


Antes del desplazamiento humano, en los ejidos y comunidades rurales de La Laguna, durante décadas se sembró de temporal con una certeza que hoy suena lejana, ya que antaño había regularidad en las lluvias y los campesinos sabían cuándo preparar la tierra, cuándo echar la semilla y cuánto esperar para que la primera precipitación asegurara la germinación. Ese conocimiento —afinado con años de observar nubes, vientos y suelos— funcionaba porque el clima, aun duro, mantenía un patrón.
Ahora, esos ciclos se han vuelto erráticos. Cuando la lluvia llega tarde, cae de golpe o simplemente no aparece, la siembra se pierde y el ingreso también. En un territorio donde el agua define la vida —y la falta de agua define la partida— cada temporada incierta empuja una decisión dolorosa: salir de la comunidad para buscar la sobrevivencia en otras regiones.
Este 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante, la Organización de las Naciones Unidas recuerda que la migración es parte de la historia humana y que, bien gobernada, puede traer beneficios; pero también advierte sobre los riesgos mortales cuando el tránsito ocurre sin protección. De acuerdo a las estadísticas desde 2014, casi 70 mil personas migrantes han muerto o desaparecido en rutas terrestres y marítimas, y el número real podría ser mayor, señaló el Secretario General de la ONU en su mensaje por esta fecha.
La ONU y sus agencias han insistido en que la movilidad humana no suele tener una sola causa. Aun así, cada vez hay más evidencia de que los impactos climáticos y ambientales —sequías, olas de calor, degradación del suelo, pérdida de cosechas— están influyendo en decisiones de movilidad, sobre todo cuando golpean medios de vida rurales.
En México, investigaciones académicas han documentado que déficits de lluvia se asocian con aumentos en la migración desde zonas rurales (incluida la migración hacia Estados Unidos) y que los choques climáticos pueden alterar el calendario y la probabilidad de migrar. También se ha observado, en análisis sobre migración rural-urbana, que la exposición prolongada al calor puede incrementar la propensión a moverse una vez rebasados ciertos umbrales.
En La Laguna, el vínculo entre clima y migración se vuelve tangible: la región está marcada por una variación extrema en la disponibilidad de agua y la dependencia histórica de la agricultura, lo que aumenta la vulnerabilidad cuando cambian los patrones de precipitación.

En el cierre de noviembre de 2025, reportes basados en el Monitor de Sequía del Servicio Meteorológico Nacional describieron un escenario crítico en Coahuila: 27 municipios con sequía en distintos niveles (de moderada a excepcional) y otros catalogados como “anormalmente secos”, lo que se traduce en más de 70% del estado bajo algún grado de afectación que compromete actividades productivas y abastecimiento.
En Durango, en el mismo corte, la situación se reportó menos severa: notas informativas indicaron ausencia de municipios en “sequía” (como categoría D1-D4) y presencia de demarcaciones “anormalmente secas”, un aviso temprano en la escala de monitoreo.
Para las comunidades agrícolas, la diferencia entre “sequía” y “anormalmente seco” no es un tecnicismo, es la delgada línea entre aguantar o abandonar. Cuando el temporal falla, la estrategia de supervivencia implica la venta de ganado, endeudamiento, trabajo eventual… y, cada vez con más frecuencia, migración.
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En su Programa Estatal de Cambio Climático 2022–2031, el Gobierno de Coahuila incorpora datos demográficos y de movilidad. Estima que 13% de sus habitantes nacieron en otra entidad y que, entre 2015 y 2020, 3% de las personas nacidas en Coahuila salieron a residir a otro lugar. El mismo documento registra motivos reportados por INEGI, donde destacan el reencuentro familiar y la búsqueda de empleo entre las principales causas.
Es decir, el movimiento de población no es nuevo. Lo que está cambiando es el contexto. Cuando la economía rural depende de un calendario de lluvia que ya no es confiable, el clima deja de ser “fondo” y se convierte en presión que acelera la salida, especialmente en hogares con menos margen para absorber pérdidas.
En el Día Internacional del Migrante, Naciones Unidas insiste en que la migración debe ser digna y segura. En su mensaje de este 18 de diciembre, el Secretario General subrayó que los países tienen la responsabilidad de rechazar narrativas que deshumanizan y de sostener respuestas basadas en derechos.
Para Voces Nómadas, mirar la migración desde La Laguna implica nombrar una realidad que se expande en silencio, puesto que la gente no solo migra por aspiración, también por adaptación. Cuando el temporal deja de ser temporal —y se vuelve incertidumbre permanente— la salida se vuelve una forma de resistir.
La pregunta que queda para la región no es si habrá movilidad, sino cómo ocurrirá: con redes de apoyo, opciones locales de adaptación, acceso al agua y políticas públicas que reduzcan la vulnerabilidad; o con desplazamientos forzados por la precariedad, la pérdida de cosechas y el deterioro ambiental.