


Cada 20 de mayo se conmemora el Día Mundial de las Abejas. Y aunque en los discursos oficiales abunda la celebración, en el campo mexicano la realidad es alarmante: las abejas están muriendo. Millones desaparecen cada año, víctimas silenciosas de una guerra desatada por el modelo agrícola actual, el uso intensivo de agroquímicos y la imparable pérdida de vegetación nativa.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más grave. México, uno de los países con mayor biodiversidad de abejas en el planeta —con cerca de 2,200 especies registradas—, está viendo cómo sus colmenas se debilitan, sus especies silvestres se extinguen y su producción de miel pierde terreno frente a las crisis ecológicas provocadas por el ser humano.
Entre las principales amenazas está el uso masivo de pesticidas y herbicidas. Productos como el glifosato, la clotianidina o el imidacloprid —de la familia de los neonicotinoides— afectan directamente al sistema nervioso de las abejas. Aun en dosis pequeñas, estos químicos desorientan, debilitan y alteran el comportamiento de las abejas obreras, que no logran regresar a sus colmenas. Otras simplemente mueren al contacto.
Aunque diversos estudios internacionales han confirmado los efectos nocivos de estos agroquímicos, su uso sigue siendo común en grandes extensiones agrícolas mexicanas, particularmente en monocultivos como la soya, el sorgo y el maíz industrial. Para las abejas, estos territorios son trampas mortales disfrazadas de campo fértil.
A esta amenaza química se suma otra igual de destructiva: la pérdida de hábitats naturales. Cada hectárea de selva, bosque o matorral que se transforma en cultivo intensivo, parque industrial o urbanización, representa la eliminación de miles de plantas con flores —la base del alimento para las abejas silvestres.
Muchas especies de abejas mexicanas no viven en colmenas: anidan en el suelo, en troncos secos o en cavidades naturales. La fragmentación del territorio las deja sin refugio, y la falta de diversidad vegetal reduce su dieta a niveles críticos. Es una desaparición lenta, silenciosa, pero devastadora.
El 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen, en alguna medida, de la polinización. Más del 35% de las tierras agrícolas mundiales necesitan polinizadores naturales para ser productivas. Y casi el 90% de las plantas con flores —silvestres o cultivadas— requieren este proceso para reproducirse.
Sin abejas, no hay frutas. Sin mariposas, no hay semillas. Sin colibríes, no hay flores. Lo que está en juego no es solo la miel en nuestras mesas: es la estabilidad ecológica de los ecosistemas, la diversidad de los alimentos y el equilibrio de la cadena alimentaria. Las abejas, mariposas, murciélagos y otros polinizadores son los pilares ocultos de la vida tal como la conocemos.
México produce más de 60 mil toneladas de miel al año y se ubica entre los primeros cinco exportadores mundiales. Pero esta potencia está en riesgo. En estados como Campeche, Yucatán, Jalisco y Chiapas, apicultores han reportado muertes masivas de colmenas por fumigaciones aéreas y siembras de cultivos transgénicos.
Los programas de fomento agropecuario rara vez incluyen la perspectiva de los polinizadores. Las políticas ambientales son débiles y las sanciones a quienes contaminan el entorno de abejas casi inexistentes.
No todo está perdido. Existen prácticas agrícolas que pueden revertir la tendencia:
Además, es clave fortalecer la educación ambiental y exigir políticas públicas que regulen los pesticidas, incentiven la apicultura sustentable y reconozcan el valor ecológico de las abejas.
Mito 1: Todas las abejas producen miel.
Realidad: Solo una pequeña parte de las especies de abejas, principalmente la Apis mellifera, produce miel. La mayoría de las abejas son silvestres y no almacenan miel.
Mito 2: Las abejas siempre pican.
Realidad: Las abejas pican únicamente como mecanismo de defensa. Muchas especies son dóciles y prefieren huir antes que atacar.
Mito 3: Si desaparecen las abejas, solo dejaríamos de comer miel.
Realidad: Su desaparición afectaría gravemente la disponibilidad de frutas, verduras, nueces y semillas, amenazando la seguridad alimentaria global.
Mito 4: Los pesticidas modernos no afectan a las abejas.
Realidad: Numerosos estudios han demostrado que incluso dosis bajas de ciertos pesticidas pueden desorientar, debilitar o matar a las abejas.
Mito 5: Las abejas no tienen un papel ambiental relevante.
Realidad: Son claves para la reproducción de la mayoría de las plantas y esenciales en la cadena trófica de los ecosistemas.
Proteger a las abejas es proteger la vida. Su papel como polinizadoras las convierte en un eslabón vital entre la naturaleza y la producción de alimentos. En este Día Mundial de las Abejas, el llamado es claro: repensar nuestras prácticas, restaurar sus hábitats y reconocer que sin polinizadores, no hay futuro sostenible.