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Senderismo en la Laguna: 3 lugares para conectar con la naturaleza y activar tu vida

El senderismo en la Laguna se caracteriza por potencializar la caminata en diferentes áreas que retan la resistencia humana y benefician la emoción de experimentar la belleza de escenarios naturales.

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Por Voces Nómadas

El senderismo es un deporte que une a las personas, con bellos paisajes naturales y grandes anécdotas que impulsan la motivación y el ejercicio, y la Comarca Lagunera alberga hermosos escenarios por descubrir.

El senderismo en la Laguna es una de las actividades más populares para todos aquellos que deseen conocer el paisaje de la región. El senderismo se caracteriza por potencializar la caminata, en diferentes áreas que retan la resistencia humana y benefician la emoción de experimentar la belleza de escenarios naturales, así como motivar la superación de un saludable desafío en compañía de familiares y amigos.

El senderismo no es cualquier cosa y, por si no lo sabías, se debe iniciar poco a poco y bien preparado para evitar desperfectos. Al final, cuando domines este escenario, te será sumamente sencillo practicar senderismo en la Laguna, desde informarte de los sitios disponibles para realizar la actividad, ya que existen sitios populares y otros no tanto que retan a los caminantes, así como llevar todo el equipo necesario para tu andar y salud.

Si quieres comenzar a realizar este bello deporte, lleno de retos y paisajes naturales, y eres de la Comarca Lagunera, no puedes pasar por alto la oportunidad de conocer los siguientes tres sitios de la región para practicar senderismo. Todos pertenecen a municipios diferentes, lo que promete una gran aventura lagunera para practicar verdadero senderismo en la Laguna.

Ruta de las Noas (Torreón, Coahuila)

Una de las rutas más populares de senderismo en la Laguna, que se fusiona entre el turismo religioso y el ecoturismo para realizar senderismo, es la Ruta de las Noas, una caminata que inicia en las espaldas del Cristo de las Noas y termina en el antiguo Helipuerto de la ciudad.

Esta ruta para hacer senderismo en la Laguna es obligada para todos aquellos que gustan de la fotografía y lleven la aventura en la sangre. El espíritu lagunero se aprecia en los bellos cerros que caracterizan a la ciudad, siendo La Ruta de las Noas un trayecto de senderismo y/o recorrido con una distancia de 8 mil metros de ida y vuelta, que permite a cualquier turista o locatario conocer la flora y fauna de la ciudad en sus zonas menos urbanas.

Cueva de las Iglesias (Lerdo, Durango)

Otro de los sitios mas interesantes y favoritos del senderismo en la Laguna, situado en el municipio de Lerdo, Durango, es la Cueva de las Iglesias. Este recorrido está a menos de una hora de la ciudad de Torreón, cuenta con una extensión de 3 kilómetros de distancia y es otra propuesta para explorar los muchos cerros de la región.

La Cueva de las Iglesias es una cueva situada en la punta de uno de los cerros, y llegar a ellas es toda una motivación. El inicio del camino es simple, plano y tranquilo, perfecto para agarrar ritmo, sin embargo, conforme se va avanzando hacia el cerro, el camino empieza a ser más desafiante. La flora y la fauna se maximizan, entre biznagas y reptiles, hasta finalmente llegar a la preciosa cueva, el premio mayor para disfrutar de toda la vista de este senderismo en la Laguna.

Cerro de las Antenas de Vizcaya (Matamoros, Coahuila)

El último pero no menos importante y tiene una historia que data de los años 70s es el recorrido del Cerro de las Antenas en los ejidos de Corona y Vicente Guerrero en Matamoros, Coahuila. Este recorrido ha adquirido popularidad y un tratamiento en sus veredas para realizar senderismo en la Laguna, además de otras actividades como ciclismo de montaña. Este lugar se encuentra a 40 minutos de la ciudad de Torreón, Coahuila y consta de 3.7 kilómetros -ida y vuelta- para caminar.  

Su nombre se debe a que hace más de 50 años la vereda comenzó a formarse para la instalación de las antenas de Ferrocarriles de México, Telmex y Telégrafos. Con el pasar del tiempo se añadió una segunda vereda con visión deportiva hasta que finalmente, y tras la pandemia, la popularidad del Cerro de las Antenas se extendió por toda la región para realizar senderismo en la Laguna.

