

Hacer trampa en los exámenes no es algo nuevo, ni algo que requiera tecnologías avanzadas. Es algo que ha sucedido desde que es necesario sacar una calificación mínima para aprobar, con frecuencia ignorando otros requisitos esenciales para la evaluación continua para el desempeño del alumno.
Sin embargo, quiero empezar haciendo una declaración que quizá puede resultar escandalosa para un sector de la población: los exámenes escritos van de salida, al menos, su propósito se ha terminado.
Esta noción que los exámenes escritos son obsoletos o que no reflejan realmente el aprendizaje de los alumnos tampoco es novedosa, de hecho, desde que tengo memoria he escuchado debates sobre la necesidad de descartarlos y de lo poco que definen nuestro valor como personas. Estas son nociones que suscribo rotundamente, pero que, por uno u otro motivo, los exámenes escritos han continuado siendo el estándar de oro para la evaluación del conocimiento.

Sin embargo, creo que, en esta ocasión, podríamos realmente hablar sobre si estamos ante la presencia de su fin, y no porque automáticamente ya sean totalmente inútiles, sino porque creo que la nueva era de la inteligencia artificial trae consigo problemas que no se pueden resolver haciendo preguntas más complejas ni vigilando más a los alumnos.
La principal ventaja es la capacidad de acceder a la información de manera inmediata, sin necesidad de teclear tantas cosas; de hecho, es suficiente una foto del examen para alimentarla a un modelo de lenguaje (ChatGPT, Claude, etc), que la resuelva, y que luego esa respuesta llegue al alumno por medio de un dispositivo en el oído, que puede ser bastante pequeño.
Incluso, me atrevería a decir que tampoco es suficiente el solicitar que el alumnado no utilice dispositivos en el examen, o que queden fuera de su alcance, sólo es necesaria una conexión WiFi, una conexión bluetooth y un poco de suerte para que esta limitante resulte intrascendente.
Y no, no estamos hablando de dispositivos caros como para espías, sino de algo que fácilmente se puede adquirir en tiendas en línea por precios bastante accesibles.
Y regreso a los problemas que tienen estos exámenes ahora, no podemos garantizar que todo el alumnado que presenta el examen esté realmente en igualdad de condiciones. El que se sienta más adelante, la tendrá más difícil, el de más atrás, más sencilla, y se volverá gradualmente más y más complicado discernir entre respuestas dadas por una inteligencia artificial a una respuesta genuina, por más preguntas abiertas que se pongan.
Y antes de la sugerencia normal, “pues hay que revisarles completamente que no traigan dispositivos”, pienso que esto también es problemático. ¿Hasta qué punto podría resultar invasivo? ¿Cuánto falta para que, de manera rutinaria, estemos pidiendo al alumnado recogerse el cabello y mirando a ver si no tienen algo en el oído, o en otro sitio? ¿Es esto ético o correcto?
Y no hablemos de los lentes inteligentes que ha anunciado Google en el I/O 2025, donde se podrían ver las respuestas en tiempo real en el lente, que a su vez capture el entorno, y que poco les falta para ser indistinguibles de unas gafas normales. Estas gafas, por cierto, con la graduación que necesite la persona. ¿Estaría bien quitarle los lentes que utiliza para ver a una persona porque son lentes inteligentes? ¿Hasta qué punto podremos ir vigilando estas cosas?
Por todas estas cuestiones, muchas de respuestas variadas y, a su vez, el hecho que hay que aplicar los reglamentos institucionales respecto a la honestidad académica, considero que los exámenes escritos cada vez van a resultar algo más problemático; y, quizá, en esta ocasión, si salga a relucir su lado más anacrónico: que terminan siendo únicamente herramientas para evaluar si se estudió para ese examen en particular, y no el conocimiento general o consolidado, ni otras habilidades.
Invito entonces a todos los docentes de educación superior, y de otros niveles, a que reconsideremos exactamente ¿qué buscamos con los exámenes escritos?
Cierro con el siguiente comentario: En todo caso, creo, que la resolución de este problema, o por lo menos, su abordaje, no depende de la voluntad de uno o dos docentes que de pronto quieran cambiar su manera de evaluar, eso es bueno, pero considero que no es suficiente. Se requieren pláticas y cambios a nivel institucional, en donde las universidades privadas y públicas analicen sus mecanismos de evaluación de manera generalizada, responsable, y, sobre todo: consciente del futuro, que cambia rápidamente.