¡Pueblo de madera, mi pueblo!

Autor:  Voces Nómadas

Por Arturo González

¡Creo que ésta es la experiencia más impresionante y hermosa que le daría el más alto valor a mi vida!

En el viaje rumbo a lo desconocido que abordé con mi familia en medio de aquellas sierras metálicas, no imaginé que en el trascurso del camino de dieciséis horas en terracería, justo al cruzar el arroyo de Coyotes, rumbo a la carretera Durango–Mazatlán, pasaría lo que aquí narro.

Nunca olvidaré esa niñez tan sólida en mis emociones infantiles, saturada de aventuras, bajo el cuidado de una madre tan valerosa y tan firme de carácter, quien me guió a vivir y disfrutar cuanto había a mí alrededor. Hasta aquel día en que ella subió a sus criaturas en la carga de un camión transportador de madera, y que en medio de unas bandas metálicas -que eran sierras en forma de círculo usadas en el aserradero-, me sentó en medio de ellas junto con mis otros tres hermanitos más pequeños que yo.

    Mis vivencias en San Miguel de Cruces, en la sierra de Durango, no tuvieron límite: un chiquillo soñador, aventurero, curioso, de sangre fría; no le temí nunca a nada, ni a la onza… aquel felino de color negro que esperaban mis parientes por las noches con el Winchester 30-30 cargado alrededor de la fogata, y yo en medio de ellos siempre mirando de reojo, o sobre mis hombros, para ser testigo de la cacería… la onza, supe después, que era una pantera negra que habitaba en el área de mi pueblo.

    Me daba miedo cuando nos montaban a mi hermana mayor y a mí en el lomo de una mula para salir a la cantada, pues mis dos tíos Elodio y Santiago, junto con mi mamá, los llamaban para tocar a San José de Bacis, porque eran los músicos de esa parte de la sierra; ellos con guitarra y acordeón, y mi madre cantaba. Que experiencias tan bellas verlos trabajar al centro de una cancha improvisada con alambre de púas y grandes cachimbas llenas de petróleo azul como lumbreras, mientras yo envuelto en una colchoneta detrás de los artistas comía galletas de animalitos con un posillo de canela, mirando las estrellas y escuchando el ambiente nocturno con sonidos de foresta y el correr del río, más la fragancia de  los diferentes árboles a mi alrededor; complementaba mi fascinación la voz de mi madre.

    ¡Creo que ésta es la experiencia más impresionante y hermosa que le daría el más alto valor a mi vida!

En el viaje rumbo a lo desconocido que abordé con mi familia en medio de aquellas sierras metálicas, no imaginé que en el trascurso del camino de dieciséis horas en terracería, justo al cruzar el arroyo de Coyotes, rumbo a la carretera Durango–Mazatlán, para bajar El Salto y seguir en autobús cuesta abajo del Espinazo del Diablo, aquellas bandas se soltaron del nudo que las unía para permanecer en forma circular… fue el destino quien se encargó de salvar a toda mi familia, fue el destino porque en el caos del evento a nadie cortaron, pues estaban afiladas aún, y tenía yo nueve años de edad cuando llegamos a Mazatlán, no conocía el mar ni ninguna ave marina, mi alma era pura pero mi espíritu muy inquieto!

Mi vida cambió inesperadamente en los siguientes años, ya que  me incliné por herencia genética a la música.

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