Plantaciones de algas marinas
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En el archipiélago de Zanzíbar se respira la diversidad que ha reinado en la isla durante cientos de años. Portugueses, alemanes, árabes, indios, británicos, y por descontado los propios africanos poblaron la isla durante años. A día de hoy las reminiscencias de todo ello premian a Zanzíbar con una confluencia de cultura, gastronomía, rasgos, facciones y tradiciones únicas. Estas son dos breves historias de la convivencia en la Zanzíbar contemporánea que hemos podido observar durante nuestro tiempo en la isla.

Kitesurf y algas marinas

Recuerdo nuestro primer día en Paje, localidad del sureste de la isla. Marea en bajamar y la mirada clavada en el resplandeciente mar cristalino, vi como varias cabezas se asomaban tímidamente en la lejanía. Personas sentadas en la arena cubiertas levemente por el agua yacían allí. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían?

Aquellas siluetas pertenecían a las mujeres que trabajan en las plantaciones de algas marinas. A pesar de que al verlas trabajar pensé que podría tratarse de una tradición centenaria, no lo es, y es que hace tan solo 30 años que se introdujo la plantación del alga marina en la isla, proveniente de Filipinas.

Mujer caminando hacia algas marinas en Zanzibar
Una mujer camina hacia las plantaciones de algas marinas en Paje, Zanzíbar

Las plantaciones se encuentran cerca de la costa y de las algas se consiguen productos como bases para agentes estabilizadores, pasta de dientes, perfumes, champús, cremas corporales, bebidas y medicinas.  

Si una se acerca identificará rápidamente la logística. Las plantaciones son pequeñas cuadrículas delimitadas por palos de madera, uno delante de otro, formando un cuadrado perfecto sobre las aguas templadas poco profundas. Unas cuerdas se atan entre los palos y las algas se ensartan en la cuerda. Tras varias semanas las algas habrán crecido lo suficiente y estarán listas para ser cosechadas.

Eran las 9 de la mañana, la luna llena de la pasada madrugada indicaba que durante esos días habría mareas vivas. Es en esos días del mes cuando el nivel del mar en bajamar es más propicio para recolectar las cosechas. Las mujeres con sacos vacíos a sus espaldas y palos de madera perfectamente colocados sobre sus cabezas caminan de la mano de sus pequeños sobre la arena húmeda hacia las plantaciones. Trabajan durante las horas que dure la marea baja mientras los niños juegan al sol sin separarse de sus madres. Tras varias horas de trabajo, sus largos vestidos empapados y pesados se arrastran por el agua, cargando a sus espaldas con la cosecha de algas. Nasra, una joven zanzibarí de 24 años, se dirige a la orilla para descargar la mercancía y, mientras se recoloca el pesado saco sobre sus hombros, me cuenta que aprovecha su día libre en el hotel en el que trabaja para echar una mano a su madre.

Paje mujeres playa algas marinas
Compañeras de Nasra caminan hacia la orilla con las algas recién recogidas

El trabajo en las plantaciones ha supuesto para las mujeres una vía para lograr la independencia económica y mantener a sus familias sin la necesidad de la entrada de dinero de sus maridos. La otra cara de la moneda es justamente el escaso salario que obtienen por gramo del alga vendida, las duras condiciones de trabajo, los daños en la vista provocados por largas jornadas al sol y las irritaciones de la piel causadas por la arena y la sal.

Mujer trabajando en plantación de algas en Zanzibar
Una mujer trabaja en las plantaciones de algas marinas en Paje, Zanzíbar

El cambio climático también se hace presente en el negocio. La subida de temperatura del océano supone la muerte de las algas marinas y, en consecuencia, el descenso en su producción y calidad. Una solución es trasladar las plantaciones a aguas más profundas donde la temperatura es más baja y propicia para su crecimiento. El problema radica en que las mujeres carecen de infraestructura para navegar hasta alta mar y, además, tampoco saben nadar.

El sector turístico de Paje vive de cara a la interminable playa de arena blanca y de espaldas al pueblo donde vive la comunidad local. Es ahí, donde las mujeres llevan los sacos repletos de algas frescas y las secarán al sol durante días, antes de poder venderlas al proveedor local para posteriormente exportarlas a países como China, Corea, Vietnam, Dinamarca, España, Francia y Estados Unidos.