El senderismo en la Laguna es una actividad gratificante que brinda innumerables beneficios para la salud y el bienestar, sin mencionar la apreciación de la belleza del desierto. Con la planificación adecuada y el cuidado necesario, puedes disfrutar de la naturaleza de manera segura y responsable. ¡Atrévete a explorar nuevos caminos en la Comarca Lagunera y descubrir el mundo a tus pies!

Es originaria de Gómez Palacio, Durango, donde estudió, trabajó y soñó. Un buen día se topó con una montaña en el territorio del Cañón de Fernández. La escaló sin temor junto con un grupo de chicos aficionados a la escalada en roca, desde ese momento se enganchó con esta práctica de tal forma que todas sus actividades posteriores estuvieron enfocadas en continuar para profesionalizarse en este deporte, lo consiguió en las blancas montañas de Francia, en Europa. 

“Yo soy ciento por ciento lagunera, fronteriza, nací en la frontera de Gómez Palacio y Lerdo, en 1988”, lo dice sonriendo la joven escaladora Alma del Carmen Esteban Ávalos. Estudió primaria en la escuela 18 de Marzo y en el Instituto Francés de la Laguna. En la universidad ingresó al Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, estudió inglés y demás cursos de tal forma que no tenía mucho tiempo para distraerse. “Desde que estudié tuve la idea de promover el comercio justo, por esta razón elegí la carrera de Comercio Internacional, y una gran maestra me introdujo en el comercio rural, ella es Ana Olga Rodríguez Betancourt que fue una gran inspiración para mi; me invitó a un proyecto de desarrollo social en la Sierra de Jimulco y yo quería hacer un proyecto de comercio junto con los habitantes de aquella región”.

Alma se interesó por el comercio justo porque conoció las condiciones de vida de los habitantes de la sierra, los viajes que llegó a tener como misionera -puesto que en el Instituto Francés se desarrolla esta práctica humanitaria- le brindaron la posibilidad de pensar en proyectos solidarios, y también le pusieron en contacto con la montaña.

“Me concentré dando talleres a las señoras, para que hicieran manualidades, me ha gustado la expresión creativa, les enseñé a hacer alebrijes con papel maché. Quería aportar algo, también me llamó la atención la parte internacional, por eso comencé a pensar en cómo poder llevar los productos de estas señoras al extranjero, por eso me interesé también en el comercio internacional”.

En sus viajes observó la montaña, los relices, las cimas y volteó al cielo.

“No te imaginas hasta dónde puedes llegar cuando deseas algo”, afirma durante esta entrevista realizada en La Laguna, su tierra que visitó para ofrecer una serie de conferencias.

Nudo en ocho

“Lo que pasó conmigo es que comencé a ver las montañas de Durango y quise ir más lejos. Esa curiosidad estoy segura que salió de las películas, porque las veía y decía ¡wow eso se ve increíble! y me encantaría hacer eso (escalada), pero seguro que no existe en México y mucho menos en La Laguna, es algo de gringos, yo pensaba”.

Pero descubrió que en su tierra había un grupo de escaladores aficionados con un desarrollo suficiente para trepar las montañas locales.

“Mi tío era parte de aquel grupo, pero en casa lo tenía súper prohibido porque pensaban que me iba a matar, así lo veían también en las películas y como me conocen que me gusta aventarme a todo...” vuelve a reír Alma del Carmen.

La joven escaladora es esbelta y de mediana estatura, sus dedos son gruesos y fuertes como los de un campesino, sus uñas cortas y su sonrisa abierta y franca. Es evidente que la felicidad la escala a ella.

“Hubo mucho tiempo en que mis padres no sabían bien a bien lo que hacía, porque aparte de estudiar en el Tec trabajaba en un restaurante en Torreón, trabajaba de mesera y como tenía muchos gastos agarraba muchos turnos para ganar la propina”. Desde Lerdo, viajaba al Tec y luego al restaurante, y después a entrenar “y si se me olvidaba algo regresaba a casa. Entonces como tenía muchas actividades no se daban cuenta dónde andaba. Con mi tío nunca pude escalar porque lo tenía prohibido, pero veía este gimnasio, el Rock Sport, y no tenía idea de lo que era, pero tenían un poster de alguien escalando, y veía las montañitas y me asomé. Fueron súper amables, luego luego me integraron y me dijeron: no mira el primer día es de prueba, es gratis; ignoré todos los demás recursos que tenía el gimnasio y me fui directo al muro, alguien me puso un arnés, me subí y cuando iba subiendo los antebrazos se me fueron inflamando y cansando y no sabía de lo que se trataba pero seguí subiendo hasta que me solté porque ya no podía más, me caí y me dio una emoción que dije, ¡wow, esto está increíble, me encanta y quiero seguir haciendo esto por siempre!”

