Mujer en Zambia entre niebla
Tiempo de lectura: 13 minutos

Viajar por África en transporte público es un placer para los amantes de los viajes improvisados. Es inútil planear con demasiada precisión la hora a la que llegarás a tu destino, pero lo que es seguro es que, pase lo que pase, acabarás llegando. Ya sea con una chapa, matatu, combi, service, boda-boda, dala-dala, taxi-moto, tuk-tuk o como quiera que se llame comúnmente el vehículo en el país en el que te encuentres.

El transporte más popular en áfrica son las furgonetas. Cada país tiene su versión, más o menos sofisticada, con mayor o menor espacio en su interior, pero generalmente compuesta por 4 filas de pasajeros y 4 personas por fila. Teóricamente, la capacidad de esas furgonetas sería de 20 personas a razón de 2 personas delante, 16 personas detrás, conductor y cobrador.

La figura del cobrador es tan imprescindible como la del conductor, es el encargado de gestionar las subidas y bajadas de pasajeros, cobrar y repartir cambios, y es quien decide cual es el límite de capacidad de su vehículo. Esa capacidad va a depender siempre de la demanda, y la demanda en general es muy alta. Así pues, lo más habitual es ver furgonetas con entre 25 y 30 personas. Cabe decir que los niños no ocupan un espacio, viajan sobre sus madres o atados a la espalda. Si la madre tiene más niños de los que puede cargar, el resto de sus niños acabará viajando sobre el desconocido que se siente a su lado.

En algunas regiones de África, generalmente en las que tienen un terreno más amigable, otro medio de transporte popular es la bicicleta. Supone un eje fundamental en el transporte de mercancías y en los desplazamientos a los pueblos colindantes, y así como un sustancial ahorro en el tiempo dedicado a estas tareas. Las bicicletas son simples y robustas, sin cambios de marchas, con frenos que generalmente están completamente desgastados o directamente no existen. Se podría decir que lo más esencial de una bicicleta africana es su portabultos. En él se puede cargar literalmente cualquier cosa. El portabultos africano no conoce los límites ni de peso ni de volumen. No es raro ver bicicletas cargando sacos de más de 50kg de carbón, fardos de paja de 2 metros de altura o incluso algún cerdo, una cabra o unos cuantos pollos vivos.

Tras varias semanas desplazándonos por África del este en vehículos motorizados, decidimos explorar el desconocido mundo de la bicicleta africana. Aquí va la historia de cómo nos adentramos en una de las zonas más rurales de Mozambique sobre nuestras compañeras de dos ruedas.

Bicicletas entre las plantaciones de té en el norte de la provincia de Zambezia, Mozambique

Compra y puesta a punto

Nos encontramos en Gurúè, en el norte de Mozambique. El agua y las tierras fértiles se abren paso en cualquier rincón del distrito. La estampa es imponente, con valles de un verde intenso y una cordillera de fondo que proporciona toda la humedad y nutrientes necesarios para mantener la vida en los valles.

La vida en Gurúè gira alrededor del té y de dos ejes. Y es que, en la zona, el medio de transporte más utilizado es la bicicleta. Éstas están presentes tanto dentro del pueblo como en los caminos y plantaciones. Tras varios días en la zona es imposible no contagiarse de las ganas de pedalear.

Comprar una bicicleta en África puede ser tan sencillo o complicado como uno desee. En Gurúè sólo se pueden comprar dos modelos de bicicleta, la “Hero Roadsters” o la “Hero Neon” y sus precios son prácticamente los mismos en todas las tiendas del pueblo. Hasta aquí, todo fácil. El problema llega cuando toca probarlas o ver si todo está correcto. En Mozambique, quien te vende la bicicleta únicamente ensambla las piezas, sin aplicarle ningún tipo de grasa, apretando los tornillos lo justo para que se vea bonita y obviamente, la vende sin haberla probado antes.