Paje algas marinas secas
Las algas se secan al sol durante días antes de poder procesarlas o venderlas

Las plantaciones y el recientemente introducido deporte de moda en la zona, el kitesurf, comparten territorio marino. La localidad de Paje hace pocos años que se convirtió en destino obligatorio para los amantes o principiantes del kitesurf. Las condiciones son perfectas y rápidamente la primera línea de playa ha sido irrumpida por escuelas de kitesurf, en su mayoría de propietarios europeos, que invitan a sus alumnos a disfrutar del denominado paraíso por unos días. 

El agua templada apaga las algas, mientras que esa agua templada aviva a la masa de kitesurfers que podrán navegar durante horas sin notar un ápice de frio. Ellas necesitan extensiones para cultivar su producto agrícola, y el kitesurfer necesita metros de mar para ondear su cometa.

Kites en la playa de Paje
Numerosos kites sobrevuelan la playa de Paje cada día

Sheby, kitesurfer e instructor nacido en la capital de la isla, nos cuenta cómo hace tres años cayó sobre los palos de madera de las plantaciones mientras entrenaba saltos de vértigo con su kite.

La caída me dejó postrado sin poder caminar durante meses. Desde ese día, los saltos y piruetas se acabaron para mí. Ahora me dedico a los alumnos principiantes y dejo las clases avanzadas para mis compañeros de Kishada Kite School.

Kitersurf Zanzibar en Paje
Una alumna se inicia en el kitesurf en Paje, Zanzíbar

Unos han irrumpido con fuerza en la isla a base de capital extranjero, y ellas luchan por conseguir una estabilidad económica gracias a las plantaciones. Preservar la convivencia entre ambas partes y dirigir las inversiones necesarias al sector de las plantaciones es primordial para las familias locales. De la misma forma que impulsar el turismo es una tarea activa, fomentar las plantaciones de algas en alta mar debe serlo también facilitando el aprendizaje necesario a las mujeres, y consiguiendo así una producción que sea más amigable con el medioambiente y de más alto valor.

Suajilis y maasais

La coexistencia también se hace patente a nivel étnico. En Tanzania conviven más de cien grupos étnicos y la influencia árabe en las islas de Zanzíbar es evidente, donde el 99% de la población es musulmana. La denominada costa Suajili que yace entre las regiones costeras e islas de Kenia, Tanzania y norte de Mozambique, alberga a suajilis y sirazíes, entre otras etnias.

Recuerdo mi asombro el primer día que paseando por Paje encontré grupos de maasais caminando por la playa. Una etnia cuyo hábitat es diametralmente opuesto a la costa Zanzibariana. Los maasais son originarios del sur de Kenia y norte de Tanzania. Procedentes en su mayoría de las reservas del Maasai Mara, Serengeti y Kilimanjaro. Son tradicionalmente pastores, visten con sus características telas de vivos colores anudadas sobre los hombros, y lucen complementos de cuentas de colores. Lamentablemente, también son una de las comunidades donde aún se practica la MGF (mutilación genital femenina), destrozando las vidas de muchas jóvenes maasais.

En Zanzíbar, suajilis y maasais compiten por obtener su trozo del pastel en lo que a turismo se refiere.

En temporada alta es muy común ver a los maasais en la playa cargando a hombros una bolsa de rafia de cuadros roja y azul, donde transportan su tienda ambulante de adornos maasais para vender a los turistas. Los chicos jóvenes (no hay prácticamente mujeres maasai en Zanzíbar, y las únicas que hay es porque vienen a acompañar a sus maridos) dejan sus poblados y su ganado y viajan al archipiélago de Zanzíbar. Durante el día, pasean por la playa bajo el sol abrasador saludando simpáticamente a cada turista que camine cerca de ellos. Cuando cae el sol, es fácil encontrarlos en los bares y no se pierden ni una sola de las fiestas nocturnas que se suceden noche tras noche.

