aventura

Descenso a Ojuela, una aventura subterránea

En dos ocasiones hemos descendido a las minas de Ojuela, en Mapimí, Durango, por rutas diferentes a las establecidas para el turismo. En la primera no medimos los riesgos y por fortuna salimos ilesos. En la segunda bajamos por una ruta aún utilizada por algunos mineros, entonces la distancia y el cansancio fueron agobiantes.

Por Héctor Esparza

“¡Ya no me responden las piernas! Por más que les digo que caminen, no se mueven” –clamaba un agotadísimo Juan Ángel Tort Figueroa después de ocho horas de andar por los pasadizos de piedra dentro de las minas de Ojuela.

-¡Yo ya perdí una pierna! –terciaba de manera figurada Armando Monsiváis, quien arrastraba la extremidad derecha surcando el polvillo rojo de la mina.

De nueva cuenta descendimos a las entrañas de las minas de Ojuela, en el territorio de Mapimí, Durango. El objetivo fue conocer las escotillas donde permanecen los equipos de bombeo que se utilizaron para desaguar los tiros y continuar con la explotación del mineral a principios del siglo pasado. Esta vez priorizamos la seguridad y la prudencia que nos faltó en el primer viaje que hicimos al fondo de las cuevas hace más de una década.

-¡Alfredo, dijiste que nos llevaría una hora y media llegar al agua! –reclamaba Tort al guía de la expedición, José Alfredo Escobedo Montano aclaraba: -Hora y media a mi paso, no me dijeron que nos estaríamos deteniendo para tomar fotos y video… a esta velocidad saldremos a la media noche –calculó el guía y velador de estos socavones de los que aún extraen mineral a golpe de marro y cincel.

Aún así logramos el objetivo: entrar a las exclusiones donde se instalaron poderosos equipos de bombeo. Llegar a ellos fue como una inmersión al océano y el encuentro con un navío hundido. Tocamos el agua que emana a casi un kilómetro de profundidad dentro de las minas, e imaginamos como se repite, casi noventa años después, la actividad extractiva en los pueblos añejos y mágicos como son el abandonado Ojuela y el histórico Mapimí.

Comenzamos la expedición por la mañana.
Aquí podemos ver a nuestro guía José Alfredo mostrándonos el camino a seguir.
Fotografía: Héctor Esparza

Los abrigos de los mineros

La mañana soleada, libre de nubes, se completaba con el verdor de las yerbas crecidas en las colinas de Mapimí en el verano de 2012. Ascendimos rumbo al puente de Ojuela, y a la mitad del camino, en una explanada, estacionamos la vagoneta; desde ahí iniciamos el andar rumbo al tiro San Carlos.

En esa terraza se conservan algunas cuevas donde vivieron familias de mineros “antes de 1890” según el cálculo de José Alfredo. Aún se mantiene un horno de piedra en el suelo frente a uno de los refugios y fragmentos de muros de piedra; entre las oquedades nace otro tiro, el de San Juan, “que va a dar por abajo del puente de Ojuela, pero la gente no se da cuenta del mismo, antes había una cigüeña para sacar material a trescientos metros de profundidad”, recordó el velador.

 Seguimos el sendero entre las plantas, el medio día estaba cerca, y las pláticas sobre minas, mineros y minerales empezaron a interrumpirse por jadeos que acusaban una magra condición física.

-Una vez me intoxiqué con arsénico –alcancé a escuchar la parte final del relato de Juan Ángel- sentí mareos y vomité. Tort Figueroa es amante de los minerales. Su colección que supera las cuatro mil piezas ha sido tema en esta revista. Le atrae de sobremanera Ojuela ya que engendra cuatro minerales únicos en el mundo gracias a su fórmula química condimentada con arsénico.

Anduvimos por el camino viejo, por donde acarreaban en carretas el mineral de Ojuela, de Santa Rita y otras partes; “la mina paró en 1930, o 31, cuando se inundó. Desde hace 10 años la siguen trabajando para sacar plomo, no sé a quién se lo venden, yo sólo trabajo como velador, a veces les ayudo a los compañeros a sacar el metal, o dándole de comer a la burra o acarreando madera” reveló José Alfredo, quien desde los tres años de edad se mudó con su familia de Zacatecas al mineral de Ojuela, prácticamente es de Mapimí.

