Los niños tienen la palabra

Autor:  Voces Nómadas

Antes no había libros para niños recién nacidos o de uno a cuatro años, y que en las otras edades de la infancia el menú era precario. Hoy, al contrario, el repertorio se ha ampliado junto con el avance de las técnicas de impresión y encuadernado.

Jaime Muñoz Vargas

Ya no quiero verlo con sorpresa, pero sí. En la edición de la FIL Guadalajara, la número treinta (noviembre-diciembre de 2016), vi con renovado asombro e interés el crecimiento de la oferta de libros para niños. No tengo la estadística, pero “a ojos vistas”, como decían los antiguos, es evidente que ese rubro del mercado editorial muestra un desarrollo que amenaza venturosamente con seguir creciendo. Ojalá sea así, que mi percepción sea correcta y años tras año, en la feria mencionada y en todas las otras del país y del mundo, los libros para niños sigan ampliando los catálogos y la estantería disponible.

He comentado no una vez, sino muchas, la poderosa evolución que ha experimentado, desde hace unas tres décadas a la fecha, la edición de libros infantiles. En mí ya lejana infancia y en la de muchos que peinan canas o pulen una bola de billar sobre sus orejas, los libros disponibles eran básicamente de dos tipos: los que servían para “iluminar”, con trazos en línea negra y gruesa, de papel revolución, útiles para mancillarlos con crayones; el otro tipo de libro era sólo “de lectura” y contenía imágenes a cada página y tipografía grande. Los primeros servían básicamente para niños de cuatro a siete años; los otros —muchas veces con relatos de los hermanos Grimm, de Perrault o de Iriarte— para chamacos de entre ocho a diez, si mucho.

Esto significa que no había libros para niños recién nacidos o de uno a cuatro años, y que en las otras edades de la infancia el menú era precario. Hoy, al contrario, el repertorio se ha ampliado junto con el avance de las técnicas de impresión y encuadernado, de suerte que la variedad ha crecido alentadoramente. Libros hay, como puede verse en las ferias o en las buenas librerías, para todas las edades de la niñez. Por ejemplo, los que han sido diseñados para pequeños que todavía no desarrollan el tacto fino y están en su etapa oral; son libros pequeños, gorditos, con páginas de cartón prensado muy gruesas y plastificadas, encuadernados con firmeza para que el niño pueda lamerlos y jalonearlos sin el riesgo de que se rompan y engullan un material peligroso. Para niños un poco más grandes, libros con páginas menos gruesas, con texturas diferentes en cada hoja y a veces con olores de los objetos que presenta (recuerdo uno con frutas que al acercar cada página olían a la fruta de la ilustración). Conforme avanza la edad de los niños, el libro se sofistica más, como esos de páginas que despliegan escenarios en tercera dimensión, verdaderos portentos del diseño. De esa forma llegamos, ya para el adolescente, al libro convencional, de páginas sin ilustraciones y tipografía de tamaño estándar, pero con historias adecuadas a esa edad.

El caso es enfatizar que no todo está perdido en materia de lectura. Pese a los malos augurios y a la sofisticación de tecnologías que en apariencia han desplazado al libro tradicional, el auge del libro infantil (de papel o materiales semejantes) anuncia que se está formando, así sea de manera insular, un lector que empieza a tener contacto con los libros desde que está literalmente en la cuna. Es buena señal. Ojalá, como señalé al principio, no decrezca a medida que la pantallitis de celular o de la tableta cobra más y más víctimas.

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