Cuando se bajó se inscribió de inmediato, aunque su letra no era legible porque tenía los brazos extenuados. “Después de eso comencé el grupo Nudo Ocho, que se trató de un club compuesto por jóvenes que nada sabían de la escalada. “No me importó, yo lo que quería era ir a la roca”.

La convocatoria comenzó pegando fotografías de escalada en el interior de su escuela, “fueron las más padres que me encontré en Google. Y le ponía: ¿Quieres aprender escalada? Ven al salón 404 el miércoles a las 4 (mira hasta se me quedó grabada la hora), y el salón se llenó totalmente y cuando estaba allí los tenía a todos enfrente y les dije: Hola a todos, bueno, primero que nada yo tampoco sé escalar, no sé nada”...

Por supuesto que el grupo se le quedó viendo fijamente, totalmente serio, “fue peor porque no hubo reacción. Pensé que se iban a reír con eso y que estaríamos más en calma pero no fue así”.

Les informó sobre un club en el Tec de Monterrey, les comentó sobre el gimnasio al que fue, y eso les motivo a organizar venta de hamburguesas para comprar equipo y pagar el gimnasio.

“Un día Gustavo Rodríguez Mattar -de los fundadores de Rock Sport- vio a mucha gente en el muro y se acercó a preguntarme. Yo no sabía que era el dueño y se ofreció a llevarnos a Potrero en Nuevo León para escalar, y de inmediato formamos una comunidad, fue así que con esa invitación supimos que sería posible”.

Aprendieron a hacer nudos, compraron equipo, incrementaron sus salidas a la presa y al cerrar el semestre lograron viajar a Potrero.

Todas sus decisiones, desde entonces, incluyeron la escalada. “Y aquellos proyectos de comercio justo y de exportación, tienen que ser en sitios donde pueda escalar; yo ya no puedo parar”.

La cima de Francia

En su universidad se enteró del programa de intercambios, lo tomó porque conocía del profesionalismo de los franceses por la escalada en roca, por eso se apuntó en este viaje donde también se llevó algunos proyectos de comercio justo bajo el brazo.

Aunque: “Ya no pude parar, quería conocer otros lugares, otros países y esto me llevó hasta donde estoy ahorita a hacer una formación de guía de escalada en Francia, lo cual es como ir a una universidad, estudiar para ser guía, es muy selectivo, es muy difícil entrar ahí porque hay muy pocos lugares y el nivel es muy exigente”. 

Tiene que pasar diversas pruebas para ser guía, “es un honor estar ahí, a mi me gusta decirlo porque estoy segura que no ha habido alguna mexicana ni mexicano que haya hecho esto en Francia y mucho menos un lagunero, entonces para mi es un honor representar a La Laguna en esto”.

Alma Esteba vive en un pueblo de siete habitantes en las faldas de la montaña más alta del sur de Francia. “En este pueblito no pasa nada, nadie lo ubica, pero lo que sí hay son unas paredes para la escalada en roca, pero muy difíciles, están inclinadas en contra, vas escalando de cabeza y eso la convirtió en una de las zonas de escalada más famosas del mundo”.

Gente de todo mundo visita este lugar para escalar, y se van en camionetas donde pueden dormir o montan casas de campaña para estar ahí y poder escalar.

Es escalada de alto nivel lo que se practica allá. “Me invitaron a un proyecto de desarrollo local para poner bicicletas gratis para que la gente no tuviera que hacer trayectos cortos en su camioneta desde la zona de campamento hasta la zona donde comienzan a caminar para subir a la montaña, así evitábamos que 50 camionetas manejaran durante la mañana en un trayecto de dos kilómetros si les dábamos bicis gratis y aparte a los escaladores les gusta hacer ejercicio”.

También descubrió una casa muy bonita que restauró un holandés y que ella cuida.

“Mi vida cotidiana es como si constantemente viajara en el tiempo: en verano vivo en una yurta -que es como una casa de campaña mongola- a un lado del río, es decir, vivo gran parte del año en la naturaleza, y en el invierno me mudo a uno de los departamentos que se acondicionaron para que no tenga frío; nos calentamos con estufas de leña, vivo en un lugar muy natural y cosmopolita porque llega mucha gente de todas partes del mundo, menos mexicanos”.

