medio-ambiente

La ciudad en territorio silvestre

Por Héctor Esparza Pancho se comportaba como un perro domesticado. Entraba a los consultorios, caminaba por los pasillos sin impedimento alguno y después regresaba al patio donde había una pequeña alberca en la que se refrescaba. A Pancho le dispararon con una escopeta. Salvó la vida gracias a los cuidados de Jorge Alberto Alcalá Martínez […]

Por Héctor Esparza

Por Héctor Esparza

Pancho se comportaba como un perro domesticado. Entraba a los consultorios, caminaba por los pasillos sin impedimento alguno y después regresaba al patio donde había una pequeña alberca en la que se refrescaba. A Pancho le dispararon con una escopeta. Salvó la vida gracias a los cuidados de Jorge Alberto Alcalá Martínez y de Raymundo Sánchez quienes lo curaron en la clínica Nogales, tal vez por esto cuando alguien “discutía” con sus médicos, Pancho intervenía vigorosamente para defenderlos.

“Al principio lo sujetamos con una calza en la pata para que no escapara, después no fue necesario dejársela, caminaba con libertad por el consultorio”, recordó Jorge al referirse al orondo pelícano que logró la recuperación plena y al que llamaron Pancho. Cuando cicatrizó la herida de bala lo trasladaron a la unidad deportiva de Saltillo, “porque en el lago tenían problemas con la sobrepoblación de peces y a Pancho le encanta el pescado; posteriormente se liberó en la presa Don Martín al norte de Coahuila, allí lo han avistado varias veces, nos han mandado información porque trae un brazalete”.

Aquel pelícano es uno de los cientos de animales salvado por la asociación civil Rescate de Fauna Torreón, una compacta agrupación que lo mismo recupera fauna nativa de la Comarca Lagunera desorientada en las ciudades, que animales traídos de otras latitudes prófugos de su cautiverio o abandonados por quienes los adquirieron de forma ilícita.

Las ciudades están creciendo por encima del hábitat de innumerables especies de animales y de plantas sin considerar la restauración o la incorporación de los espacios naturales a la urbe. El Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU Hábitat) revela que la población de Torreón, Coahuila, creció un 57 por ciento y la mancha urbana se duplicó en las recientes tres décadas.

Con la irrupción urbana, la fauna quedó atrapada entre edificios y calles asfaltadas, su presencia es considerada como una amenaza para la población humana, aunque el riesgo real es contra los animales.

Reina del subsuelo

Cuando niño me sorprendió de sobremanera la presencia de una tuza en el baldío frente a la casa familiar: sus garras desmesuradas, curvas y amarillas al igual que sus firmes dientes resultaron fascinantes y a la vez amenazadores para el niño de aquel momento. Los ojillos desaparecían detrás de su pelo amarillo y abundante, no distinguí en sus costados los oídos pero sí aprecié sus largos y tiesos bigotes blancos. Imaginaba los profundos túneles habitados por estos animales de la noche que para entonces, y a la fecha, representaban para algunos una amenaza a la prosperidad de los jardines caseros. Un movimiento sorpresivo de un trabajador de la construcción, con una pala contra la cabeza del enorme roedor, lo aturdió y le impidió escapar de aquellas manos seguras; el hombre ató al robusto cuello del animal un alambre recocido y el otro extremo lo sujetó muy cerca de donde yo la veía. La tuza –que para entonces le llamaba imprecisamente topo- patinaba desesperada como si intentara cavar sobre el suelo duro de mosaico; la angustia del momento bloqueó mi recuerdo acerca del desenlace del animal, supongo que murió a manos de aquel hombre, ya sea por inanición o lapidada.

La acción parecía lo apropiado a mediados de los ochenta del siglo pasado: a los animales silvestres que deambularan por las ciudades habría que aniquilarlos porque representaban un peligro; tlacuaches, lagartijas, ranas, serpientes, tuzas, ardillas y demás fauna silvestre era abatida en nombre de la urbanidad, o por mera diversión.

Incluso si un gran mamífero se acercaba a los poblados era motivo suficiente para exterminarlo. Así ocurrió el 25 de noviembre del nuevo milenio, cuando un policía municipal de Lerdo, Durango, disparó contra un oso negro en el paraje La Canasta del río Nazas. El acontecimiento fue relevante porque no se había registrado la presencia de osos en aquella región, al menos públicamente. Entonces la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente justificaba su muerte porque “la vida de las personas estaba amenazada”, se publicó en el periódico El Siglo de Torreón. Para los funcionarios de hace 22 años el oso no pertenecía a estos lares, suponían que se habría escapado de alguno de los ranchos de familias que gustaban –y aún lo hacen- coleccionar animales exóticos, o se habría liberado de la jaula de algún circo. Pero ningún coleccionista ni tampoco algún representante circense reclamaron la posesión del oso negro.

