el Gobierno Federal de México, parte de una premisa profundamente problemática: humanizar a un insecto como si pudiera elegir hacer el mal.
Un insecto no es perverso. No conspira, no busca dañar, no actúa con intención moral. Cumple su función biológica, moldeada por millones de años de evolución. Atribuirle los peores comportamientos humanos no solo es científicamente incorrecto, sino que refuerza una narrativa peligrosa sobre la idea de que ciertos organismos “sobran” y deben ser erradicados.
Esta forma de personificación no es nueva. Ha sido históricamente una de las principales justificaciones culturales para el exterminio de insectos y otros organismos considerados “nocivos”, invisibilizando que los insectos son piezas clave del equilibrio ecológico ya que participan en ciclos de descomposición, control biológico, transferencia de energía y, en muchos casos, polinización. Incluso especies que hoy representan un problema sanitario o económico no existen fuera del sistema que las contiene.
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Paradójicamente, el aumento de las poblaciones de ciertos insectos que hoy afectan a la economía humana no es una causa natural aislada, sino un efecto directo de nuestras propias acciones al mantener una ganadería intensiva sin control, perpetuar los monocultivos, y con la fragmentación de ecosistemas que genera el cambio climático; así como la movilidad global de mercancías y animales. Alteramos las condiciones ambientales y luego señalamos a los organismos que se benefician de ese desequilibrio como si fueran los culpables.

Entonces, ¿qué se propone con este "insecto malo"?
¿Una guerra moral contra una mosca caricaturizada como villana?
¿O una discusión honesta sobre cómo las políticas productivas, sanitarias y ambientales crean los escenarios ideales para estos brotes?
El control de plagas de importancia sanitaria y económica es necesario, sí. Pero no debería basarse en el miedo, en la idea de un "insecto malo", la demonización de este, ni la desinformación biológica, sino en estrategias científicas, éticas y contextualizadas como el manejo integral de plagas, restauración de ecosistemas, prevención, control biológico y responsabilidad humana en la modificación del entorno.
Cuando un mensaje oficial opta por el recurso fácil de convertir a un insecto en un “enemigo moral”, no solo simplifica un problema complejo, sino que desplaza la responsabilidad. La mosca no diseñó el sistema que hoy la favorece. Nosotros sí.