De la montaña al escenario

Alma participó en un filme que resaltó a las escaladoras mexicanas, la película participó en el Festival de Cine de Montaña, la producción llegó a Europa y allí la contactaron “para hacer las presentaciones de la película. Además me preguntaron si podía ofrecer entrevistas sobre mi trayectoria y la escalada, me presenté en diferentes foros de Francia, entre los más importantes”, acudió a los teatros más importantes con llenos a reventar “pero no había tenido la oportunidad de presentar estas pláticas con gente de Torreón.

Es cuando entra a escena Karla Aguilera Vela, directora de la casa de producción Fénix y amiga de Alma desde la juventud.

A pesar de que se distanció de Alma por un tiempo, volvió a encontrarse con ella para organizar un ciclo de conferencias en la región que vio nacer a las dos mujeres emprendedoras.

Producción de artes escénicas fue la licenciatura que estudió Karla en la Ciudad de México, “me enamoré de la carrera, quiero producir, entonces ya lo tenía muy claro”.

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Entre las producciones que ha organizado es el ciclo de conferencias en las cuales Alma comparte su experiencia en las alturas.

“No hay reto suficientemente grande para Karla”, valora Alma, su amiga, quien en una semana organizó las conferencias en la Comarca Lagunera.

“En la escalada hay diferentes rutas o caminos que puedes subir y cada uno tiene su dificultad y su historia. También tiene su dificultad mental, las grietas pueden estar muy alejadas y eso da mucho miedo, entonces cuando estoy frente a una ruta tengo una conexión diferente con cada una de ellas. Si pudiera resumir lo que generalmente pienso cuando estoy frente a la pared de la montaña justo antes de escalar, es: ¿qué tuvo que pasar para que estuviera yo aquí justo en esta ruta? Tuve que salir del país, terminé renunciando a muchos trabajos, hubo un tiempo en que estuve viviendo en mi coche con muy pocos recursos, ahora vivo en una yurta mongolesa, tuve que comprar equipo, tuve que hacer en realidad mucho esfuerzo para llegar a este instante -porque a veces se nos olvida- entonces al ponerle esa intención, sé que va a haber un momento cuando esté escalando que esté fuera de mi zona de confort. La naturaleza da diferentes posibilidades y hay puntos donde no todo lo controlas, donde sientes que estás llevando tu vida y tu físico al límite y que de verdad va a ser imposible, mi mente me dice que no vas a poder, mis músculos están cediendo, mis dedos me están doliendo, se empiezan a abrir y sientes dolor, el cuerpo no da más pero de alguna manera el cuerpo logra sacar un poco de energía, buscas escusas para no seguir, y piensas que habrá una segunda oportunidad, pero en realidad no hay tantas oportunidades, si la desaprovechas es desaprovechar una oportunidad gigante de crecimiento, por eso cuando estás ahí tienes que pensar en que no vas a dejar pasar esta oportunidad; sí piensas en el miedo, en el cansancio, pero daré lo mejor de mi, estaré consiente que daré lo mejor, y si no me sale no importa porque di lo mejor, y voy a tener como recompensa, si no lo logro, la sensación de la caída que me va a despertar de ese momento de trance en el que estaba y habrá valido la pena. Pero si no lo intento, estaré arrepentido por mucho tiempo”.

Alma sigue en Francia, por internet compartió las fotografías que ilustran esta entrevista, y su voz continúa en el disco duro de la computadora, con la misma frescura de aquel momento de la entrevista donde compartió la proeza de conquistar un sueño.

“¡Ya no me responden las piernas! Por más que les digo que caminen, no se mueven” –clamaba un agotadísimo Juan Ángel Tort Figueroa después de ocho horas de andar por los pasadizos de piedra dentro de las minas de Ojuela.

-¡Yo ya perdí una pierna! –terciaba de manera figurada Armando Monsiváis, quien arrastraba la extremidad derecha surcando el polvillo rojo de la mina.

De nueva cuenta descendimos a las entrañas de las minas de Ojuela, en el territorio de Mapimí, Durango. El objetivo fue conocer las escotillas donde permanecen los equipos de bombeo que se utilizaron para desaguar los tiros y continuar con la explotación del mineral a principios del siglo pasado. Esta vez priorizamos la seguridad y la prudencia que nos faltó en el primer viaje que hicimos al fondo de las cuevas hace más de una década.

