


La basura marina se ha convertido en una de las amenazas ambientales más visibles y urgentes de nuestro tiempo, no solo por su presencia en playas y océanos, sino por la magnitud que ha alcanzado en los últimos años. Según una publicación de la Secretaría de Medio Ambiente de la Ciudad de México, en la cual se menciona la basura marina, el país se generan diariamente alrededor de 15 mil toneladas de residuos plásticos, de los cuales se estima que cerca del 80 por ciento termina en ríos, costas y mares. Esto equivale a que, cada hora, más de cien camiones cargados de desechos lleguen directamente a los océanos.
A escala global, el panorama no es menos alarmante: se calcula que alrededor de ocho millones de toneladas de plástico contaminan los mares cada año. Bolsas, botellas, popotes, colillas de cigarro, unicel, fibras sintéticas, prendas de vestir, juguetes y equipos de pesca forman parte del flujo constante de basura marina que se acumula en los ecosistemas oceánicos. Este fenómeno no reconoce fronteras y ha sido documentado tanto en zonas costeras densamente pobladas como en regiones remotas del planeta.

Uno de los componentes más persistentes de la basura marina son los plásticos. Según un texto del Gobierno de México, en el 2018, se calculaba que en los océanos flotan más de cinco millones de partículas de plástico, con un peso conjunto que supera las 268 mil toneladas. A esto se suma el problema de los microplásticos, pequeñas partículas que resultan de la fragmentación de objetos más grandes o que son fabricadas directamente para usos industriales y cosméticos.
Estas diminutas partículas pueden ingresar fácilmente en la cadena alimentaria cuando son ingeridas por peces y otros organismos marinos. Al ser indigeribles, se acumulan en los tejidos y pueden trasladarse de una especie a otra, llegando eventualmente al consumo humano. Además, una sola acción cotidiana, como una ducha, puede liberar miles de estas partículas hacia los sistemas de drenaje que desembocan en el mar, incrementando la presencia de basura marina en zonas remotas y altamente productivas.

La presencia masiva de basura marina no solo afecta a la biodiversidad, sino también a actividades económicas clave. Especies marinas quedan atrapadas en redes, cuerdas o contenedores abandonados, lo que provoca lesiones, asfixia o la muerte. Al mismo tiempo, la navegación enfrenta riesgos constantes cuando los residuos se enredan en hélices y timones, poniendo en peligro a las tripulaciones y generando altos costos de reparación.
Este problema evidencia que la contaminación de los océanos no es únicamente un asunto ambiental, sino también social y económico. La acumulación constante de basura marina refleja patrones de producción y consumo insostenibles, así como una gestión deficiente de residuos tanto en tierra como en mar.
Te podría interesar: ¿Por qué son tan importantes las áreas naturales protegidas? El caso de Jimulco como ejemplo vivo

Frente a este panorama, los esfuerzos internacionales comienzan a tomar mayor relevancia. El pasado 12 de diciembre de 2025, México, Estados Unidos y Canadá celebraron la cuarta reunión del Comité de Medio Ambiente del T-MEC, donde uno de los temas centrales fue la reducción de la basura marina. Durante el encuentro, los tres países compartieron avances en la aplicación de sus leyes ambientales y en iniciativas orientadas a proteger ecosistemas y combatir delitos ambientales.
La cooperación regional se perfila como una herramienta clave para enfrentar un problema que no reconoce fronteras. A través del intercambio técnico, la participación de la academia, organizaciones civiles y sectores productivos, así como el fortalecimiento del Capítulo Ambiental del tratado, se busca construir una agenda común basada en el desarrollo sostenible y la transparencia. En este contexto, atender la basura marina no solo implica limpiar costas, sino transformar políticas, prácticas y responsabilidades compartidas de cara a la revisión integral del T-MEC prevista para 2026.