


La crisis de los polinizadores ya golpea a La Laguna. Entre la sequía, los agroquímicos y el calor extremo, los apiarios pierden la mitad de sus colmenas y la producción de miel se desploma. Para la apicultora María Guadalupe García Rosas, la pregunta ya no es cómo salvar a las abejas, sino cómo salvar el equilibrio que sostiene la agricultura y la alimentación.
Por Héctor Esparza | Voces Nómadas
Cuando María Guadalupe García Rosas habla de las abejas, evita comenzar por la miel. Podría hacerlo, porque lleva buena parte de su vida entre colmenas y conoce cada etapa de su producción. Sin embargo, prefiere llevar la conversación hasta la mesa del desayuno. "Quizá hoy comieron una rebanada de melón, una sandía o una manzana", dice. Después guarda unos segundos de silencio antes de lanzar una idea que cambia por completo la dimensión del problema. Ninguno de esos alimentos habría llegado hasta nosotros sin el trabajo silencioso de millones de abejas. Es entonces cuando la charla deja de tratar sobre insectos y comienza a hablar de agricultura, de biodiversidad, de economía rural y, finalmente, de la capacidad que tenemos como sociedad para seguir produciendo alimentos en un planeta cada vez más cálido.

La presidenta del Sistema Producto Apícola de la Región Lagunera Coahuila-Durango no necesita recurrir al dramatismo para describir lo que ocurre. Los números hablan por sí solos. Durante los últimos dos o tres años la región ha perdido alrededor del 50 por ciento de su población de abejas, una disminución que ocurre de manera paulatina, casi imperceptible para quienes viven lejos del campo, pero devastadora para los productores que observan cómo sus colmenas se vacían temporada tras temporada. Hace apenas unos años existían cerca de nueve mil 500 colmenas registradas en la Comarca Lagunera; hoy los propios apicultores estiman que sobreviven alrededor de cuatro mil 750, una reducción que pone en riesgo no solamente la producción de miel, sino el equilibrio de uno de los ecosistemas agrícolas más importantes del norte del país.
"Decimos abejas y pensamos inmediatamente en miel, pero en realidad el tema es mucho más grande", explica Guadalupe. "El 85 por ciento de las plantas que nos proporcionan alimento son polinizadas por las abejas. De ahí la importancia de hacer conciencia sobre lo que está ocurriendo". Sus palabras coinciden con la evidencia científica reunida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que ha documentado el papel indispensable de los polinizadores para mantener la productividad agrícola y la diversidad biológica. Sin ellos disminuye el rendimiento de numerosos cultivos, se reduce la calidad de frutos y semillas y se debilita la capacidad de los ecosistemas para sostener otras formas de vida.

En La Laguna, esa ausencia comenzó a sentirse hace una década. Los apicultores todavía recuerdan el año 2016 como el periodo del "colapso de las colmenas". La mortandad fue tan rápida que en un solo ciclo agrícola desapareció cerca del 80 por ciento de las abejas en numerosos apiarios regionales. Aquella crisis parecía excepcional. Hubo una ligera recuperación posterior y muchos pensaron que lo peor había quedado atrás. Sin embargo, la historia volvió a repetirse, aunque de otra forma. "Ahora estamos regresando prácticamente a ese escenario, pero ya no de manera drástica; ha sido poco a poco. En los últimos dos o tres años hemos perdido otra vez cerca del cincuenta por ciento de nuestra población de abejas", relata. La diferencia es que esta vez la emergencia avanza lentamente y, por ello mismo, corre el riesgo de pasar inadvertida.
Las causas forman una cadena en la que cada eslabón agrava al siguiente. La sequía prolongada reduce la floración; el calor extremo acelera la evaporación del agua; los ciclos agrícolas se compactan y ofrecen menos tiempo para que las abejas encuentren néctar; los monocultivos limitan la diversidad de alimento y el uso intensivo de insecticidas, especialmente los neonicotinoides, incrementa la mortalidad de los polinizadores. Todo ocurre al mismo tiempo. Ningún factor explica por sí solo la crisis, pero juntos construyen un escenario que cada temporada resulta más difícil de enfrentar.
Guadalupe describe un fenómeno que hace apenas algunos años parecía impensable. Las abejas están abandonando el campo para buscar refugio en las ciudades. Los enjambres que hoy aparecen en parques, escuelas, viviendas y edificios públicos no representan una invasión; son una señal de que el paisaje rural dejó de ofrecerles agua y alimento suficientes. "Con la sequía no hay floración y entonces las abejas no tienen dónde recolectar néctar. También necesitan agua para mantener la temperatura dentro de la colmena. Si no encuentran ninguna de las dos cosas, salen a buscarlas donde todavía existen", explica. La escena cotidiana de un enjambre descansando en la rama de un árbol urbano es, en realidad, el reflejo de una crisis ecológica que comenzó muchos kilómetros antes, en parcelas donde el suelo perdió humedad y las flores dejaron de abrirse.
La disminución de las abejas también está modificando la economía de los productores. Hasta hace algunos años una colmena podía producir entre 19 y 20 kilogramos de miel por cosecha. Hoy muchas apenas alcanzan cuatro o cinco kilogramos. La caída no solo representa menores ingresos para las familias que viven de la apicultura; también evidencia el deterioro de las condiciones ambientales que permiten la supervivencia de las colonias. Una colmena saludable es, en cierto modo, un indicador de la salud del territorio que la rodea.
Pero la preocupación de Guadalupe va más allá de los apiarios. La Comarca Lagunera depende de cultivos como melón, sandía y diversos forrajes destinados a la alimentación del ganado, actividades que forman parte de la base económica regional. La polinización incrementa el rendimiento de muchos de esos cultivos y mejora su calidad. "Está comprobado que cuando existe polinización con abejas la producción puede aumentar alrededor de un treinta por ciento", afirma. La desaparición de los polinizadores, por tanto, no es únicamente un problema para quienes producen miel; es una amenaza para la agricultura, para la ganadería y, finalmente, para la disponibilidad de alimentos.

Frente a ese panorama, la dirigente apícola insiste en que todavía existen acciones al alcance de cualquier persona. Habla de reducir el uso indiscriminado de agroquímicos, de fortalecer el diálogo con los agricultores y de recuperar espacios con vegetación que proporcionen néctar durante buena parte del año. También invita a sembrar lavanda, romero, tomillo y otras plantas aromáticas en patios, balcones y jardines, pequeñas decisiones que, sumadas, pueden convertirse en una red de refugios para los polinizadores dentro de las ciudades.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que dejan las abejas. Su supervivencia nunca depende de un solo individuo, sino del trabajo colectivo de toda la colonia. Lo mismo ocurre con la crisis que hoy enfrentan. Ninguna institución, ningún productor y ningún ciudadano podrá resolverla por sí solo. Pero cada decisión que reduzca la presión sobre los polinizadores ayuda a conservar ese delicado mecanismo que sostiene buena parte de la vida terrestre.
Guadalupe vuelve entonces al punto donde comenzó la conversación. No habla de miel ni de colmenas. Habla, otra vez, del desayuno. Porque cuando una abeja desaparece, rara vez pensamos que con ella también puede desaparecer una fruta, una semilla o una cosecha. Y, sin embargo, esa es precisamente la advertencia que desde hace años intenta hacer visible el zumbido cada vez más débil de los campos laguneros.