Una vez comprada, es imprescindible ir a un “Mestre”, un experto en el arte del afino. Él es quien hará la puesta a punto, engrasará y ajustará los componentes para que todo funcione correctamente, al menos hasta el siguiente pueblo. Cuando uno compra la bicicleta, el vendedor jura y perjura que esa bicicleta ya está afinada y lista para emprender viaje. En el momento en el que se paga el importe de la bicicleta, el tendero insinuará que, pese a que todo está perfectamente ajustado, no estaría de más visitar al Mestre, previo pago de sus correspondientes honorarios.

En Gurúè cualquier rincón es apto para montar un improvisado taller de bicicletas.

Con la bicicleta ya lista, es momento de comprar los accesorios para el viaje. Algunas herramientas, mancha, parches, pegamento y gomas para atar las mochilas al portabultos. Si algo hemos aprendido durante nuestros días en Gurúè es que, con ingenio y un par de gomas, cualquier cosa se puede atar en un portabultos. Todo listo para emprender viaje.

Descubriendo Zambezia

Gurúè, nuestro punto de partida, se encuentra a 130km de Alto Molocue, el pueblo más próximo por el que pasa la arteria principal del país, la carretera N1, que con sus más casi 2500km conecta el país de sur a norte. Salimos de Gurúè ante la atónita mirada de los transeúntes locales. Cargados como mulas, nuestro único objetivo es llegar a la carretera de tierra rojiza antes de que empiece a fallar algún componente de la bicicleta. A los 10km encontramos la carretera mientras empieza a chispear. Rodeados de vegetación y pequeñas huertas, no paramos de saludar a la gente que encontramos a las orillas del camino. «Buenos días, ¿todo bien?», «Todo bien», «¿Adónde van?», «A Ilha de Mozambique» será la banda sonora durante nuestros días de viaje en bicicleta, siempre finalizada con una cara de asombro con toque de incredulidad por parte de los locales.

Puente sobre uno de los ríos situado entre Gurúè y Mepuagiua

A medida que nos adentramos en la zona rural se puede ver como los pueblos se transforman. Todos hacen vida fuera de sus casas, ya sea sentados, tumbados o caminando por los caminos. Tras varias horas pedaleando desaparecen por completo las edificaciones de ladrillo para dejar paso únicamente a casas de adobe con tejados de madera y paja. Algunas casas ni siquiera son de adobe, sino de una estructura a base de palos y piedras, sin rebozar. Uno puede imaginarse perfectamente lo duro de las condiciones de vida durante la temporada de lluvias.

Cae el sol en nuestro primer día y toca buscar dónde dormir. Preguntamos a los aldeanos si podemos plantar la tienda en algún lugar cercano y es entonces cuando se abre un asunto de estado. ¿Qué hacer con estos dos blancos que viajan en bicicleta? Uno de los paisanos nos comenta que nunca han tenido una situación similar y que debemos ir a hablar con el jefe del barrio y explicarles nuestras intenciones.

Tras caminar 45 minutos en dirección a Mepuagiua, una pequeña aldea en medio de la nada, y custodiados en todo momento por 3 hombres con señales de haber estado bebiendo durante todo el día, llegamos a la casa del “régulo del distrito”. Explicamos de nuevo nuestra historia, que hemos recorrido 30 km desde Gurúè y lo único que queremos es descansar. Tras reflexionar, determina que el asunto es demasiado serio y que debemos ir a hablar con el “Jefe de posto”. Se une a la comitiva y nos dirigimos a la única vivienda de ladrillo del pueblo. Pasamos junto al campo de futbol y el partido se para, los chavales y todo el público nos miran extrañados y se concentran alrededor de la casa del “jefe de posto”. Éste nos recibe y pide las correspondientes explicaciones al Régulo. Nos pide todo tipo de detalles, pasaporte, visado, objetivo del viaje. Se preocupa tremendamente por el hecho de que no hayamos avisado al puesto administrativo de Gurúè sobre nuestro viaje a Mepuagiua. Incrédulos sobre la situación en la que estamos inmersos, le enseñamos algunos papeles que parece que cuelan. Toman fotografías de los documentos, pasaportes y de nosotros mismos desde todos los ángulos posibles. El asunto es de tal magnitud que no puede tomar una decisión sin consultarlo antes al “Jefe de la administración”.