-¡Alfredo, dijiste que nos llevaría una hora y media llegar al agua! –reclamaba Tort al guía de la expedición, José Alfredo Escobedo Montano aclaraba: -Hora y media a mi paso, no me dijeron que nos estaríamos deteniendo para tomar fotos y video… a esta velocidad saldremos a la media noche –calculó el guía y velador de estos socavones de los que aún extraen mineral a golpe de marro y cincel.

Aún así logramos el objetivo: entrar a las exclusiones donde se instalaron poderosos equipos de bombeo. Llegar a ellos fue como una inmersión al océano y el encuentro con un navío hundido. Tocamos el agua que emana a casi un kilómetro de profundidad dentro de las minas, e imaginamos como se repite, casi noventa años después, la actividad extractiva en los pueblos añejos y mágicos como son el abandonado Ojuela y el histórico Mapimí.

Comenzamos la expedición por la mañana.
Aquí podemos ver a nuestro guía José Alfredo mostrándonos el camino a seguir.
Fotografía: Héctor Esparza

Los abrigos de los mineros

La mañana soleada, libre de nubes, se completaba con el verdor de las yerbas crecidas en las colinas de Mapimí en el verano de 2012. Ascendimos rumbo al puente de Ojuela, y a la mitad del camino, en una explanada, estacionamos la vagoneta; desde ahí iniciamos el andar rumbo al tiro San Carlos.

En esa terraza se conservan algunas cuevas donde vivieron familias de mineros “antes de 1890” según el cálculo de José Alfredo. Aún se mantiene un horno de piedra en el suelo frente a uno de los refugios y fragmentos de muros de piedra; entre las oquedades nace otro tiro, el de San Juan, “que va a dar por abajo del puente de Ojuela, pero la gente no se da cuenta del mismo, antes había una cigüeña para sacar material a trescientos metros de profundidad”, recordó el velador.

 Seguimos el sendero entre las plantas, el medio día estaba cerca, y las pláticas sobre minas, mineros y minerales empezaron a interrumpirse por jadeos que acusaban una magra condición física.

-Una vez me intoxiqué con arsénico –alcancé a escuchar la parte final del relato de Juan Ángel- sentí mareos y vomité. Tort Figueroa es amante de los minerales. Su colección que supera las cuatro mil piezas ha sido tema en esta revista. Le atrae de sobremanera Ojuela ya que engendra cuatro minerales únicos en el mundo gracias a su fórmula química condimentada con arsénico.

Anduvimos por el camino viejo, por donde acarreaban en carretas el mineral de Ojuela, de Santa Rita y otras partes; “la mina paró en 1930, o 31, cuando se inundó. Desde hace 10 años la siguen trabajando para sacar plomo, no sé a quién se lo venden, yo sólo trabajo como velador, a veces les ayudo a los compañeros a sacar el metal, o dándole de comer a la burra o acarreando madera” reveló José Alfredo, quien desde los tres años de edad se mudó con su familia de Zacatecas al mineral de Ojuela, prácticamente es de Mapimí.

Él supervisa los socavones donde trabajan alrededor de sesenta personas extrayendo material. “Por persona deben sacan de 400 a 500 kilos diarios que les pagan a un peso con cincuenta centavos; hay quienes están explotando la mina a marro y cincel, haga de cuenta que lo siguen haciendo a la antigua, como cuando inició la minería”, nos contó cuando llegamos a la entrada del túnel San Carlos, donde él vivió su infancia, por donde ingresamos a las profundidades.

Preparamos las lámparas de carburo.
Fotografía: Héctor Esparza

Las minas de Peñoles

El túnel de San Carlos es el nivel dos, aunque Peñoles, la concesionaria de estas betas, aplica una enumeración disímil a la de los mineros, aclaró Tort Figueroa: “el nivel 5 de los mineros es el 12 de la empresa, donde está el agua; cada nivel está entre 50 y 100 metros distantes entre sí”.

Antes de iniciar la aventura subterránea almorzamos a la entrada del yacimiento. Eran las 10:47 de la mañana del domingo 23 de septiembre. José Alfredo y su yerno Adrián Varela Padilla prepararon las lámparas de carburo, antiguos artilugios capaces de iluminar por ocho horas continuas las profundidades, abastecidos solo con agua y las piedras de carbono.