Él supervisa los socavones donde trabajan alrededor de sesenta personas extrayendo material. “Por persona deben sacan de 400 a 500 kilos diarios que les pagan a un peso con cincuenta centavos; hay quienes están explotando la mina a marro y cincel, haga de cuenta que lo siguen haciendo a la antigua, como cuando inició la minería”, nos contó cuando llegamos a la entrada del túnel San Carlos, donde él vivió su infancia, por donde ingresamos a las profundidades.

Preparamos las lámparas de carburo.
Fotografía: Héctor Esparza

Las minas de Peñoles

El túnel de San Carlos es el nivel dos, aunque Peñoles, la concesionaria de estas betas, aplica una enumeración disímil a la de los mineros, aclaró Tort Figueroa: “el nivel 5 de los mineros es el 12 de la empresa, donde está el agua; cada nivel está entre 50 y 100 metros distantes entre sí”.

Antes de iniciar la aventura subterránea almorzamos a la entrada del yacimiento. Eran las 10:47 de la mañana del domingo 23 de septiembre. José Alfredo y su yerno Adrián Varela Padilla prepararon las lámparas de carburo, antiguos artilugios capaces de iluminar por ocho horas continuas las profundidades, abastecidos solo con agua y las piedras de carbono.

A los diez metros dentro del afloramiento la iluminación exterior dio paso a las luces que bailaban suspendidas por los exploradores. Inmediatamente después hallamos en el piso un envase de plástico recubierto por lodo que contenía el agua filtrada del techo. La gota que posibilitaba el nacimiento de una estalactita caía dentro del vaso. “Los mineros lo dejan para tomar agua cuando salen” aclaró el guía.

Avanzamos por el nivel dos, en plano horizontal, con mucho ánimo y poco cansancio. Pronto llegamos a un crucero de donde partían caminos de San Carlos rumbo a las minas La Fe, Marías, La Esperanza, Guadalupe y hacia un inclinado filón bautizado como San Pedro.

José Alfredo nos comunicó: “Por donde vamos a bajar se llama Barandales, porque tenía en todo el camino pasamanos, aunque la gente los ha ido destruyendo”.

-Entonces… ¿nos está diciendo que vamos a batallar, verdad? -interpretó Armando Monsiváis con voz evocadora de aquella experiencia que le causó pesadillas.

-No, no –tranquilizó el guía- hay una especie de pasamanos, aunque muy antiguo.

Bajamos tomando una manguera como baranda que Alfredo afianzó con un pedazo de hilo de plástico. Después empezaron las interminables hileras de escaleras de madera, firmes pero estrechas; son las mismas que suben cinco veces al día durante la semana las mineros cargando en sus espaldas costales con setenta o cien kilos de rocas.

Armando Monsiváis bebiendo agua filtrada.
Fotografía: Héctor Esparza.

Salma Hayek y el buque ahogado

Pasamos untados a la pared para librar uno de los tiros principales. Es un precipicio sin retorno. “De aquí hacia arriba estamos como a 300 metros, y hacia abajo 200 metros o poco más… en realidad no sé cuando metros sean”, aceptó Alfredo.

-No nos diste curso de inducción, nos metiste así a la brava... –reclamó Juan Ángel, y preguntó: ¿Es cierto que hay una parte donde se juntó el cerro y se quedó un hombre atrapado?

-Sí, si es cierto, fue allá arriba -respondió el guía.

Allí, un monolito de caras planas sirvió de lienzo para Pedro Cordero, un minero hábil para dibujar con la linterna de carburo: la flama dirigida a la piedra deja una marca similar a la del aerosol, con ella escriben y diseñan. Trazó a Salma Hayek de espaldas, vistiendo un bikini y mirando al cielo. Pedro es muy bueno para dibujar.

Las escaleras que parecían infinitas acabaron. Llegamos a una exclusión similar a la escotilla de un barco o submarino: una pesada puerta de acero de dos metros de superficie y medio metro de espesor quedó abierta para permitir el ingreso al “cuarto de máquinas”. Tubos abandonados se conectaban a cuatro motores gigantes y desmantelados. Válvulas oxidadas, cubiertas de sarro, añejas escaleras marineras de acero, arrumbadas y retorcidas hacían imaginar cómo debió ser la operación de estos equipos para desaguar las minas. Y justo debajo de las bombas estaba el manto de agua.