Entonces no cabía la reflexión sobre la presencia de los animales silvestres en las ciudades de la Comarca Lagunera, solo persistía la actitud de vencer palmo a palmo el semidesierto y lo que en él habitara.

Después de cuarenta años de aquel encuentro con la tuza, la vuelvo a ver pero ahora solo en fotografías. Las imágenes de Valeria Correa reconstruyeron el recuerdo de la fauna que hemos desplazado con el crecimiento anárquico de las ciudades. Acaso la estrategia para expulsarlos de su territorio ha cambiado un poco, se ha intentado capturar con vida a los animales para después alejarlos de las urbes, pero de igual manera estamos destruyendo su hábitat con cemento y asfalto.

Curiosidad infantil

Jorge Alberto Alcalá Martínez cuenta que desde adolescente caminaba hacia los límites de la ciudad para observar a los animales; uno de sus sitios predilectos era al noreste de Torreón, cerca del aeropuerto. A finales de los noventa permanecían en aquel lugar grandes boquetes en la tierra abiertos por los productores de ladrillos; los profundos agujeros se inundaban con aguas negras y se poblaban con aves acuáticas. “Ahí comencé a ver las águilas y las aves migratorias que llegaban. Me iba también al cerro de La Cruz… andaba en muchos lados.

“Salía de la escuela y a veces me iba hasta con la mochila y me quedaba sentadillo, dos o tres ocasiones llegaba la patrulla de policía y me preguntaba qué estaba haciendo, y no me creían. Pensaban que estaba haciendo algo malo, pero no, estaba viendo los patos. ¿Cómo cree? Ándele váyase a su casa. Y les sacaba mi libretilla para mostrarles: mire, ya llevo tantos patos de este color y de este otro. Ya después me conocieron y hasta me daban aventón a la casa”.

Sus registros eran arbitrarios, escribía en sus libretas que había observado “muchos patos verdes, garzas blancas, una águila roja”, porque no conocía los nombres populares y mucho menos los científicos. Para saberlos visitaba la biblioteca de la ciudad donde consultaba la especie, entonces corregía sus apuntes.

“Mi mamá –se llama Carolina- me apoyó mucho, estás todo prieto por el sol, ten cuidado no te arrimes mucho a los pozos, me recomendaba. Ella lo veía venir porque yo era muy curioso, solo me pedía que me cuidara”. Desde los once años de edad y hasta ahora, cuando tiene tiempo, Jorge explora los alrededores de la comarca, el trabajo de la asociación ha ocupado gran parte de sus días debido a la cantidad de avistamientos de animales dentro de la ciudad.

Constantemente se capacita en el manejo de fauna silvestre y exótica, como se califica a la que es introducida de oros lares, porque aquí en el semidesierto han rescatado cocodrilos, boas o pitones. “Hay gente que los compra como mascotas y ya no saben qué hacer con ellos y los sueltan”.

En Torreón existen centenas de agrupaciones y personas que ayudan al rescate de perros y gatos, “pero no había quién ayudara a una águila, a una serpiente, a un coyote, a diversas especies silvestres de la región, fue cuando reunimos a biólogos, cetreros, veterinarios especializados” para fundar la asociación en 2008. Los iniciadores fueron el biólogo Rodolfo Huitrón, el médico Alejandro Sánchez Alvarado y Jorge Alberto.

Antes “la gente tenía miedo de hablar a las dependencias para retirar a algún animal, porque se pensaba que podría ser acreedora de multas por poseerlo, o mucha gente se encontraba a una águila y no sabían qué hacer con ella, y al hablarle a alguna dependencia pensaban que se iban a meter en problemas; hoy no, hoy saben que es lo correcto hablarnos para rescatar a los ejemplares”.

Atrapada en el excusado

Los tenientes del Cuerpo de Bomberos de Torreón, Juan Campos y Javier Chacón fueron capacitados junto a sus compañeros, por los integrantes de la asociación Rescate de Fauna para saber cómo enfrentar a diversas especies; han participado en la captura de cocodrilos, boas y pitones entre otras.