A los pocos minutos llega el “Jefe de la administración». Visto desde fuera, parece un juicio popular. Sentados en círculo con los 6 cargos que decidirán nuestro futuro, rodeados por decenas de adultos y niños atentos a la decisión. El debate se prolonga durante 2 horas, en el que aparecen argumentos dispares. Parece que no podemos dormir en ninguna vivienda oficial, ya que, según los estatutos de El Partido, únicamente los miembros del partido y el presidente de la república tienen derecho a pernoctar. Tampoco podemos dormir en el patio ya que los criminales podrían asaltarnos y eso sería responsabilidad de El Partido. Deciden llamar al comandante jefe de la policía para que sea él quien decida qué solución tomar. Finalmente, parece que podríamos dormir en la oficina del “jefe de posto”, situada a pocos metros de la vivienda de este y suficientemente cerca del puesto policial, condición imprescindible ante una situación de emergencia.

Tras 2 horas y media sentados sin prácticamente abrir la boca salvo para contestar preguntas de una importancia discutible la situación no podría parecer más surrealista. El asunto queda finalmente resuelto y el comité se disuelve entre apretones de manos. Nos custodian hasta la oficina, nos entregan la llave junto con un papel manuscrito en el que aparecen los números de teléfono de las personas de relevancia y policías, «Esto es para casos de emergencia”, nos advierten en tono serio. El “jefe de posto” da órdenes a sus súbditos de que nadie salvo nosotros puede entrar en el edificio bajo ninguna circunstancia. Entramos en el edificio y al fondo vemos la puerta del despacho. Una mesa llena de papeles desordenados, un par de sillas destartaladas y el retrato del presidente de la república custodian la escena. Esa noche, dormiremos bajo la atenta mirada del presidente. Estirados y en silencio, no podemos evitar tener la sensación de que, de alguna forma, alguien nos estará observando durante toda la noche.

La proximidad de las montañas proporciona a la zona norte de Zambezia grandes cantidades de agua y tierra fértil.

Despertamos con la convicción de que alguien merodea la zona. A los pocos minutos, se oyen unos golpes en la ventana. “Tudo bem?”, oímos. Nos apresuramos a contestar que todo está bien mientras vemos por la ventana a los 3 hombres de menor rango, con las mismas ropas que el día anterior. Preocupados por no haber dado señales de vida ¡a las 6 de la mañana! Nos despedimos y seguimos camino entre una multitud de curiosos que se acercan al camino. Parece que la noticia de que dos muzungus (así llaman a los blancos en gran parte del este de África) andan por la zona en bicicleta se ha extendido por toda la región.

El coste de vida rural

Una de las cosas más sorprendentes del camino es el precio de las verduras y frutas en todo el camino. La elección es mínima, aquí la oferta está estrictamente ligada a la temporada. Durante días nos alimentamos de plátanos y naranjas, que se venden en 3 unidades generalmente, y su precio ronda entre los 2 y 4 céntimos de euro. Es decir, en algunos casos, un plátano o una naranja cuesta menos de 0,01€. Por si fuera poco, cuando compramos más de 3, siempre nos regalan más fruta. Se podría decir que, cuanto más compres, el precio unitario tiende a 0€.

En esta zona, mucha gente vive con menos de 1€ al día. Sin electricidad, sin agua corriente, dependientes de los pozos cercanos y con un radio de movimiento de escasos kilómetros, lo justo para cultivar, vender y comprar. En general no necesitan salir de la zona, muchos no han salido nunca. De todos modos, existe un precario sistema de transporte que conecta los pueblos con Alto Molocue. En la zona se le llama “Caixa oberta” y básicamente es un camión de carga en el que todo cabe. Por unos 4€, precio muzungu, te lleva prácticamente a cualquier punto de la carretera. En uno de los momentos más duros de la tercera etapa, decidimos subir las bicicletas al camión para recorrer los últimos 15km de subidas hasta Mugema, un pueblo venido a más gracias a que por allí pasa la línea de alta tensión y es prácticamente el único pueblo electrificado en varios kilómetros a la redonda.

