Cuatro Ciénegas, entre la fiesta y el límite

Por Héctor Esparza

El impacto fue inmediato. Las Playitas, una laguna extensa de tonos azules profundos, quedó rodeada de basura. Botellas de vidrio rotas, latas, restos de comida y fogatas encendidas sobre la orilla transformaron el lugar en un espacio saturado.

En la Semana Santa de 2004, Cuatro Ciénegas fue escenario de una apuesta que terminó por desbordarse. El ayuntamiento promovió una invitación abierta dirigida a jóvenes para reproducir, en el desierto coahuilense, el ambiente festivo del llamado spring break estadounidense. La convocatoria fue amplia y la respuesta superó cualquier previsión. En un solo fin de semana, más de 15 mil personas llegaron a un territorio que, por su propia naturaleza, nunca estuvo preparado para recibirlas.

El impacto fue inmediato. Las Playitas, una laguna extensa de tonos azules profundos, quedó rodeada de basura. Botellas de vidrio rotas, latas, restos de comida y fogatas encendidas sobre la orilla transformaron el lugar en un espacio saturado. Los accesos se llenaron de caravanas de vehículos que avanzaban sin control sobre el terreno, mientras el paisaje, que durante siglos había permanecido prácticamente intacto, comenzaba a mostrar signos visibles de deterioro.

Poza La Becerra en 2008

En la Poza de la Becerra la situación fue igualmente crítica. El agua, conocida por su transparencia, perdió claridad en cuestión de horas. La turbidez alcanzó tal nivel que, tras el ahogamiento de un menor, la búsqueda se volvió compleja por la falta de visibilidad; el niño fue rescatado y enviado a en ambulancia a un hospital. Más allá del hecho trágico, el episodio evidenció el grado de alteración que puede sufrir un sistema acuático cuando es sometido a una presión extrema en un periodo tan corto.

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El problema no fue solo la cantidad de visitantes, sino la ausencia de infraestructura. En aquel momento, Cuatro Ciénegas contaba con una oferta turística muy limitada. Había apenas un par de hoteles, algunos restaurantes —entre ellos el conocido restaurante del Doc— y prácticamente ningún servicio sanitario. Sin baños disponibles, muchos visitantes recurrieron al entorno inmediato. En el río Los Mezquites comenzaron a aparecer pañales y toallas sanitarias flotando, mientras las personas continuaban utilizando el agua para nadar, beber y convivir, sin reparar en las condiciones que se estaban generando.

Laguna de Churince con y sin agua

La respuesta institucional no tardó. La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), con respaldo técnico de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), determinó la clausura de Las Playitas en 2004. A esa decisión se sumó un elemento adicional, ya que el sitio se encontraba también en medio de disputas legales por la posesión del predio. Cuatro años más tarde, en 2008, la Poza de la Becerra fue igualmente clausurada como consecuencia del manejo turístico desordenado y la presión acumulada sobre el ecosistema.

Las reacciones no se hicieron esperar. Sectores vinculados al turismo cuestionaron las medidas, tanto entonces como ahora. Sin embargo, el contexto mostraba con claridad que la operación del sitio había ocurrido sin las precauciones necesarias para proteger un entorno de alta fragilidad ecológica.

Paradójicamente, aquel mismo episodio fue interpretado por algunos actores como una señal de oportunidad. Para empresarios locales y foráneos, la afluencia masiva reveló un mercado potencial basado en un perfil de visitante que privilegia la convivencia social, el consumo y la fiesta. A este fenómeno se le comenzó a identificar en la región como turismo de garrafa y hielera. A partir de entonces se impulsó la construcción de hoteles de mayor categoría, restaurantes más amplios y la incorporación de vehículos todo terreno, incluidos camiones de tracción múltiple utilizados originalmente con fines militares, similares a los modelos tipo Unimog o transportes tácticos 6x6, capaces de desplazarse por superficies irregulares del desierto.

