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El último vuelo

Texto y fotos de Valeria Correa ¿Cómo es que llegaste hasta aquí? Le preguntaron las demás aves a “Toto” Llegué por instinto, les respondió. Un día de repente se oscureció el cielo, los árboles empezaron a moverse de un lado a otro, caían muchas hojas, el viento estaba como enfurecido y de repente vi cómo […]

Por Valeria Correa Correa

Texto y fotos de Valeria Correa

¿Cómo es que llegaste hasta aquí? Le preguntaron las demás aves a “Toto”

Llegué por instinto, les respondió. Un día de repente se oscureció el cielo, los árboles empezaron a moverse de un lado a otro, caían muchas hojas, el viento estaba como enfurecido y de repente vi cómo una luz entraba por una de las paredes de lo que era mi casa o lo que yo creía era mi hogar.

Tenía muchos años viviendo ahí, era un lugar lindo, no me faltaba comida, siempre tenía agua y compañía, pero ese día era diferente, sentí que mis alas se extendían solas, no podía apartar la mirada de esa dirección, quería seguir esa luz, fue extraño porque no me daba miedo salir, no tenía temor a lo desconocido, me acerqué y de repente ya estaba volando fuera de mi casa, nunca antes lo había hecho, jamás había salido de ese lugar y de un momento a otro empecé a sentir el viento entre mis alas, una brisa en mi cara, era un sensación extraña, nueva; no sabía a dónde iba pero se sentía bien, no pensaba en voltear atrás ni de dónde o cuánto me alejaba.

En aquellos momentos no estaba seguro de qué estaba pensando, pero sí recuerdo qué estaba sintiendo: nunca antes había volado de esa manera, con mis alas extendidas, a esa velocidad, sentía que era más rápido que el viento y algo que me gustó mucho es que sonreía, sonreía todo el tiempo, era una felicidad inexplicable. Volé tanto que no sé cuántos kilómetros recorrí, de repente me despertaron los rayos del sol, en algún momento de mi eufórico viaje me perché en un eucalipto y ahí amanecí. Escuchaba algunos murmullos, no podía entender de dónde venían, observaba el cielo tratando de ubicar esos sonidos, volteaba a ver las ramas que me rodeaban, pero no lograba identificar qué era lo que provocaba esas lejanas voces, hasta que se me acercó un gorrión y me señaló la base del árbol ¡Ahí abajo! ¿Qué no ves? ¡Todos te están observando! ¡Te señalan y hasta intentan tomarte algunas fotografías! Eres una celebridad desde que amaneció.

¡Me di cuenta de que había muchas personas viéndome! Nunca había visto tantas, yo pensaba que solo existían tres en este mundo, pero ahí abajo había más de 20!

Parece que eres especial me decían los pinzones, tu plumaje no es común, tu pico es diferente al de las aves que habitan este desierto, ¡pues bienvenido seas Toto! Me dijeron; Seguro estás de paso y pronto con la migración emprenderás nuevamente tu viaje. Así estuve varios días, de árbol en árbol, algunos daban frutos diferentes y sabrosos, probé de todo. Un día llovió y calmé mi sed. La gente seguía llegando y ahora traía sus cámaras. Yo seguía emocionado, me sentía especial. A pesar de eso, cada día esperaba la migración, no sabía cómo era, de dónde llegaba, qué cara tenía o si la reconocería, pero las demás aves me decían que pronto seguiría mi ruta. Yo no estaba tan seguro de cómo era eso pero la esperaba.

Pasé varias semanas ahí, comiendo los pocos frutos que quedaban, éramos varias aves y había que compartir, me explicaban. Seguían pasando los días y la migración no llegaba por mí; decidí volar cómo aquella vez que salí de casa, así que me despedí de los demás, extendí mis alas y emprendí el vuelo, decidido a trazar mi propia ruta, pero algo pasó y caí, fue un golpe muy duro, me dolía desde la cabeza hasta las patas, no podía ver bien, estaba mareado, muy golpeado. Las personas que me veían desde abajo fueron buenas conmigo, me levantaron y me llevaron a un lugar donde curaron mis heridas y me dieron de comer, decía que estaba desnutrido, que no había comido lo suficiente. Me ayudaron a comer pues mi gran pico se había roto, pero iba a mejorar, ¡estaba seguro de eso! Estaba tan agotado que me quedé dormido.

En eso las demás aves que escuchaban el relato lo interrumpieron y le dijeron: ¡Ah! ¡Entonces así es como llegaste hasta aquí! ¡Después de la caída de ese gran árbol! No te preocupes por tu pico roto, tus alas lastimadas y los dolores del resto del cuerpo, aquí todo eso desaparece, en este lugar hay comida y agua suficiente, aquí no hay sufrimiento. ¿Acaso ya vino por mí la migración? ¿Si me encontró? Les pregunté. No, me contestaron, ya estás en un lugar mejor, aquí podrás volar tan alto como lo imagines y seguirás sonriendo como aquella vez en que el viento te ayudó y que tanto disfrutaste. 

Toto era un ave exótica que escapó de su cautiverio, no sabía volar bien porque sus alas estaban atrofiadas por no contar con una jaula adaptada para su especie, aquel día el viento fue lo que lo hizo llegar lejos. No sabía buscar su propia comida ni cazar y su alimentación adecuada no se encontraba en ese hábitat, por eso estaba desnutrido. Tampoco sabía lo que era una migración y aquel día que decidió volar cayó de tan alto que murió.

Valeria Correa Rivas

Marzo 28 – 2023

Torreón, Coahuila

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