Maasai en la playa de Zanzibar
Frank, Thomas y Lengai sonríen a la cámara mientras venden sus artesanías en la playa

La comunidad local, los suajilis, regentan pequeños y medianos negocios, trabajan en los hoteles y plantaciones de algas, son instructores de kitesurf o simplemente improvisan su día a día alrededor de un café en pequeñas tacitas de porcelana como parte de una costumbre centenaria con la que despiertan los árabes.

Conocemos a Baraka, un joven guerrero maasai, el mismo día que aterriza en Paje desde Mto Wa Mbu, en la región de Arusha. Esa noche tenemos ante nuestros ojos a un joven inocente y desorientado recién llegado a la ciudad. Pero tras varios días, ya se desenvuelve con soltura por Paje y casi a diario coincidimos con él, a pesar de que es complicado seguir su ritmo nocturno y lo solemos despedir cerveza o Konyagi (alcohol barato de alta graduación) en mano antes de que parta en dirección al local de fiesta. Muchos de ellos han aprendido inglés y suajili durante sus estancias en Zanzíbar. Tanto Baraka como Christopher, Daniel y Thomas nos hablan sobre sus hogares y su ganado.

Mi abuela es rica, tiene 300 vacas, mi padre tiene 100 y yo de momento solo tengo 4. Con el dinero que gane esta temporada en Paje, volveré a casa y compraré más ganado. Necesito 20 vacas para casarme, así que hasta que no las consiga no dejaré de venir a trabajar.

Gerard, suajili nacido en Paje, es nuestro fiel compañero de cafés. Cada mediodía tenemos nuestra cita obligatoria en el “Original Teddy’s shop”, junto a la carretera principal de Paje. Cuatro paredes, un techo de chapa, una tienda de ultramarinos, varias frutas y verduras expuestas, gallinas, gallos y pollos que corretean a la vez que engullen cada migaja que cae al suelo, una mesa con dos termos de café y un destartalado tablón de madera en el que reposar el cuerpo componen el atrezzo del lugar. Tras varios días por allí, nos pregunta qué pensamos sobre los maasais.

¿Qué pensáis vosotros de los maasais? Yo os digo que estos maasais no son maasais verdaderos. Un maasai nunca cruzaría un océano, nunca comería pescado, nunca jugaría a futbol, nunca vivirían lejos de sus vacas y nunca vestiría ropas occidentales (de vez en cuando los maasais aquí dejan sus atuendos tradicionales y se ataviarán en ropas corrientes).

No nos extraña en absoluto ni su pregunta ni su respuesta. No es la primera vez que un suajili nos sorprende con este discurso y no puedo disimular mi risa entre dientes. Su postura y rabia radica en que sus compatriotas vienen a sus tierras y usan su arma estética como atractivo para hacerse con los turistas y sobretodo, con las turistas. A pesar de entender su postura me es inevitable entrar al trapo, y con mucho respeto, dudar sobre dicha afirmación y plantear qué es lo que hace te hace más o menos maasai. Entre tanto, Gerard continúa.

Como os decía, no tengo nada en contra de los maasais, pero repito no son verdaderos.

Teddy, el dueño de la tienda donde tomamos café, descansa en su silla vestido con su galabiya (túnica blanca utilizada entre los musulmanes), kufi (gorro musulmán bordado) y la mano atestada de voluminosos anillos de plata mientras expulsa el humo del cigarro. Es un señor de mediana edad que además de la tienda, regenta el Original Teddy’s Place, un hostel cerca de la playa. Su hijo Gerard nos explica, que hace un tiempo un grupo de jóvenes maasais que hacen temporada en Paje se acercaron a la tienda preguntando si podrían ver el futbol allí. Si por algo se caracterizan los africanos es por tener la capacidad de salir de sus casas de buena mañana sin un trabajo al que acudir e improvisar sobre la marcha para poder generar las ganancias del día. Y así fue también aquella vez, después de aquella conversación Gerard compró un televisor y un decodificador y acordó con los maasais que, por cada partido, cada maasai pagaría 500TZS. ¡Negocio zanjado!

Era día de partido, al lugar no paraban de llegar maasais a cuentagotas hasta que, al cabo de un tiempo, allí no cabía un alfiler. Todos habían pagado su aportación y esperaban ansiosos el inicio del partido.