A los diez metros dentro del afloramiento la iluminación exterior dio paso a las luces que bailaban suspendidas por los exploradores. Inmediatamente después hallamos en el piso un envase de plástico recubierto por lodo que contenía el agua filtrada del techo. La gota que posibilitaba el nacimiento de una estalactita caía dentro del vaso. “Los mineros lo dejan para tomar agua cuando salen” aclaró el guía.

Avanzamos por el nivel dos, en plano horizontal, con mucho ánimo y poco cansancio. Pronto llegamos a un crucero de donde partían caminos de San Carlos rumbo a las minas La Fe, Marías, La Esperanza, Guadalupe y hacia un inclinado filón bautizado como San Pedro.

José Alfredo nos comunicó: “Por donde vamos a bajar se llama Barandales, porque tenía en todo el camino pasamanos, aunque la gente los ha ido destruyendo”.

-Entonces… ¿nos está diciendo que vamos a batallar, verdad? -interpretó Armando Monsiváis con voz evocadora de aquella experiencia que le causó pesadillas.

-No, no –tranquilizó el guía- hay una especie de pasamanos, aunque muy antiguo.

Bajamos tomando una manguera como baranda que Alfredo afianzó con un pedazo de hilo de plástico. Después empezaron las interminables hileras de escaleras de madera, firmes pero estrechas; son las mismas que suben cinco veces al día durante la semana las mineros cargando en sus espaldas costales con setenta o cien kilos de rocas.

Armando Monsiváis bebiendo agua filtrada.
Fotografía: Héctor Esparza.

Salma Hayek y el buque ahogado

Pasamos untados a la pared para librar uno de los tiros principales. Es un precipicio sin retorno. “De aquí hacia arriba estamos como a 300 metros, y hacia abajo 200 metros o poco más… en realidad no sé cuando metros sean”, aceptó Alfredo.

-No nos diste curso de inducción, nos metiste así a la brava... –reclamó Juan Ángel, y preguntó: ¿Es cierto que hay una parte donde se juntó el cerro y se quedó un hombre atrapado?

-Sí, si es cierto, fue allá arriba -respondió el guía.

Allí, un monolito de caras planas sirvió de lienzo para Pedro Cordero, un minero hábil para dibujar con la linterna de carburo: la flama dirigida a la piedra deja una marca similar a la del aerosol, con ella escriben y diseñan. Trazó a Salma Hayek de espaldas, vistiendo un bikini y mirando al cielo. Pedro es muy bueno para dibujar.

Las escaleras que parecían infinitas acabaron. Llegamos a una exclusión similar a la escotilla de un barco o submarino: una pesada puerta de acero de dos metros de superficie y medio metro de espesor quedó abierta para permitir el ingreso al “cuarto de máquinas”. Tubos abandonados se conectaban a cuatro motores gigantes y desmantelados. Válvulas oxidadas, cubiertas de sarro, añejas escaleras marineras de acero, arrumbadas y retorcidas hacían imaginar cómo debió ser la operación de estos equipos para desaguar las minas. Y justo debajo de las bombas estaba el manto de agua.

Un estero transparente y apacible, de agua fría, estaba bajo nuestros pies. Caminamos sobre el lago apoyados por tablones separados entre sí, caer hubiera sido fácil.

Algunos tubos salían de las paredes como espadas, y por el suelo permanecían restos de los motores. Los desmantelaron para llevarse el cobre.

“No tienen mucho que los destruyeron –aseguró Alfredo- hace un año tenían los caparazones. Esta mina se llama San Diego, estamos a una profundidad de 500 metros, no, más, como a 600 metros”. Son cuatro los motores que siguen allí.

El nivel del agua ha variado. Hace una década lo encontramos a setecientos metros de profundidad, en esta ocasión el guía calcula seiscientos; en el siguiente nivel, donde hallamos otro cuarto de máquinas, la profundidad es mayor.

En la mina de Santo Domingo descansamos. Allí los mineros tienden la ropa para que se seque, “porque trabajan entre el agua; todos los días la dejan y al otro día está seca, entra el viento del tiro uno y la seca”. Juan Ángel escuchaba al guía y apuntaba en su pequeña libreta.

Dejamos la primera exclusión de máquinas para ir a otra de las minas donde también instalaron equipo de bombeo. Caminamos sobre un puente del que cayó Alfredo hace años, por los huecos cabía una pierna, afortunadamente nada le pasó.