El pueblo es tan próspero que hasta tiene una casa de huéspedes. Una. Casa Janeiro, o al menos así la bautizamos nosotros tras charlar con el propietario. Lo primero que pregunta Janeiro es si queremos la habitación para pasar la noche o solo por una hora. Ya se entrevé la calidad del alojamiento, pero no hay alternativa. Lo segundo que pregunta el bueno de Janeiro es qué tipo de habitación deseamos, «¿Com o sim colchão?». Le hacemos repetir la pregunta 3 veces porque creemos que no entendemos bien su portugués cerrado, pero efectivamente, la pregunta es si queremos una habitación con o sin colchón. El precio cambia, con colchón son 3,5€, sin colchón sale por 2,75€. Nos damos el capricho del día y optamos por la habitación con colchón.

A la mañana siguiente recorremos los últimos kilómetros que separan la zona rural de la carretera en una estampa que quedará grabada en nuestras retinas. Los árboles centenarios custodian el camino a ambos lados, sobre la tierra rojiza se cierne una niebla de gran intensidad, a través de la cual se adivina la silueta de mujeres cargando sacos en sus cabezas y hombres que se alejan sobre sus bicicletas. En el camino, un hombre en bicicleta se detiene junto a nosotros, insiste en mostrarnos su casa, presentarnos a su familia e invitarnos a comer.

«Nosotros también hemos aprendido gracias a vosotros. Por aquí los pocos muzungus que pasan lo hacen en su 4×4 y si paran solo es para comprar algo rápido y seguir la marcha. Muchos no habíamos visto nunca a un blanco viajar en bicicleta, pensábamos que eso solo era cosa nuestra«, nos comenta emocionado nuestro anfitrión.

La niebla invade las mañanas en la Zambezia rural.

Llegada al Índico

Entramos en la carretera principal mozambiqueña a pleno sol. El entorno ha cambiado radicalmente, ahora camiones y furgonetas invaden la carretera. Como ciclista uno se siente insignificante y vulnerable. Los vehículos rugen al pasar junto a nosotros, mientras hacen sonar el claxon sin dejar apenas espacio. Cada vez que pasa un camión a nuestro lado, nos tambaleamos como un funambulista en su primer día de trabajo.

Subimos las bicicletas a una furgoneta para recorrer en lugar seguro la jungla de asfalto en la que estamos metidos. Finalmente llegamos a una zona más tranquila, estamos a 100km del Índico y podemos seguir en bicicleta. El paisaje ha cambiado de nuevo, la tierra roja y compacta ha dejado paso a una arena blanca. A los lados de la carretera se extienden llanuras con plantaciones bajas y pocos árboles que irán convirtiéndose en multitud a medida que nos aproximemos al océano.

La carretera que conduce al Índico es una arteria no sólo para vehículos, sino para multitud de caminantes

En estos últimos días de travesía debemos lidiar con controles policiales cada pocos kilómetros, donde debemos recurrir a nuestras mejores inventivas para evitar pagar a los policías ejerciendo su abuso de autoridad.

Tras 2 días, en la lejanía observamos nuestro objetivo, Ilha de Moçambique. Nos miramos y sin decirnos nada bajamos de las bicicletas y desde lo alto de una colina miramos al horizonte. El inmenso océano. Lo que parecía inalcanzable, por fin está ahí, frente a nosotros. Cerramos los ojos y sentimos su brisa en nuestros rostros, casi podemos respirar el salitre. No lo decimos, pero los dos sabemos que es un momento agridulce. La satisfacción de cumplir nuestro objetivo se mezcla con la nostalgia de quien sabe que se cierra un capítulo del viaje.

