Conteo navideño de aves. Una mañana en el Cañón de Fernández 

Por Héctor Esparza

La historia del conteo se remonta a 1900, cuando el ornitólogo Frank M. Chapman propuso sustituir las cacerías navideñas —entonces populares— por un ejercicio de observación y registro. Más de un siglo después, la lógica de contar aves en lugar de cazarlas, y hacerlo de manera colectiva, se mantiene.

El frío todavía no terminaba de acomodarse cuando, antes de las siete de la mañana, el estacionamiento de la Soriana de Las Rosas, en Gómez Palacio, comenzó a llenarse de gente con binoculares colgados al cuello, libretas, termos de café y chamarras gruesas. El cuatro de enero de este nuevo 2026, como ocurre cada invierno desde hace varios años, el punto de reunión marcó el inicio del conteo navideño de aves en el Cañón de Fernández, un ejercicio de ciencia ciudadana encabezado por integrantes del grupo Naturalistas Observadores de Aves (NOA) y personas invitadas a sumarse a la jornada. 

El ambiente era animado, aunque el cuerpo pedía moverse para entrar en calor. No hacía tanto frío como en otros años, pero nadie se confió. Antes de la fotografía inicial se organizaron los equipos: unos se dirigirían hacia Sapioriz, otros a El Tasajillo, y un tercer grupo —en el que me tocó participar— recorrería el territorio de la presa Francisco Zarco. Con las rutas definidas, cada equipo partió rumbo a su polígono de monitoreo. 

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El conteo navideño de aves forma parte del Christmas Bird Count (CBC), una iniciativa coordinada a nivel continental por la National Audubon Society, que se replica en distintos países bajo un método estandarizado: observar y registrar todas las aves posibles dentro de un círculo fijo, de 24 kilómetros de diámetro, durante una jornada de invierno. La intención es generar datos comparables año con año sobre qué especies están presentes, cuántos individuos hay y cómo se distribuyen. Esa constancia permite detectar cambios poblacionales, desplazamientos asociados al clima o a la transformación del territorio, y aportar información útil para la conservación. 

La historia del conteo se remonta a 1900, cuando el ornitólogo Frank M. Chapman propuso sustituir las cacerías navideñas —entonces populares— por un ejercicio de observación y registro. Más de un siglo después, la lógica de contar aves en lugar de cazarlas, y hacerlo de manera colectiva, se mantiene. 

En la Comarca Lagunera, el conteo navideño de aves comenzó formalmente en 2019 en el Parque Estatal Cañón de Fernández, según registros de Prodefensa del Nazas A.C. Desde entonces, el ejercicio se ha repetido y ha ido consolidándose con la participación de observadores locales. Para 2022, medios regionales ya lo referían como el cuarto conteo navideño de aves consecutivo, lo que habla de una continuidad que hoy empieza a construir una serie de datos propia para la región. 

De vuelta al terreno, el recorrido por la presa Francisco Zarco confirmó una constante del paisaje: la basura. Platos desechables, envases de plástico, papeles de baño y restos de comida aparecían dentro y fuera del río, en antiguos y recientes sitios de campamento. No importa el origen ni el nivel económico de quienes visitan el lugar, la práctica de tirar basura parece transversal y persistente. 

Los ahuehuetes centenarios siguen siendo uno de los mayores atractivos del Cañón. Algunos muestran cicatrices profundas, marcas de incendios provocados por descuidos humanos y otros de origen natural. Aun así, en ciertos parajes, los troncos retorcidos dan paso a nuevos brotes que forman barreras verdes a la orilla del río. Ese día corría un poco de agua, suficiente para sostener vida y reflejar el cielo invernal. 

En cuanto a las aves, durante las primeras horas destacó la presencia de auras. Aún perchadas, esperaban la llegada del sol para extender sus alas y comenzar a elevarse. Desde lo alto, parecían observar con curiosidad a quienes, binoculares en mano, las seguíamos con atención. 

A diferencia de otros años —quizá por el sector recorrido— el número de aves invernales fue menor. No aparecieron, por ejemplo, los coloridos patos del bosque, ni hubo abundancia de patos monja o cormoranes. Sí se dejaron ver garzas morenas y algunas blancas, y fue hasta llegar a la presa cuando, en medio del ruido de la música y los motores de cuatrimotos, una águila pescadora aguardaba paciente su momento. 

En la presa, las gaviotas esperaban a que los pescadores limpiaran sus capturas para aprovechar las vísceras. Más cerca del río, el capiturrín, pequeño y rojizo, se dejó observar varias veces: volaba para capturar insectos y regresaba siempre a la misma rama, permitiendo ser fotografiado. El martín pescador, con su pico largo y delgado, también estuvo presente, lanzándose al agua en busca de peces. 

Con pocos ejemplares, se observaron patos mexicanos y patos monja, ocupados en acicalarse o alimentarse de mosquitos. El playero alzacolita recorría las orillas, caminando casi sobre la superficie del agua, mientras el carpintero mexicano aparecía en parejas, con su canto marcado, tan reconocible como el del propio martín pescador. Perlitas, tórtolas, gorriones chileros y xanates completaron la escena, muy activos durante la mañana. 

La presencia humana no pasó desapercibida. Turistas en motocicletas ruidosas y camionetas todo terreno iban y venían por la carretera rumbo a los restaurantes, donde la música a todo volumen se escuchaba a distancia. Para quien busca en la naturaleza silencio y sonidos distintos a los de la ciudad, encontrar el mismo ruido urbano en el campo resulta un contrasentido difícil de ignorar. 

Con el sol ya alto, el frío se disipó. Chamarras y bufandas comenzaron a sobrar. El invierno, al menos este año, no llegó con la fuerza de otros, aunque en el Cañón la temperatura siempre es más baja que en la ciudad. 

Los registros de esta jornada se sumarán a los de años anteriores y pasarán a formar parte de una serie que, con el tiempo, permitirá entender mejor qué está ocurriendo con las aves del río Nazas y sus alrededores. Más allá de los números, el conteo navideño de aves deja la certeza de que el contacto con la naturaleza sigue siendo profundamente gratificante, sobre todo cuando se da lejos —o lo más lejos posible— del trajín urbano que insiste en alcanzarla. 

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