Interior de una de las minas que recorrimos. Una aventura completamente diferente.
Fotografía: Héctor Esparza

Dinamita para los risqueros

Llegamos al siguiente cuarto de máquinas. La escotilla estaba derribada y bajo ella el velador de las minas descubrió pólvora, mechas, bombillos y los fulminantes. “La meten los risqueros –personas que extraen minerales para venderlos a los coleccionistas- para explotar la mina. Quién sabe de dónde la traen y cómo se las ingenian para conseguirla…”. Los removió de este escondite para ocultarlos en otra parte.

En esta exclusión, donde se instalaron tres motores, se avistaba una nerviosa lucecita de una veladora dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. En esta parte no había agua, y se podía seguir los gruesos tubos de diez pulgadas que terminaban en una planicie agrietada, inconfundible huella lacustre.

Alfredo aún tenía energía para continuar con el recorrido por los túneles. Cuando terminamos de explorar la sección de las bombas acudimos a otro frente de la mina que aún aprovechan. Para llegar a él descendimos una cuesta sumamente pronunciada, aquí las fuerzas amainaron.

En esta área de trabajo estaban un cincel, una barra, un mazo y un zapapico que aún utilizan los mineros para extraer mineral. “Estamos como a unos 800 metros de la superficie” y aquí afloraba el agua. Todavía José Alfredo pretendía llevarnos a un tiro más, eran las seis de la tarde y las piernas se entorpecían; además el agua y el tiempo se agotaban.

Entonces vino la exclamación de Juan Ángel: "Ya no me responden las piernas, no me hacen caso, por más que les digo que se muevan no me hacen caso… ya hasta la cámara la guardé, ya no quiero más fotos… ¡Qué bárbaro, no puedo creer que hayamos estado tanto tiempo abajo! Nada más que salgamos me comunico a casa". Pero faltaba un par de horas más para dejar la mina.

-¡Vámonos despacito, está criminal! ¡No aguanto las patas!, y ya se me está acabando el agua –imploraba Monsiváis.

Con un andar penoso llegamos al bote con agua filtrada. Monsiváis, Alfredo y yo no dudamos en beber, Juan Ángel y Adrián se abstuvieron.

-¡Las chicharras!, benditas chicharras, ya empezaron a escucharse –expresó Juan Ángel al escuchar la sonaja de los insectos, a la salida de la mina.

A las 8:47 de la noche salimos. Aún faltaba bordear la sierra para llegar a la camioneta, el trayecto fue difícil, constantemente nos deteníamos para jalar aire y fuerzas, las que apenas alcanzaron para dejar Ojuela y sus minas a mitad de la noche.

“Esa noche no pude dormir, soñé con escaleras interminables” confesó Juan Ángel, quien, a pesar del cansancio, sigue fascinado con esta experiencia “extrema”.

Dinosaurios en Coahuila

En junio de 2002 apareció el primer ejemplar de Nomádica, la historia principal fue sobre el descubrimiento de un hadrosaurio en Sabinas, Coahuila. Aquí te compartimos parte de la crónica que podrás leer completa descargando el ejemplar, al final compartimos la liga

En el campamento las palabras emoción y euforia eran una constante: emoción al hallar las vértebras de un gigante de antaño; euforia al encontrar un hueso más y saber que poco faltaba para tener al dinosaurio más completo que se ha exhumado en Coahuila. Los niños, de vista aguzada, localizaban pedazos de fósiles apenas enterrados en este desierto que antes fue mar, el mar de la prehistoria radicalmente distinto a la faz actual del estado.

El cretácico no se ha ido de Coahuila. Cada día más restos de hace 70 millones de años son exhumados por paleontólogos quienes tratan de reconstruir el pasado, cuando las dunas eran playas y las mesetas arrecifes de coral; cuando el inmenso valle era regado por las aguas de ríos que formaban un delta al desembocar en lagunas salobres flanqueadas por palmas, coníferas y diversas plantas que protegían y daban de comer a la tortuga y al hadrosaurio, el mismo que después servía de alimento al tiranosaurio. Hoy quedan perpetradas sus huellas y nidos, restos de su piel primero momificada y después hecha piedra; también quedan estrellas de mar y peces, algunas algas y hojas impresas en la piedra caliza, las que se han recolectado para armar –como si fuera un rompecabezas- la juventud del antigüo Coahuila.

