


Hablar de biodiverciudades se logra gracias al ambientalista Lorenzo J. de Rosenzweig Pasquel, quién planteó, en el encuentro RíoDiversa, que la prosperidad urbana del siglo XXI dependerá de recuperar el vínculo entre las ciudades, el agua y los ecosistemas que las sostienen.
Durante décadas, la conservación ambiental se concentró en territorios remotos: selvas, montañas y reservas naturales lejos de la vida cotidiana de las personas. Pero ese paradigma está cambiando.
Hoy, explica Lorenzo J. de Rosenzweig Pasquel, especialista en conservación ambiental y presidente de Terra Habitus A.C., las ciudades se han convertido en el actor más importante para proteger la naturaleza.

“Las soluciones las debe encontrar cada quien en el marco de sus propios retos”, señaló durante su participación en RíoDiversa. Con más de cuatro décadas dedicadas a la conservación, el ambientalista inició su reflexión con una idea simple:
“Tengo 72 años, y 43 de ellos los he dedicado a la conservación. Lo primero que quiero hacer es dar las gracias al planeta, a México y a las regiones donde he vivido, porque me han permitido disfrutar de nuestra casa en común”.
El mensaje central de su charla fue claro: la viabilidad de las ciudades depende directamente de los paisajes que las rodean.
El bienestar humano está sostenido por servicios ambientales que a menudo pasan desapercibidos: agua limpia, aire respirable, suelos fértiles y los beneficios psicológicos del contacto con la naturaleza.
Aunque la humanidad suele percibirse como cada vez más tecnológica, en realidad sigue dependiendo profundamente de los ecosistemas.
En 1997, el economista ecológico Robert Costanza intentó calcular el valor económico de estos servicios. Su estimación inicial fue sorprendente: alrededor de 140 trillones de dólares al año, una cifra que supera varias veces el Producto Interno Bruto global.
La conclusión de ese debate académico fue contundente:
los ecosistemas generan una riqueza inmensa que no aparece en los indicadores económicos tradicionales.
Sin embargo, actividades como la agricultura intensiva, la minería, el desarrollo de infraestructura y la deforestación continúan deteriorando esa capacidad natural de sostener la vida.
México es uno de los países con mayor diversidad biológica del planeta, pero la presión sobre los ecosistemas varía de región en región.
De acuerdo con Rosenzweig, estados como Veracruz y Tamaulipas han perdido gran parte de su integridad ecológica debido principalmente a la expansión ganadera y la deforestación.


En contraste, Coahuila mantiene todavía amplias zonas con alta integridad ambiental.
La diferencia es clave, porque —subraya el especialista— siempre será más barato conservar que restaurar.
Aprovechar esa integridad ecológica es la base de una propuesta ambiciosa: crear un corredor biocultural que conecte áreas naturales de Coahuila y Nuevo León con ecosistemas del sur de Estados Unidos.
El corredor podría extenderse hasta Big Bend National Park, en Texas, formando una región de conservación cercana a los seis millones de hectáreas.
Este corredor, conocido como “oso–jaguar”, integra biodiversidad, cultura y manejo del agua, además de vincular proyectos de restauración en el Río Nazas.
México enfrenta un creciente estrés hídrico. En ese contexto, Rosenzweig insiste en que el agua debe considerarse un bien a conservar, no solo un recurso a explotar.
Uno de los puntos críticos son los acuíferos, que representan las reservas de agua más importantes del país.
Ciudades como Monterrey o Saltillo dependen en gran medida del agua subterránea, que tiene mejor calidad y menor evaporación que el agua superficial.

Pero existe un problema estructural: en México, los acuíferos se delimitan con criterios administrativos, no geológicos.
En cambio, en Estados Unidos las delimitaciones se basan en el comportamiento físico del agua subterránea, lo que facilita su gestión.
Comprender estos flujos regionales podría cambiar la forma en que se entienden las ciudades del norte del país.
Incluso, plantea Rosenzweig, la viabilidad futura de Monterrey podría depender de acuíferos ubicados en Coahuila.
La relación entre las ciudades y los ríos es otro ejemplo de cómo el desarrollo urbano ha ignorado los procesos naturales.
Un caso emblemático es el del Río Santa Catarina en Monterrey.

“El problema es que la ciudad se le atravesó al río”, resume el ambientalista.
Hoy el río funciona más como un canal que como un ecosistema fluvial. Sin embargo, fenómenos naturales como los huracanes siguen siendo fundamentales para el abastecimiento de agua.
Eventos como el huracán Alex (2010) provocaron daños millonarios, pero también recordaron que sin esas tormentas muchas presas no se llenarían.
El desafío, entonces, no es eliminar estos fenómenos, sino aprender a convivir con ellos.
En Monterrey se discute un proyecto para recuperar el sistema ecológico del río Santa Catarina con intervenciones mínimas de infraestructura.
La idea es restaurar parte de las 111 mil hectáreas funcionales del sistema hidrológico, de las 178 mil hectáreas originales que existían antes del crecimiento urbano.
El enfoque busca revertir una paradoja urbana:
el agua cae en las montañas, atraviesa la ciudad destruyendo todo a su paso, se almacena en presas, se purifica y luego se bombea cientos de metros hacia arriba para volver a la ciudad.
La naturaleza lo haría distinto: retendría el agua en las cuencas altas para infiltrarla en el subsuelo.
El ambientalista invitó al público a imaginar cómo era la Laguna de Mayrán hace siglos.
Antes de la construcción de presas en el Río Nazas, la región era un humedal dinámico que atraía aves migratorias, reptiles y comunidades humanas adaptadas a los ciclos naturales del agua.
“Imaginen las parvadas de grullas y gansos sobrevolando la planicie”, propuso.
Visualizar ese pasado —incluso con herramientas de inteligencia artificial— puede ayudar a repensar el futuro de la región.

Las ciudades existen porque concentran servicios y oportunidades, pero su prosperidad depende de ecosistemas sanos.
Cada vez más estudios demuestran que los espacios verdes mejoran el sistema inmunológico, reducen el estrés y elevan la calidad de vida.
Por eso, invertir en biodiversidad y restauración del ciclo del agua no es un lujo ambiental, sino una estrategia de desarrollo.
Para lograrlo, advierte Rosenzweig, será necesario algo más que tecnología o financiamiento.
Será indispensable colaborar entre sectores que muchas veces no coinciden.
Una idea que recuerda al libro Collaborating with the Enemy, del especialista en negociación Adam Kahane: aprender a trabajar incluso con quienes piensan distinto.
Porque, al final, transformar una ciudad exige flexibilidad, cooperación y una nueva relación con la naturaleza que la sostiene.