


El amor ha sido fuente de inspiración para poetas, artistas y escritores a lo largo de la historia, pero la ciencia también tiene mucho que decir al respecto. Estudios como los de la antropóloga Helen Fisher han demostrado que el amor activa diversas áreas cerebrales y libera neurotransmisores clave, influyendo en nuestras emociones y comportamientos. Aunque popularmente se asocia con el corazón, en realidad el amor es un fenómeno cerebral donde interactúan neurotransmisores y distintas áreas del cerebro.
Para entender mejor este proceso, el Museo de los Metales, organizó el foro La Ciencia del Amor en el Vivero de la empresa Peñoles, donde participaron el médico Miguel Gerardo Quiñones Macías y la psicóloga Brenda Olivia Gámez Martínez. Ambos especialistas analizaron el amor desde la neurobiología y la psicología, explicando qué sucede en nuestro cerebro cuando nos enamoramos.
Helen Fisher, reconocida antropóloga del amor, afirma que “el amor es una cosa diferente en cada persona”. Por su parte, el médico Eduardo Calixto sostiene que el enamoramiento es un proceso natural del cerebro del que nadie puede escapar. Con estas ideas comenzó la participación de Quiñones Macías, quien explicó que en el amor se activan al menos 29 áreas cerebrales y participan 10 sustancias químicas responsables del deseo, la atracción y el apego.
Según la neurociencia, el amor tiene tres grandes fases: deseo sexual, amor romántico y apego. La primera fase es instintiva y regulada por la testosterona en hombres y los estrógenos en mujeres. En este punto, la corteza prefrontal pierde control y el núcleo accumbens genera una intensa necesidad de estar con la persona deseada. “Esta combinación, en realidad nos embobece”, comentó Quiñones.
En la segunda fase, el amor romántico, se liberan dopamina, noradrenalina y serotonina. La dopamina genera euforia y entusiasmo; la noradrenalina intensifica la energía; y la serotonina, al disminuir, puede causar insomnio, pérdida de apetito y distracciones. En casos extremos, estos efectos se asemejan a un trastorno obsesivo-compulsivo.
El apego es la tercera fase, donde intervienen la oxitocina y la vasopresina. La oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, fomenta confianza y fidelidad, mientras que la vasopresina puede generar celos e incertidumbre. “Las parejas que superan estos desafíos consolidan relaciones más estables”, aseguró Quiñones.
Durante su participación, la psicóloga Brenda Olivia Gámez realizó un ejercicio para demostrar cómo la oxitocina se libera a través del contacto físico. Explicó que diversos estudios han utilizado técnicas como análisis de muestras de saliva y mediciones de actividad cerebral para evidenciar un aumento en los niveles de esta hormona tras interacciones afectivas como abrazos y apretones de manos. Pidió a los asistentes que se dieran la mano, luego un “chócala” y finalmente un abrazo de corazón. “El contacto es vital para liberar oxitocina. Sin él, el amor se basa en la idealización, no en una conexión real”, afirmó Gámez.
El foro también abordó cómo las tecnologías han cambiado las relaciones y generado fenómenos como el "orbiting", el "ghosting" y el "breadcrumbing". Según un estudio de la Universidad de Stanford, estas prácticas digitales pueden afectar la autoestima y generar estrés emocional, impactando la salud mental de quienes las experimentan.
Orbiting: Ocurre cuando una persona deja de hablar con otra pero sigue interactuando con sus redes sociales, generando confusión y ansiedad. “Si alguien realmente te quiere, estará presente en tu vida, no solo orbitando en redes”, advirtió Gámez.
Ghosting: Es la desaparición repentina sin explicaciones, causando tristeza y ansiedad en la persona afectada. “Si alguien te deja sin explicaciones, eso no define tu valor”, mencionó la psicóloga.
Breadcrumbing: Cuando alguien muestra interés intermitente solo para mantener enganchada a otra persona. “Si te dan migajas de atención, aléjate. El amor debe ser genuino y constante”, enfatizó.
Para fortalecer relaciones saludables, la psicóloga recomendó el "ayuno de dopamina", que consiste en reducir el tiempo en redes sociales para evitar ansiedad y dependencia emocional. Como ejemplo, mencionó el caso de una joven que implementó esta práctica y, tras dos semanas de desconexión digital parcial, reportó sentirse más tranquila, con mayor concentración y disfrutando más de sus interacciones cara a cara. “El teléfono puede convertirse en un grillete digital. Aprende a desconectarte y fomentar interacciones reales”, recomendó.
También enfatizó la importancia de la responsabilidad emocional. “El amor no debe ser fuente de sufrimiento. Si una relación te genera angustia, es momento de replantearla”.
El psicólogo Robert Sternberg propone que el amor completo se basa en tres elementos: intimidad, pasión y compromiso. Gámez Martínez coincidió con esta teoría, afirmando que “el verdadero amor es estar feliz por la existencia del otro, sin necesidad de que haga algo extraordinario”.
El foro concluyó con una sesión de preguntas de los estudiantes. “¿El amor es igual en parejas del mismo género?”, preguntó un asistente. Gámez respondió: “El amor es universal. Lo importante es que haya respeto, compromiso y responsabilidad emocional”.
Otro estudiante cuestionó si es posible enamorarse de varias personas al mismo tiempo. “Puedes sentir atracción por varias personas, pero el amor completo implica exclusividad emocional”, explicó.
Finalmente, se abordó si el amor puede curar la tristeza. “El amor, en cualquiera de sus formas, tiene un impacto positivo en la salud mental. Cuidar a otro ser mejora nuestro bienestar”, concluyó la psicóloga.
El evento dejó claro que el amor, más allá de ser una emoción, es un proceso químico y neurológico que define gran parte de nuestra vida y bienestar. Esta comprensión nos invita a reflexionar sobre cómo experimentamos el amor en nuestras propias vidas y a considerar el impacto que tiene en nuestras relaciones y bienestar emocional. Comprender su base científica nos permite vivir relaciones más sanas y conscientes.