


La sequía en Coahuila y otras regiones del norte mexicano está estrechamente ligada a un fenómeno más amplio y alarmante: la degradación acelerada de los suelos. La Comarca Lagunera, que abarca zonas de Coahuila y Durango, encabeza hoy la lista de las regiones más deterioradas del país, de acuerdo con estudios de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro y datos oficiales de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR).
Este deterioro, sin embargo, no es un caso aislado. Según la línea base nacional de desertificación elaborada por la CONAFOR en conjunto con la Universidad Autónoma Chapingo, el 59% del territorio nacional ya muestra signos de desertificación. Y si no se actúa con urgencia, esa cifra podría alcanzar el 62% en menos de 25 años.
Los factores que alimentan esta transformación del paisaje son múltiples: desde el uso inadecuado del suelo y la deforestación, hasta el riego con aguas salinas, la sobreexplotación de los recursos naturales y el cambio climático. En conjunto, estas condiciones están convirtiendo vastas extensiones del país en tierras improductivas.

Lo más alarmante es la velocidad con la que avanza esta degradación: cerca del 3.8% del territorio nacional se ve afectado cada año. Actualmente, más de un tercio del país enfrenta niveles severos o extremos de deterioro. Las zonas más impactadas incluyen el desierto chihuahuense, el altiplano, la región mixteca y, de forma especialmente crítica, la Comarca Lagunera, epicentro de la sequía en Coahuila.
A la par, la disponibilidad de agua es cada vez más limitada. Las principales presas que abastecen de agua a la región lagunera —Francisco Zarco y Lázaro Cárdenas— operan con niveles preocupantemente bajos: 44% y 17% de su capacidad, respectivamente. A pesar de ello, se ha mantenido el riego agrícola, aunque con una reducción del 50% en comparación con el ciclo anterior.
En cuanto al fenómeno de la sequía en Coahuila y el resto del país, los registros muestran un patrón cada vez más grave. Entre 2000 y 2020, México vivió sequías severas en siete de cada diez años. En 2011, por ejemplo, hasta el 77% del territorio nacional sufrió afectaciones, y un 27% enfrentó condiciones de sequía grave o extrema.
Este panorama no solo representa una amenaza ambiental: también tiene consecuencias sociales profundas. Cerca del 69% de la población mexicana —unos 87 millones de personas— habita en zonas impactadas por la degradación del suelo. En momentos de sequía intensa, como entre 2008 y 2011, hasta el 90% de la población se vio afectada directamente.
Las perspectivas a futuro tampoco son alentadoras. El director del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), José Cueto Wong, señala que las proyecciones del Laboratorio Nacional de Modelaje y Sensores Remotos indican un incremento de hasta 2.6 °C en las temperaturas del norte del país, acompañado por una disminución de más de 100 milímetros anuales en las precipitaciones en los próximos 15 años.
Pese a la gravedad del escenario, Cueto Wong destaca que ya existen tecnologías para aprovechar de forma sostenible cultivos como el nopal, el orégano y el chile piquín en entornos áridos. No obstante, advierte que el gran obstáculo sigue siendo la falta de voluntad política para implementar estas soluciones a mayor escala.
“El desafío es inmenso, pero no insuperable. Hace falta inversión, ciencia aplicada y, sobre todo, un reconocimiento a las comunidades del norte del país. Ellas no solo sobreviven en medio de la sequía, sino que resisten. Y merecen un respaldo real”, concluye.