Un estero transparente y apacible, de agua fría, estaba bajo nuestros pies. Caminamos sobre el lago apoyados por tablones separados entre sí, caer hubiera sido fácil.

Algunos tubos salían de las paredes como espadas, y por el suelo permanecían restos de los motores. Los desmantelaron para llevarse el cobre.

“No tienen mucho que los destruyeron –aseguró Alfredo- hace un año tenían los caparazones. Esta mina se llama San Diego, estamos a una profundidad de 500 metros, no, más, como a 600 metros”. Son cuatro los motores que siguen allí.

El nivel del agua ha variado. Hace una década lo encontramos a setecientos metros de profundidad, en esta ocasión el guía calcula seiscientos; en el siguiente nivel, donde hallamos otro cuarto de máquinas, la profundidad es mayor.

En la mina de Santo Domingo descansamos. Allí los mineros tienden la ropa para que se seque, “porque trabajan entre el agua; todos los días la dejan y al otro día está seca, entra el viento del tiro uno y la seca”. Juan Ángel escuchaba al guía y apuntaba en su pequeña libreta.

Dejamos la primera exclusión de máquinas para ir a otra de las minas donde también instalaron equipo de bombeo. Caminamos sobre un puente del que cayó Alfredo hace años, por los huecos cabía una pierna, afortunadamente nada le pasó.

Interior de una de las minas que recorrimos. Una aventura completamente diferente.
Fotografía: Héctor Esparza

Dinamita para los risqueros

Llegamos al siguiente cuarto de máquinas. La escotilla estaba derribada y bajo ella el velador de las minas descubrió pólvora, mechas, bombillos y los fulminantes. “La meten los risqueros –personas que extraen minerales para venderlos a los coleccionistas- para explotar la mina. Quién sabe de dónde la traen y cómo se las ingenian para conseguirla…”. Los removió de este escondite para ocultarlos en otra parte.

En esta exclusión, donde se instalaron tres motores, se avistaba una nerviosa lucecita de una veladora dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. En esta parte no había agua, y se podía seguir los gruesos tubos de diez pulgadas que terminaban en una planicie agrietada, inconfundible huella lacustre.

Alfredo aún tenía energía para continuar con el recorrido por los túneles. Cuando terminamos de explorar la sección de las bombas acudimos a otro frente de la mina que aún aprovechan. Para llegar a él descendimos una cuesta sumamente pronunciada, aquí las fuerzas amainaron.

En esta área de trabajo estaban un cincel, una barra, un mazo y un zapapico que aún utilizan los mineros para extraer mineral. “Estamos como a unos 800 metros de la superficie” y aquí afloraba el agua. Todavía José Alfredo pretendía llevarnos a un tiro más, eran las seis de la tarde y las piernas se entorpecían; además el agua y el tiempo se agotaban.

Entonces vino la exclamación de Juan Ángel: "Ya no me responden las piernas, no me hacen caso, por más que les digo que se muevan no me hacen caso… ya hasta la cámara la guardé, ya no quiero más fotos… ¡Qué bárbaro, no puedo creer que hayamos estado tanto tiempo abajo! Nada más que salgamos me comunico a casa". Pero faltaba un par de horas más para dejar la mina.

-¡Vámonos despacito, está criminal! ¡No aguanto las patas!, y ya se me está acabando el agua –imploraba Monsiváis.

Con un andar penoso llegamos al bote con agua filtrada. Monsiváis, Alfredo y yo no dudamos en beber, Juan Ángel y Adrián se abstuvieron.

-¡Las chicharras!, benditas chicharras, ya empezaron a escucharse –expresó Juan Ángel al escuchar la sonaja de los insectos, a la salida de la mina.

A las 8:47 de la noche salimos. Aún faltaba bordear la sierra para llegar a la camioneta, el trayecto fue difícil, constantemente nos deteníamos para jalar aire y fuerzas, las que apenas alcanzaron para dejar Ojuela y sus minas a mitad de la noche.

“Esa noche no pude dormir, soñé con escaleras interminables” confesó Juan Ángel, quien, a pesar del cansancio, sigue fascinado con esta experiencia “extrema”.

Otros textos de
linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram