


En la Comarca Lagunera, entre las ciudades de Torreón, Coahuila, y Gómez Palacio, Durango, la vida silvestre se abre paso en los terrenos baldíos y en el lecho del río Nazas. Uno de los ejemplos más notables es el tabaquillo, una planta silvestre que, aunque muchos consideran maleza, cumple una función vital en el ecosistema urbano y semidesértico.
Su nombre científico es Nicotiana glauca. El género Nicotiana agrupa a las plantas parientes del tabaco, de ahí su nombre común de tabaquillo. Cuando decimos que pertenece a la familia Solanaceae, lo que significa es que forma parte de un grupo muy amplio de plantas en el que también encontramos especies muy conocidas como el jitomate, el chile, la papa, la berenjena… e incluso algunas venenosas como la belladona. Así que el tabaquillo es, al mismo tiempo, pariente de alimentos cotidianos y de plantas con sustancias tóxicas. Su apellido científico, glauca, hace referencia al color verde grisáceo de sus hojas, que parecen recubiertas de una ligera cera.
El tabaquillo puede alcanzar varios metros de altura y presenta hojas ovaladas de gran tamaño. Pero lo más llamativo son sus flores tubulares y amarillas, que se abren a lo largo de gran parte del año. Estas flores no solo adornan, sino que producen néctar en abundancia, alimento predilecto de uno de los visitantes más carismáticos de la región: el colibrí.

En la zona urbana de Torreón y Gómez Palacio, el colibrí más común es el colibrí barba negra, cuyo nombre científico es Archilochus alexandri. Su nombre es poético: Archilochus viene del griego y alude a un antiguo poeta guerrero, mientras que alexandri honra a un naturalista del siglo XIX que lo describió. Popularmente se le llama barba negra porque los machos tienen una garganta oscura que, bajo cierta luz, refleja tonos púrpura.
También se observan otras especies como el colibrí orejiblanco (Basilinna leucotis), fácilmente reconocible por la franja blanca que contrasta en la cara, pero el barba negra es el visitante más frecuente de jardines, patios y terrenos baldíos.
Los colibríes son aves sin igual. Miden apenas unos centímetros, pero su vuelo es un prodigio de la naturaleza: baten las alas hasta 80 veces por segundo, lo que les permite suspenderse en el aire, volar hacia atrás o de lado, algo que ningún otro ave logra con tanta destreza. Su metabolismo es tan rápido que necesitan alimentarse constantemente de néctar, como el que les ofrece el tabaquillo, y de pequeños insectos que cazan al vuelo para obtener proteínas.

Además, construyen nidos diminutos en ramas de árboles en los patios de las casas o en arbustos de los terrenos baldíos. Usan telarañas y fibras vegetales, lo que les permite hacerlos flexibles y resistentes. Ver un nido de colibrí en plena ciudad es un recordatorio de que la vida se abre camino aún en medio del concreto y el polvo.
El río Nazas, en su tramo urbano, suele estar seco. Sin embargo, su lecho y las orillas se llenan de plantas que sobreviven únicamente con las lluvias. Varias de ellas han tenido usos históricos o industriales. Una es el ricino (Ricinus communis), de cuyas semillas se obtiene el aceite de ricino, muy usado en medicina y en la industria. Otra, pariente lejana de la adormidera (de donde proviene el opio), crece también como silvestre, pero en lugar de valorarla solemos catalogarla como hierba mala.
Este contraste es revelador: muchas de las plantas que consideramos simples malezas tienen una importancia ecológica o cultural, pero al no reconocerlo, buscamos erradicarlas en lugar de darles su lugar dentro del ecosistema.
El tabaquillo y el colibrí son símbolos de resistencia. La planta florece casi todo el año sin riego, apenas con lo que recibe de las lluvias. El colibrí, por su parte, aprovecha cada espacio disponible para anidar y alimentarse.
Entonces surge una pregunta inevitable: si en un río Nazas seco todavía resiste tanta vida, ¿qué pasaría si dejáramos correr el agua en su tramo urbano? Seguramente tendríamos un renacer de la biodiversidad: más flores, más insectos, más aves, un río vivo en lugar de un cauce árido.

Observar al colibrí alimentándose del tabaquillo es un recordatorio de la interdependencia que existe entre especies. Nuestra propia subsistencia depende de estos equilibrios: las aves polinizan, las plantas sostienen la cadena trófica, los insectos mantienen el suelo fértil. Ninguna especie sobra, ninguna estorba; todas cumplen un papel en el tejido de la vida.
Voltear la mirada hacia la avifauna urbana nos permite descubrir una diversidad insospechada en medio de la ciudad. Reconocerla y valorarla es el primer paso para cuidarla. Al final, proteger al tabaquillo, al colibrí y al resto de la vida que se aferra al Nazas es también protegernos a nosotros mismos.