Por la noche la música de la armónica silencia las risas y los gritos de los niños que juegan después de la jornada de prospección en el desierto de Sabinas; cuando ésta calla los integrantes de la Asociación de Paleontólogos Aficionados de Sabinas, Coahuila, se reúnen en torno al fuego para platicar de sus proyectos: concluirán la muestra comunal montada en la plaza principal de Sabinas, construirán un museo en lo que fue el hotel de los ferrocarrileros, también reproducirán la figura de un gran dinosaurio, terminarán el diplomado sobre la materia impartido por René Hernández –paleontólogo de la UNAM quien los asesoró- pero sobre todo seguirán exhumando el hasta ahora más grande y completo dinosaurio hallado en el estado: el Sabinasaurio JP.

El más grande de los hadrosaurios

“El viernes 18 de mayo de 2001 Juan Pablo García, ingeniero civil de 44 años se encontraba supervisando las últimas descargas de escombros de construcción en un terreno localizado a unos tres kilómetros al sur de la ciudad. Cuando terminaron y los camiones se fueron, Juan Pablo, solo y con la vista al suelo, por su arraigada costumbres de buscar fósiles o pedernales, decidió caminar por los alrededores. Avanzó unos cientos de pasos hacia una ladera de suave inclinación (...) estaba a punto de regresarse, cuando percibió la diferencia en el paisaje –se cuenta en la revista oficial de la asociación-. En medio del claro aquel sobresalían unas rocas de apariencia extraña con bordes y aristas demasiado simétricos para ser simples piedras” lo que descubrió fueron “enormes y petrificadas vértebras dorsales de un animal antiquísimo”, después supieron era un hadrosaurio, el comunmente llamado “pico de pato”; un herbivoro abundante en Coahuila hace más de 70 millones de años, en el periodo cretácico de la era Mesozoica.

Los hadrosaurios fueron animales que vivieron en manadas a orillas de lagos y ríos, y regularmente comían algas dentro de los esteros del Coahuila prehistórico para eludir a su depredador, el famoso Tiranosaurio.

El orgullo de estos paleontólogos de Sabinas se finca en el hecho de que este ejemplar es de los más grandes hallados hasta ahora: llegará a medir por lo menos 16 metros desde la punta de la cola hasta el hocico; pesará alrededor de cuatro toneladas y medirá cinco metros de alto. No sólo eso, del animal se ha exhumado cerca del 75 por ciento de su osamenta y en lo que respecta al cráneo es el ejemplar del que más huesos se tienen, por lo que la importancia del hallazgo es significativa ya que con aquél se podrán determinar conductas del gigante de antaño llamado “pico de pato” precisamente por la forma de cabeza: semejante a la de un equino pero con el hocico terminado en un pico córneo, ancho y desdentado y que, en este caso, han bautizado como Sabinasaurio JP (por el lugar de origen del hallazgo sumadas las iniciales del descubridor).

“Fueron animales que no evolucionaron demasiado –asegura el paleontólogo René Hernández Rivera” pues entre los fósiles hallados y fechados hace 90 y 65 millones de años no hay demasiadas diferencias: la cadera es delgada pero suficientemente fuerte para sostener al animal de gruesas patas traseras y pequeñas manos, aunque fuertes para caminar como cuadrúpedo o levantarse sobre los cuartos posteriores.

El entorno, recrea el investigador de la UNAM, era tropical, abundaba el agua que provenía del norte a través de ríos entre los cuales poblaba una vegetación exhuberante proveedora de frutos. Los ríos desembocaban en lagunas saladas que eran protegidas por bosques, seguramente de coníferas; esto lo deducen a partir de otro hallazgo: un tronco petrificado de 17 metros de largo que al parecer es de una conífera.

Lo desenterraron a unos metros del Sabinasaurio JP; está completo y la raíz aún se encuentra ahí, en la sepa del gran tronco; además se han descubierto abundantes impresiones de hojas de árboles. En las minas de carbón –numerosas en esta región que sostiene su economía de la rama extractiva- entre las rocas pulverizadas por las explosiones, se aprecian las impresiones de las hojas.

Santiago José Aguirres Garza, integrante del grupo y estudiante de geología en la Universidad de Nuevo León, saca de su funda la navaja suiza para levantar lajas de las rocas calizas, separa rebanadas de piedra hasta llegar a la impresión oscura de una hoja con borde aserrado, se mira el dibujo nitidamente, se alcanza a fotografiar, también a dimensionar el descubrimiento: la mayoría de las piedras llevan tatuadas hojas diversas, abundantes, seguramente por ahí habrá frutos, más vestigios de aquel Coahuila, el que era mar, el de Tetis, el de la prehistoria.

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