Recorremos los últimos 3km de la etapa por el puente que conecta Ilha de Moçambique, patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con el continente. El puente fue construido en los años 60, durante la última etapa como colonia portuguesa. Recorremos sus calles y sentimos que viajamos en el tiempo. Rodeados de edificios coloniales venidos a menos, iglesias, mezquitas y fortificaciones, la vida en Ilha no cesa.

El puente de Ilha, rehabilitado en 2010, dispone de un solo carril para ambos sentidos de la marcha.

Ilha de Moçambique huele a mar, a especias y a pan. En ella conviven musulmanes, católicos e hindúes. Son los vestigios de siglos de comercio entre árabes, europeos e indios. Durante años, la isla fue uno de los principales mercados de esclavos del continente. Ese legado sigue presente en la cultura y las costumbres de la zona, en la que los principales comercios siguen siendo de árabes y las mejores fincas, de familias con apellidos portugueses.

Nos dicen los locales que la isla está cambiando, que la especulación inmobiliaria está transformándola en un lugar más impersonal. Aun así, miran con optimismo un auge en la popularidad de la isla y una apertura al turismo. Puede suponer un horizonte de oportunidades para muchas familias.

La tardes en Ilha huelen a pan recién hecho. Uno de los productos más presentes en la cultura local.

Cerramos un episodio del viaje vendiendo las bicicletas en un establecimiento local. Toca seguir el camino a pie, pero con la sensación de que, tarde o temprano, volveremos a reencontrarnos con el cicloturismo africano.


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24 comentarios
  1. Pedro Abia
    Pedro Abia Dice:

    Estoy encantado con vuestros posts, son muy interesantes.
    Todas estas experiencias os hacen crecer como personas y estamos siempre a vuestro lado. Os queremos

    Responder
  2. Vicente
    Vicente Dice:

    Hola pareja!!
    Que aventura… lo leo y releo y no me quito la sonrisa de la cara. Un poco de humor viene bien aunque organizar “esas pedazo mochilas” en la parte trasera de las bicis y que no se fuesen a tomar por…… os tuvo que dar algún disgusto y cabreo.
    Un fuerte abrazo…

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    • Dani
      Dani Dice:

      Lo de colocar las mochilas en el portabultos era un drama los primeros días, pero al final aprendes a hacerlo en menos de 10 minutos… Curiosamente, nunca se cayeron de la bici. El cabreo venía cuando tocaba tirar de la bicicleta a pie en subidas, ahí sí que se notaba el peso del equipaje!

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  3. Paqui
    Paqui Dice:

    Puf!!! No dejáis nunca de sorprendernos explicando vuestro camino!!! Qué bonito lo hacéis.
    Casi siempre, cuando me llega el email avisando de nuestro nuevo post, no lo abro y busco el momento en que de verdad pueda leerlo poniendo todos los sentidos, porque hacéis que viajemos en bici por esos incomparables caminos africanos ☺️☺️
    Un beso grande!

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  4. Mavi
    Mavi Dice:

    Como me ha gustado el post!! Acostumbrados a tener prejucios en este lado del mundo es curioso ver nadie está libre de ser juzgado de antemano!
    Cuantas experiencias estáis viviendo y cuantas veces me hacéis reflexionar!

    Os quiero! Cuidaros mucho!
    A Simón le leo vuestros post…

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  5. Enara
    Enara Dice:

    Vaya paisajes y vaya experiencia! Eso sí, estoy segura de que os pensasteis dos veces el tema de la noche con o sin colchón, que nos conocemos! 🙂 muchos besos y abrazos virtuales

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  6. Miren
    Miren Dice:

    Sobra decir que me ha encantado vuestro nuevo post. Si bien en el fondo subyace la dureza del recorrido, la nota de humor que salpica todo el relato hace sonreír de principio a fin. Muxu handi bana. Zuen hurrengo posta irakurtzeko irritan.

    Responder

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