“Hace cuatro meses en la colonia San Isidro encontramos en la taza del baño una pitón, asomaba la cabeza del excusado; tuvimos que desarmar el inodoro y estaba toda enredada, la liberamos y resultó que era del vecino y se le entregó, pero así ha habido muchos animales”, cuenta Juan Campos, quien diseñó sus pinzas para atrapar víboras porque, dice, los alicantes son las más comunes reptando por la ciudad. “Las capturamos con mucho cuidado y las metemos en un bote o un costal, y si es cascabel la llevamos con el biólogo, si es una alicante la liberamos de inmediato”.

Juan Campos consigna los cambios de conducta entre sus compañeros y la población cuando se enfrentan a un animal silvestre, “porque los compañeros de mucho antes, si veían una serpiente la mataban, porque no había control ni conocimiento; pero conforme se ha ido capacitando al personal se hace conciencia y ya tratamos de no maltratar a los animales”.

Por su parte Javier Chacón confirma que el trabajo de sensibilización dentro y fuera de la corporación es constante y en aumento, ya que la población a causa de la pandemia que obligó al encierro temporal, está buscando nuevos espacios naturales para el esparcimiento. “Hemos tenido mucho trabajo ahora que andamos en el cerro, tenemos que rescatar a la gente que se pierde y que también se ha topado con fauna local. En estos senderos los animales no habían visto a las personas, por fortuna no ha habido ataques; a la gente se le recomienda darles la vuelta, no acercarse porque es terreno de los animales y nosotros los estamos invadiendo. Sí hemos tenido reportes de cascabel, tarántulas y avistamientos de cacomixtles,  en la ciudad también hemos tenido capturas”, animales que pasan un periodo en la clínica particular Los Nogales, del doctor Raymundo, antes de ser liberados.

Cara a cara

“Dentro de mi apremiante necesidad de sol y aire fuera de mi ambiente habitual de concreto y asfalto, este año he tenido la oportunidad de conocer lugares próximos a casa de los cuales no tenía el gusto, ya que para despejarme de la urbe creía que debía estar lo más lejos posible de ella”. Escribe para esta publicación Mauricio Calderón, arquitecto e integrante desde el comienzo de este año de la agrupación Naturalistas Observadores de Aves, o NOA por sus siglas, personas que aprovechan cualquier momento para fotografiar a la naturaleza. La mayoría de las imágenes que ilustran este texto son precisamente de ellas.

En una de sus andanzas, como escribe Mauricio, “cerca de casa” tuvo un encuentro fascinante: “El sitio del que les hablo y que se ubica al norte de la ciudad de Torreón es un remanente del río que atravesaba nuestra Comarca Lagunera, del cual solo nos queda un vado la mayor parte del tiempo, y que actualmente se mantiene con aguas supuestamente tratadas. A pesar del tipo de agua, este lugar rebosa de una gran cantidad de fauna: insectos, aves, reptiles y mamíferos.

“Dentro de éstos últimos lo usual es observar de vez en cuando conejos o liebres, pero una mañana de noviembre coincidí con un espécimen que ya había visto anteriormente en otros lugares de la región y del país, pero que no había tenido la buenaventura de fotografiar.

“Al finalizar mi caminata me percato de un movimiento entre la vegetación, por lo que detengo mi marcha y preparo mi cámara fotográfica sin saber aún de qué se trataba. Una vez alertados los sentidos identifiqué un felino grande viéndome entre la maleza, acomodé la cámara y empecé a disparar. El felino siguió su marcha, en un claro se detuvo y volvimos a cruzar miradas por varios segundos que a mí me parecieron una placentera eternidad.

“Para finalizar la escena, respetando al otro por más diferente que éste sea, cada quien siguió su camino sin aspavientos, bueno solo él, porque en lo que a mí respecta quedé con un cúmulo de emociones por el encuentro. Este registro es de un lince americano (Lynx rufus), que es un carnívoro de tamaño mediano con el cual compartimos territorio en América del Norte, incluyendo las áreas despobladas de la Región Lagunera, donde evita las zonas cultivadas extensas, ya que prefiere refugiarse en zonas de vegetación densa, como en este caso entre pastizales y una cortina de pinabetes”. Mauricio tomó las fotos del lince aquí publicadas.

