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El fascinante mundo prehistórico

Muso Paleontológico de Torreón Por Héctor Esparza Si quisiéramos recrear la vida en las profundidades del mar de la península de Coahuila, en el periodo Pérmico hace 280 millones de años, tendríamos que navegar entre los fósiles exhibidos en el Museo Paleontológico de La Laguna, en la ciudad de Torreón. Allí encontraríamos las piezas del […]

Por Voces Nómadas

Muso Paleontológico de Torreón

Por Héctor Esparza

Si quisiéramos recrear la vida en las profundidades del mar de la península de Coahuila, en el periodo Pérmico hace 280 millones de años, tendríamos que navegar entre los fósiles exhibidos en el Museo Paleontológico de La Laguna, en la ciudad de Torreón. Allí encontraríamos las piezas del rompecabezas indispensable para reconstruir el pasado geológico de la tierra habitada por nosotros.

Descubriríamos con asombro que este semidesierto fue el fondo del mar donde nadaron especies inexplicables para nuestro razonamiento, entelequias ajenas al contexto actual, animales de fábula, con extremidades francamente disfuncionales o, sin ambages, animales creados por una imaginación alterada.

    Las pruebas -hechas piedra- de la existencia de los seres remotos, que refutan su origen mitológico, las sostiene en sus manos el médico pediatra Jesús Quiroz Barragán al interior de su museo. Durante un año recorrió junto con su hermano Gustavo, el suelo más antiguo de Coahuila; ambos recolectaron un sinnúmero de fósiles marinos de los habitantes del mar de Tetis. Su pesca del pasado se exhibe en modestas vitrinas tímidamente iluminadas.

    Aquí, en el local de dos plantas, ferretería a finales del siglo pasado, se muestran también junto a los fósiles marinos, vestigios hechos por los humanos que, a decir de los fundadores del recinto, los hermanos Quiroz Barragán, son únicos. Tanto los restos pétreos como antropológicos se descubrieron al suroeste del actual territorio de Coahuila.

    En las cuencas de los austeros aparadores se eternizan asombrosos descubrimientos, como la mandíbula del tiburón más antiguo de México, el Helicoprion mexicanus, un pez sumamente raro poseedor de una dentadura en espiral. Difícil resulta explicar cómo la utilizaba, pero el registro fósil sostenido por las manos del médico Jesús Quiroz es categórico; la hélice dentada, como una sierra curva, se conserva incrustada en la piedra madre y no deja lugar a dudas sobre la característica rarísima del escualo que nadó hace 280 millones de años. Los restos fosilizados del Helicoprion los encontró en el área de San Pedro, Coahuila, entre las carreteras de Laguna del Rey y Cuatro Ciénegas, lo que ahora es una llanura distintiva por la flora y la fauna del semidesierto.

    Para confirmar la presencia del Helicoprion –pez que debió medir alrededor de tres metros de longitud- el museo atesora cuatro fragmentos más de dientes y de mandíbula. Los colmillos se conservan, menciona el médico, debido al fosfato cálcico puro que contienen, es la dentina, indestructible, a diferencia del cartílago con que se formó el esqueleto del voraz depredador.

    Del mismo exhibidor donde se haya el espiral dentado, Jesús Quiroz extrae un trozo de mandíbula, “no sé de qué animal es”. Tampoco lo saben los académicos: “envié fotografías a geólogos y paleontólogos de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y no me respondieron porque lo desconocen”. El mutis se repitió ante un colmillo enorme, de diez centímetros desde la base a la punta, presuntamente de otro escualo aún sin identificar.

El primer encuentro con un gigante

“A los quince años de edad tuve en mis manos por primera vez una muela de mamut. Quedé impresionado; después no solo era la recolección lo que me interesaba, sino también el estudio y la clasificación; fui autodidacta y me especialicé en moluscos cefalópodos, me enfoqué en los más antiguos del estado de hace 300 millones de años. Tengo varias especies nuevas para México y una a nivel mundial que no he encontrado en la literatura”, relata Jesús (Torreón 1955), el más joven de los hermanos Quiroz, quien alterna la dirección del museo con su hermano, un año mayor, el ingeniero químico Gustavo, catedrático de matemáticas del Instituto Tecnológico de la Laguna y muchas de las veces mecenas del museo.

    “Siento un poco de tristeza y frustración por no contar con un local adecuado para la exhibición”, revela el ingeniero después de enumerar las múltiples ocasiones en que acudió a las autoridades municipales y estatales en busca de apoyo para mejorar las condiciones de la sala, sin obtener una respuesta.

    El Museo Paleontológico de La Laguna está ubicado en el número 580 de la avenida Juárez, al poniente de Torreón. Es un local alargado, dividido en cuatro salas consecutivas: la recepción, frente a la calle, está acondicionada como una tienda de artesanías; en el recinto principal se exhibe la mayor parte de los vestigios en tres largas vitrinas paralelas; una pieza intermedia, en penumbras, alberga algunos artilugios ancestrales; al final se acondicionó la sala como una cueva donde se presentan los fósiles de dinosaurio.

    Sus fundadores aseguran sin dudarlo que no existe una recopilación similar en el país.

    La colección se sustenta en fósiles marinos. Además de los de tiburón se suman los moluscos cefalópodos –de cabeza voluminosa y tentáculos- que sirven como guía para la datación, como los amonites, los cuales vivieron en los mares desde hace 340 millones de años hasta su extinción hace 66 millones de años.

    Asimismo los coleccionistas poseen belemnites, moluscos similares a los calamares dotados de una concha interior; baculites, cefalópodos con concha casi recta incluidos en el grupo de los amonites; y trilobites, los artrópodos extintos más representativos de la era paleozoica. “El primer trilobite para Coahuila, debo decirlo, lo descubrió el señor Armando Fernández Montoya, al que acompañé hace tres años al desierto de San Pedro”, reconoce Jesús Quiroz.

    La colección es profusa. La complementan huesos petrificados de los dinosaurios del cretácico, especialmente vértebras y fémures de los gigantes herbívoros, los hadrosaurios; así como conchas de tortugas del pleistoceno, muelas y defensas de mamuts, similares a los primeros vestigios que rescataría el médico Quiroz cuando tenía quince años de edad.

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