Lo que revela un accidente de carromato sobre el bienestar animal

Por Editorial Voces Nómadas

Es un hecho menor en la nota roja del día. Pero si se le mira con calma, funciona como una especie de radiografía de algo más amplio, la relación que la Comarca Lagunera sostiene con los animales que trabajan a su lado, y que es, en el fondo, una relación extraña, incluso contradictoria.

Este miércoles 29 de julio, dos yeguas resultaron lesionadas en un accidente sobre el bulevar Independencia, en Torreón. El carromato que tiraban era conducido por un menor de edad, lo que ya constituye una infracción al Reglamento de Movilidad Urbana. Las autoridades trasladaron a los animales a la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro para su valoración médica y retiraron el vehículo con grúa. El comunicado oficial cierra con la frase de rigor sobre el compromiso municipal con el bienestar animal.

Es un hecho menor en la nota roja del día. Pero si se le mira con calma, funciona como una especie de radiografía de algo más amplio, la relación que la Comarca Lagunera sostiene con los animales que trabajan a su lado, y que es, en el fondo, una relación extraña, incluso contradictoria.

Por un lado, están quienes ven al animal como herramienta. Un caballo es tracción, un carromato es transporte de carga o de pasajeros, y lo que le pase al animal en el trayecto es incidental, un costo operativo más. Esa mirada no suele ser cruel de forma deliberada; simplemente no incorpora al animal como sujeto de nada. Es objeto de uso, y punto.

Por otro lado, está el sector, cada vez más visible en la región, que entiende al animal como ser sintiente. El concepto sintiencia significa que un organismo tiene la capacidad neurológica y fisiológica de experimentar sensaciones, entre ellas el dolor, el miedo o el estrés, y que esa experiencia le importa a él mismo, no solo a quien lo observa. Un caballo que resbala en el asfalto no solo se lastima una pata; según la evidencia disponible en etología (rama de la biología que estudia el comportamiento animal) y neurociencia animal, también experimenta angustia, y esa angustia es moralmente relevante, no un simple dato biomecánico. Reconocer sintiencia es reconocer que hay alguien ahí, no solo algo.

Y luego está la mayoría, que probablemente no se ubica en ninguno de los dos extremos. Es gente que ve pasar un carromato por la calle, quizás hace una mueca, quizás no, y sigue su camino. No es maldad ni es activismo, es indiferencia, la postura más común y la más difícil de nombrar porque no deja huella en ningún comunicado.

Aquí conviene resistir a la tentación de simplificar el problema como un asunto de buenos y malos. El oficio de carromatero, en buena parte de la Comarca, no es un capricho ni una crueldad gratuita, sino que es un modo de vida que se ha heredado por generaciones, ligado a familias enteras que no tienen, en muchos casos, otra fuente de ingreso a la mano. Decir esto no es justificar el maltrato ni el hecho de que un menor conduzca un vehículo de tracción animal por una avenida con tránsito. Es simplemente describir una realidad económica que no desaparece por decreto ni por indignación en redes sociales.

Algo de esa tensión, sin embargo, ya se está moviendo en Torreón. El Ayuntamiento puso en marcha un programa para sustituir los carromatos jalados por equinos con motocarros, un vehículo motorizado que permite a los carromateros conservar su fuente de trabajo sin depender de un animal. El esquema se negoció mediante un intercambio con la empresa PASA, de modo que el municipio no tuvo que invertir directamente en las unidades; cada motocarro tiene un valor comercial aproximado de 114 mil pesos, de los cuales el municipio absorbe 100 mil y el resto lo cubre el beneficiario en pagos accesibles. A cambio, reciben curso de manejo, licencia, casco y plaqueo gratuitos, además de alta en la tarjeta de salud para ellos y su familia.

La condición central del programa es que el carromatero entregue al equino que utiliza. Los animales retirados, más de cien entre caballos, burros y mulas, quedan en adopción con particulares, asociaciones o productores que demuestren tener espacio y condiciones adecuadas para su cuidado, y se les da seguimiento posterior. Del padrón municipal, que registra alrededor de 130 carromatos en operación, 115 propietarios ya aceptaron integrarse al esquema, una cifra que ronda el 88 por ciento de quienes fueron contactados con la propuesta. La Defensoría Animalista de La Laguna, que llevaba más de dos décadas insistiendo en el tema, calificó el acuerdo como un hecho histórico. El propio director de Servicios Públicos ha señalado que antes del programa se registraba un promedio de cinco accidentes mensuales relacionados con carromatos, lo que sitúa el caso de las yeguas del bulevar Independencia no como un hecho aislado, sino como parte de un patrón que la ciudad ya había identificado.

Queda por verse qué pasa con el otro grupo, el que todavía no acepta el cambio, y qué tan sostenible resulta el programa una vez que la novedad y la cobertura mediática se disipen. Porque si hoy hay más información disponible que nunca sobre sintiencia animal, si existen reglamentos, si hay universidades como la UAAAN capacitadas para atender a estos animales cuando algo sale mal, y si incluso hay ya un programa municipal para sustituir la tracción animal, la pregunta que queda abierta es por qué la práctica seguía siendo, hasta hace apenas unos meses, la norma y no la excepción. La respuesta no puede reducirse a "falta de educación", porque eso supondría que basta con saber para dejar de hacer, y la experiencia dice lo contrario. Detrás de cada carromato hay también una estructura económica que durante años no ofreció alternativas reales, y una comunidad para la que ese animal fue, al mismo tiempo, sustento y, cuando algo salía mal, motivo de alarma pública.

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