Las Playitas en Cuatro Ciénegas

Dos décadas después, la presión turística persiste, aunque bajo una lógica distinta. Ya no se trata de concentraciones masivas como las de 2004, sino de eventos privados que trasladan al desierto un modelo de celebración basado en el espectáculo. En estos casos, el entorno natural queda relegado a un papel secundario frente a la producción, la iluminación artificial y la música a gran volumen. Más que una experiencia de contacto con la naturaleza, se trata de dinámicas centradas en la exhibición y el consumo, donde el paisaje funciona como telón de fondo.

Actividades que podrían desarrollarse en espacios urbanos como salones de eventos en ciudades cercanas terminan instalándose en un ecosistema que depende del equilibrio entre silencio, oscuridad natural y mínima intervención.

La presión sobre Cuatro Ciénegas no se limita al turismo. A lo largo de las últimas décadas, el valle ha enfrentado transformaciones derivadas de la agricultura intensiva y la extracción de agua. Existen antecedentes documentados sobre la expansión de actividades agrícolas en predios asociados históricamente a grupos empresariales, entre ellos terrenos vinculados a la empresa Ampuero, relacionada con Organización Soriana, lo que ha sido señalado en distintos análisis regionales por su posible impacto y desaparición del arroyo que corría en el valle Las Calaveras.

En términos geográficos, el sistema hídrico de Cuatro Ciénegas incluye zonas como el valle de Calaveras y diversos cañones y escurrimientos que históricamente alimentaban el valle principal. Algunos de estos flujos han disminuido o desaparecido, afectando áreas agrícolas tradicionales y humedales.

Otro caso relevante es el del Valle del Hundido, donde la actividad de la empresa Beta Santa Mónica ha sido señalada por su alta demanda de agua. Diversos estudios han asociado la sobreexplotación del acuífero con la afectación en la recarga de sistemas lagunares como Churince y San Marcos, este último hoy desaparecido como cuerpo superficial permanente. Churince, que durante años fue uno de los sistemas más estudiados por su biodiversidad, sufrió un colapso hídrico documentado científicamente en la última década.

Quienes han recorrido el valle a lo largo del tiempo han sido testigos directos de esa transformación. Donde antes había agua, hoy hay suelo seco.

En este contexto, el papel de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas ha sido determinante. Su trabajo ha consistido en aplicar la ley, pero también en proponer alternativas para que las comunidades puedan desarrollar actividades económicas sin comprometer el entorno. Esa labor implica decisiones firmes, incluso en situaciones complejas.

Un caso ilustrativo ocurrió en 2010, cuando el investigador Dean Hendrickson enfrentó un proceso administrativo por la recolección de caparazones de tortuga bisagra sin contar con los permisos correspondientes. A pesar de su trayectoria y aportaciones al conocimiento de la región, la intervención de la autoridad dejó claro que la legislación ambiental debe aplicarse sin excepciones.

Ese principio es fundamental en un territorio donde la presión económica es constante. En Cuatro Ciénegas, distintos grupos empresariales han logrado una influencia importante en la dinámica local, lo que ha dificultado en ocasiones el ordenamiento de actividades. Como suele ocurrir, el argumento económico se presenta como prioritario, incluso cuando implica riesgos para la conservación del ecosistema que sustenta esas mismas actividades.

La discusión de fondo no es si debe haber turismo, sino qué tipo de turismo puede sostenerse en un lugar como este. Cuatro Ciénegas no requiere eventos masivos ni espectáculos de gran escala. Su valor radica en procesos naturales únicos, en especies endémicas y en un equilibrio ecológico que depende de condiciones muy específicas.

Respaldar el trabajo de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas no implica oponerse a actividades económicas, sino reconocer que sin reglas claras no hay futuro posible para el valle. Lo mismo ocurre con los colectivos ambientalistas de la región, que han insistido en la necesidad de mantener un enfoque de sustentabilidad real.

La lección de 2004 sigue vigente. Cuatro Ciénegas no es un espacio para reproducir modelos ajenos, sino un territorio que exige una relación distinta, basada en el respeto y la comprensión de sus límites. Porque al final, la permanencia del paisaje es también la única garantía de cualquier actividad económica que dependa de él.

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