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La llegada a la India tras meses en el continente africano fue un torbellino de emociones. La nostalgia por dejar atrás a África y el recelo a amar una nueva parte del mundo, nos impedían disfrutar al completo de nuestro nuevo destino. Estábamos tan adaptados al continente y la transición fue tan abrupta, que no nos dejó tiempo a asimilarlo fácilmente. La India hay que tomarla con calma para que su intensidad no enmascare la diversidad que albergan sus tierras, solo así uno podrá sentirse parte de ella.

En Mumbai descubrimos la India de Bollywood y la de edificios coloniales más propios de Cambridge que de Asia. En Mumbai supimos que los estereotipos indios que nos venden en las películas no estaban tan alejados de la realidad. Las multitudes, los cláxones, ruidos de motor, trenes atestados de gente, niños correteando con cometas caseras y el olor a comida callejera que inunda la ciudad nos hacían sentir como actores de reparto de una función en la que parece que en algún momento va a sonar la claqueta anunciando el corte.

Si la India es un conglomerado de culturas y costumbres, definitivamente Goa no era la India que habíamos leído en los libros. Un paraíso venido a menos fruto de un turismo masivo y sin escrúpulos que traslada al viajero a una de esas ciudades de la costa mediterránea cuya identidad se ha vendido en favor del ladrillo.

En nuestro anhelo por encontrar una de esas indias en las que nos sintiésemos más parte de ella, giramos el rumbo del timón en dirección a Anantapur, en mitad de la India más rural. Esa India en la que un ángel llamado Vicente Ferrer depositó todo su esfuerzo y bondad para convertirla en un oasis de esperanza y dignidad. Ahí vimos que los sueños hay que perseguirlos, que hay que mirar al pobre cara a cara, tenderle la mano y luchar por conseguir que ellos también tengan el derecho a tener sus propios sueños. Los días en la Fundación fueron una lección sobre la India y sus múltiples realidades. La Fundación es ejemplo de cómo se pueden cambiar las cosas cuando uno cree en ellas y dedica su vida a ello.

Siguiendo camino hacia el sur, a la región de Kerala, otro pequeño paraíso en el que las plantaciones de té, los canales de agua y un mediático Ashram confieren a la zona un aire de progreso, tapando esa India rural cuyos niveles de bienestar se encuentran muy por debajo de lo que muestran sus postales.

De nuevo, un gran giro en busca de esas indias que tanto habíamos leído o escuchado. Subirnos a un tren durante 50 horas y despertarnos en Kolkata (Calcuta) para sumergirnos en la India más social. Esa India que todavía se recupera de las heridas de la lepra y la desigualdad. La Kolkata de la Madre Teresa quien, a pesar de la controversia en torno a sus métodos, consiguió mostrar al mundo las miserias de una ciudad confinada al olvido.

Participar en los proyectos de la Madre Teresa es zambullirse de pleno en la India de los más necesitados, la más difícil de mirar a los ojos, la que te sacude con fuerza desde dentro y a la vez te vacía por completo. Una India en la que uno ya no se siente espectador, sino parte activa de un drama que es imposible tapar ni disimular. Kolkata nos ha mostrado la cara más dura de la India y a la vez nos ha cautivado. Ha conseguido ensanchar nuestro corazón para conceder a la India el espacio que se merece.

En Kolkata tuvimos la oportunidad de participar en dos proyectos de la misión de la Madre Teresa, en Daya Dan, dando soporte al programa de niños y niñas con diversidad funcional, y en el hospicio para moribundos de Khaligat. En Daya Dan es donde la vida se va forjando, repleta de dificultades pero con un optimismo apabullante. Vimos como los niños y niñas luchan a diario por disfrutar de una vida digna. Fuimos testigos de cómo sus sonrisas y miradas de ternura son tan sinceras que a uno le rompen el alma tratando de entender de dónde sacan toda esa fuerza. Una ternura que es reflejo del cariño con las que les tratan sus cuidadoras. Una lección de cómo el espíritu de superación y el optimismo son capaces de derribar barreras que a simple vista parecen inquebrantables.

En Kahligat uno es testigo de la lucha en el otro extremo de la vida, la que se apaga lentamente, la que tiene cicatrices de haber sufrido y arrugas por haber vivido. En un lugar tan difícil como Khaligat, en el que uno puede casi mirar cara a cara a la muerte, también hay lugar para la alegría y la esperanza. Incluso ante tantas adversidades, las sonrisas y carcajadas se dejan ver cada tarde entre sorbos de té. Allí hemos crecido de repente. Hemos aprendido a mirar con respeto, dignidad y cariño al que sufre. Al que no ha tenido una vida fácil, al que empezó esta carrera que es la vida desde demasiado atrás y al que, pese a haber empezado más adelante, le han puesto demasiadas zancadillas.

Gracias Kolkata por enseñarnos tanto y por mostrarnos la cara más difícil de este continente indio que ya forma parte de nosotros.

9 comentarios
  1. Rosa
    Rosa Dice:

    Me encantaría saber un poco más cómo habeis vivido a nivel espiritual vuestra dedicación a los que más sufren. Vuestra percepción de la vida, del sufrimiento. Ese crecer de repente en qué consiste. El impacto en vuestra escala de valores. ¿Os habrá cambiado la vida pata siempre, o lo iréis asimilando poco a poco en vuestro día cotidiano?
    ¿Recomendáis la experiencia?
    No hace falta que os repita cuánto os admiro.

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  2. Miren
    Miren Dice:

    Chapeau bikote. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero en este caso cada palabra mil imágenes. Muxu handi bana.

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