


Ochenta cuatrimotos y vehículos tipo RZR se quedaron el sábado 29 de agosto de 2026 sin poder entrar por el acceso de Sapioriz al Cañón de Fernández. Ahí terminó el recorrido para ese grupo, porque Medio Ambiente, la Policía Ambiental, Seguridad Pública, elementos de la Sedena y de la Guardia Nacional les cerraron el paso. La cifra no es menor y tampoco es aislada. Habla de un flujo constante de vehículos todo terreno que sigue intentando entrar a un área natural protegida de carácter federal, semana tras semana, pese a que la restricción existe y se aplica con regularidad.
Ese dato, el de la recurrencia, es el que de verdad importa. No se trata de un operativo puntual que resuelve el problema de una vez, sino de un pulso que se repite porque la presión sobre el cañón no cede. Cada fin de semana hay quien intenta entrar con su vehículo, y cada fin de semana hay que detenerlo en el mismo punto. Eso dice más sobre el tamaño del reto que cualquier declaración institucional.
Y ahí conviene detenerse en un argumento que circula cada vez que se difunde uno de estos operativos, el de que rodar sobre el cauce o el suelo del cañón no le hace daño a nadie, que el agua no se aplasta ni se mata al paso de una llanta. El argumento suena razonable si uno se queda en la superficie, pero no resiste una revisión un poco más cuidadosa de lo que ocurre en un lecho de arroyo o en una ladera cuando por ahí pasan, de forma reiterada, decenas de vehículos pesados y con neumáticos diseñados para morder el terreno.

El primer efecto es sobre el suelo mismo. El paso repetido de vehículos todo terreno compacta la tierra y destruye la estructura porosa que permite que el agua de lluvia se infiltre hacia el subsuelo. Un suelo compactado no absorbe, escurre, y ese escurrimiento arrastra sedimento hacia el cauce, lo azolva y modifica la forma en que el agua se mueve dentro del cañón. En una región como la Comarca Lagunera, donde la recarga de acuíferos es un tema que se discute todos los años como asunto de supervivencia, dañar la capacidad de infiltración de una zona de captación no es un detalle menor, es tocar directamente la reserva de agua futura de miles de familias.
El segundo efecto tiene que ver con lo que esos vehículos dejan atrás. Combustible, aceite, refrigerante, restos de piezas desgastadas, todo eso termina en el suelo y, con las lluvias, en el agua que corre por el cañón. No hace falta un derrame espectacular para que haya contaminación, basta la acumulación de residuos de cientos de vehículos a lo largo de meses para que la calidad del agua y del suelo se vea afectada de manera medible.
El tercer efecto, menos visible pero igual de real, es el ruido. El Cañón de Fernández no es solo un cauce, es hábitat de fauna que depende de condiciones de tranquilidad para reproducirse y alimentarse. El paso constante de motores de combustión interna a alto volumen ahuyenta especies, altera sus patrones de comportamiento y, con el tiempo, empobrece la biodiversidad de la zona. Ese costo no se ve en una fotografía del operativo del sábado, pero se acumula igual que el sedimento en el cauce.

Nada de esto depende de una opinión. El Cañón de Fernández tiene una designación federal como área natural protegida, lo que significa que las restricciones a la circulación de vehículos motorizados no son una ocurrencia municipal, son parte de un marco legal pensado precisamente para evitar los efectos que se describen arriba. Cuando las autoridades de Lerdo cierran el paso en Sapioriz, están aplicando esa norma, no inventando una prohibición arbitraria contra quienes buscan un espacio para rodar.
Esa distinción importa porque cambia el tipo de conversación que se puede tener. No es un desacuerdo entre gustos, entre quien prefiere una tarde tranquila junto al cauce y quien prefiere subirse a un RZR a buscar adrenalina en la tierra suelta. Es una obligación legal que existe porque el cañón cumple una función ecológica que rebasa cualquier preferencia recreativa individual, la de servir como zona de captación e infiltración para un sistema hídrico del que depende buena parte de la región. Tratar la restricción como un capricho de la autoridad en turno es desconocer para qué existe esa figura de protección.
Tampoco ayuda pensar el problema como una confrontación entre la autoridad y los aficionados a los vehículos todo terreno. La afición en sí misma no es el problema, existen espacios habilitados para ese tipo de actividad en los que rodar no compromete un ecosistema protegido. El problema aparece cuando ese gusto se ejerce dentro de un área cuya función ambiental depende de que el suelo no se compacte, de que el cauce no se azolve y de que la fauna conserve condiciones mínimas de tranquilidad. La solución no pasa por prohibir la actividad en general, pasa por sacarla del cañón.
Lo que sí vale la pena señalar es que ningún operativo semanal sustituye la necesidad de que la información sobre por qué existe esta restricción llegue mejor y más lejos. Quien pregunta si de verdad se mata al agua al pasar por ella está haciendo, a su manera, una pregunta legítima, y la respuesta no está en descalificar la duda, está en explicar con datos concretos lo que ocurre con la compactación del suelo, con los residuos que se quedan y con el ruido que ahuyenta a la fauna. Esa explicación tiene que acompañar cada boletín, cada operativo y cada llamado a respetar el área, porque la vigilancia detiene vehículos un sábado a la vez, pero solo el entendimiento colectivo de lo que está en juego puede reducir la presión semana tras semana.
El Cañón de Fernández no le pertenece a un municipio ni a una administración en turno, le pertenece a la región entera, incluida el agua que hoy corre por su cauce y la que en unos años tendrá que seguir brotando de sus pozos. Protegerlo no es un capricho burocrático, es una condición para que la Comarca Lagunera siga teniendo un futuro con agua disponible.