Maasai en Zanzibar
Un grupo de maasais que hace temporada en Paje, miran atentos el partido de fútbol

Observaba cómo miraban el partido sin perder atención sobre lo que sucedía en el terreno de juego. La tarde avanza y el partido de futbol está punto de acabar con una clara victoria para el equipo de los maasais, equipo que curiosamente apoyan por la simple y llana razón de que el equipo se llame “Simba”, león en suajili, y éste sea su animal favorito de la sabana.

Mientras tanto, nosotros continuamos inmiscuidos en la eterna discusión. Es indudable la poderosa herramienta de venta que suponen la simpatía y los cuerpos esbeltos de los maasais, ataviados en ropas llamativas que dejan al descubierto parte de sus torsos. Pero, ¿quién está en su derecho de afirmar sobre si una tercera persona es verdaderamente perteneciente a su etnia o no? ¿Acaso todas las etnias mantenemos las tradiciones centenarias que practicaban nuestros antepasados? ¿Usar tu identidad como arma de atracción turística te hace menos maasai? Adueñados por la globalización, igual que los teléfonos móviles ya llegaron a los poblados más remotos, el marketing para la venta al turista también llegó al Kilimanjaro.

22 comentarios
  1. Casero
    Casero Dice:

    Cuando escribís posts tan molones, lo que pasa es que no haces el comentario al momento, porque esperas para tener un momento mejor, y después se pasa el tiempo y acabas no haciéndolo. Así que bajad el nivel!

    Lo digo de broma. Leí con fruición al minuto de que me llegó el email el post de Ciclismo Africano, pero nunca respondí. Lo hago ahora: me pareció espectacular, especialmente el «juicio» al que os sometieron. Sois lo que se diría unos pioneros, de veras, me quito el sombrero.

    Y sobre el post de hoy, sobre la vida en Zanzibar, me da la sensación que en ese lugar es fácil atraparse.

    Necesitamos más dosis de esta droga, amigos.

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    • Henard
      Henard Dice:

      Creo que con tu comentario me ha pasado lo mismo que te pasa a ti con los posts; Lo leo, me alegro, sonrío, y espero al momento para responder. Esta vez parece que el momento ha tardado 13 días en llegar! Gracias por leernos, con lectores así da gusto escribir!

      Seguimos preparando contenido en el laboratorio!

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      • Esteban
        Esteban Dice:

        Hola Dani, soy el padre de Simón y Blanca.
        No conozco Africa, gracias por compartir esta experiencia , tienes seguro material para realizar un libro.
        Un fuerte abrazo y cuidaros.
        Esteban.

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  2. Rosa
    Rosa Dice:

    Como siempre, muy interesante post.
    Sobre el agua caliente en el mar, es un caldo de cultivo ideal para otitis.
    Qué monos, son del equipo del león, como los niños.
    No sabía eso de que los masai son especialmente guapos.
    Muy duro lo de las algas, pero ahora mismo, de camino al trabajo, te aseguro que me cambiaría por ellas.

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  3. Miren
    Miren Dice:

    Post honekin irlaren bi errealitate, bi bizimodu, erakutsi dizkiguzue, Elkarren osagarri izan beharko luketenak hain zuzen; baina, zoritxarrez, elkarri enbarazu egiteko arriskua dago.
    Zorionak oraingoan ere zuen bizipenak eta erreflexioak hain xamur eta gozo kontatzeagatik.

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  4. Dídac
    Dídac Dice:

    Increïble post per descriure un paradís ple de contradiccions. Espai que atrapa per la seva barreja explosiva d’experiències i si te’n descuides t’acabes sentint com a casa.

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  5. Antonia
    Antonia Dice:

    Me encanta leer vuestros posts!!!! Están tan llenos de vida, de anécdotas, de humor y siempre son interesantes de principio a fin, que no me canso de releerlos una y otra vez. Seguid escribiendo estos relatos que tanto me hacen disfrutar y conocer la realidad de los lugares y las gentes con las que os cruzáis en vuestro viaje. Cuidaos. Os quiero

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