La basura bajo el tapete, pronto aflora 

Por Héctor Esparza

La sorpresa que provocan estas imágenes debería convertirse en reflexión. Porque la basura que tiramos no se esfuma. Se queda, se acumula, y tarde o temprano regresa, ya sea en forma de inundaciones, colapsos sanitarios o recursos públicos desperdiciados.

Hector Esparza

Lo que vemos en estas imágenes no es una escena excepcional ni un hecho aislado. Es, más bien, un retrato incómodo de nuestra relación cotidiana con la basura. 

En medio de una calle en Torreón, trabajadores municipales levantan paladas de residuos que nunca debieron estar ahí: miles de taparroscas, fragmentos de plástico, envases, restos diminutos pero persistentes. Sorprende la cantidad extraída en una sola toma, es un volumen impactante. Y toda esta basura llegó ahí con una acción simple… nosotros las lanzamos a la calle. 

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Al observar con detenimiento, no se trata solo de basura, es el rastro físico de decisiones individuales repetidas miles de veces. Taparroscas arrojadas “porque son pequeñas”, envolturas empujadas por la lluvia, plásticos que alguien decidió tirar sin imaginar su destino final. En las fotografías, los residuos forman una montaña multicolor, compacta, pesada, que tuvo que ser retirada a mano y con maquinaria especializada para liberar una línea sanitaria completamente obstruida. 

En México, el plástico es uno de los principales enemigos silenciosos de la infraestructura urbana. De acuerdo con datos oficiales, más del 40 por ciento de los residuos sólidos urbanos contienen algún tipo de plástico, y una gran parte de ellos no se recicla. Estos materiales no se degradan, no se disuelven y no “desaparecen” sino que se desplazan por la ciudad y el campo. Terminan en calles, rejillas pluviales, ríos… y en el drenaje. 

El caso ocurrido en la colonia Las Torres, en Torreón, lo ilustra con nitidez. Miles de taparroscas, mezcladas con basura común, formaron un tapón que impidió el flujo normal de aguas residuales. El resultado no fue solo una obstrucción técnica, fue un riesgo sanitario, una amenaza de brotes de aguas negras y una afectación directa al servicio público que pagamos todos. 

Las imágenes muestran a cuadrillas trabajando alrededor de un camión, con botas dentro del agua estancada, levantando con palas lo que nunca debió entrar al sistema. Cada tapa retirada es tiempo, esfuerzo y dinero público destinado a corregir un problema evitable. 

Aquí está un punto clave en las fallas del drenaje, el que, además de viejo, y por la falta de mantenimiento, se suma la basura que lo tapa. Falla también por el uso que le damos. Cuando arrojamos basura en la calle, cuando levantamos una tapa de alcantarilla para “deshacernos rápido” de un residuo, estamos trasladando el problema, no resolviéndolo. 

La sorpresa que provocan estas imágenes debería convertirse en reflexión. Porque la basura que tiramos no se esfuma. Se queda, se acumula, y tarde o temprano regresa, ya sea en forma de inundaciones, colapsos sanitarios o recursos públicos desperdiciados. 

Cuidar la infraestructura urbana no es solo tarea de los organismos operadores. Empieza en lo más básico que es lo que decidimos hacer con una taparrosca, con una bolsa, con un pedazo de plástico que creemos insignificante. No lo es. Debajo de nuestros pies, todo cuenta. 

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