Los encuentros con este felino han aumentado en la ciudad. Jorge Alberto recuerda cuando un paseante, junto a su hijo y su perro, caminaban por las orillas del fraccionamiento Senderos, también al norte de Torreón, cuando un gato montés salió al encuentro y los persiguió por un momento. “El gato se vio acorralado y por eso se les echó encima, pero solo como para espantarlos. Estoy seguro que era el mismo gato que capturamos en el colegio  Pereyra, lo sabemos porque encontramos la letrina y el echadero que es una covacha que hacen los gatos; vimos que era un macho joven por las marcas que fuimos encontrando, por los datos que fuimos reuniendo, sabíamos que era él, porque sabíamos que no le tenía miedo a la gente porque la ha visto, y por ello sé que es el mismo que estuvo en Pereyra”.

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Se refiere a la captura ocurrida en junio de 2019 dentro del colegio citado. “Nos hablaros de bomberos, ¡vénganse porque se metió un gato montés y necesitamos que vengan ya porque está lleno el colegio! Me impresionó el protocolo de seguridad, porque no había ningún niño afuera, todas las puertas y ventanas cerradas y los profesores en su lugar, afuera solo estábamos quienes debíamos estar. Llegamos y el gato estaba en las escaleras, ¡déjenlo salir porque si lo acorralamos se nos echa encima! Fui con lazos atrapa perros, iba el doctor Raymundo Sánchez, cuando llegamos ¡qué salta y a corretearlo!, bueno, a seguirlo. El gato se aventó del tercer piso como si nada y nosotros detrás de él, pero se nos perdió, lo andábamos buscando; estaba en un árbol y eso que pasamos tres veces por debajo del árbol, hasta que un compañero se recargó en el tronco y lo escuchó respirar. Nos organizamos y como ya conozco a las especies, sé cómo se van a comportar, lo lazamos y cuando se calmó un poco lo sedamos, tuvimos que agarrarlo para inyectarlo”.

El felino duró un tiempo en la veterinaria del doctor Raymundo, después fue liberado en la zona de Jimulco.

Los integrantes de Rescate de Fauna han vivido otros capítulos de mayor riesgo, como el del gato montés refugiado dentro de la iglesia del ejido La Partida: “Ahí estuvo bueno porque era la hora de salida de las escuelas, y estaba llenísimo, llegamos y el animal estaba estresado por el ruido de los niños; yo soy estricto en los operativos para evitar riesgos. Corrí a toda la gente, es por su seguridad, no solo la de las personas sino la nuestra también. Nos esperamos media hora a que se le bajara el estrés al gato, y aplicamos el mismo método, lo lazamos y luego lo sedamos”.

Aunque no le ha ocurrido algún daño al atrapar a los felinos, Jorge Alberto les teme más que a los osos, y eso que ya recibió un rasguño del plantígrado capturado en Matamoros en octubre pasado, el que, una vez sedado, se giró sobre su lomo y una de sus garras arañó la pierna de Jorge.

“El problema es que estamos desplazando la ciudad muy rápido, la mayoría de los reportes que me llegan son de la periferia, de los fraccionamientos Senderos, Las Villas, de Montebello. Y los reportes son: se me metió un lince, se me metió una víbora. Ocurrió que un águila se llevó mi gato, ¡sí ha pasado! En una ocasión tuvimos que ir a capturar una aguililla de Harris porque atacó a un niño, eso fue en la colonia Hacienda del Rosario en 2019”.

Los expertos no supieron la razón del ataque: si fue un accidente o si el menor iba acompañado de una mascota que llamara la atención de la rapaz. “Cuando fuimos ahí andaba la aguililla de Harris. El niño sí traía un rasguño y le preguntamos, queríamos saber qué detonó el ataque porque es algo muy raro, porque el niño no iba solo, iba el papá y otro niño”, relata Jorge Alberto.

El padre del menor lesionado mostró un video de aquel día, no se identificó algún elemento que alentara la agresión. Buscaron en los árboles el nido del ave, no lo hallaron tampoco, aparentemente no había razón del ataque, solo la cercanía de los humanos con los habitantes originarios del sitio.

El equipo de rescate se enfocó en atrapar a la aguililla para liberarla en otro sitio alejado.

Además del crecimiento urbano, las nuevas prácticas de esparcimiento de la gente como el senderismo, el ciclismo de montaña y la construcción de casas de campo en zonas alejadas, están forzando el encuentro de dos hábitats, el humano y el silvestre. El problema radica en que los primeros no han sabido cómo convivir, cómo plantear una relación de armonía para integrar estos dos ambientes naturales.

El reconocimiento de Pancho a sus salvadores ejemplifica la factibilidad de plantear una nueva relación entre el mundo silvestre y el urbano, relación en la que no haya que someter a nadie.

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