Lápiz labial para reanimar

Creo en la educación vivencial como el método más certero para acercarnos al conocimiento. Aunque no la experimenté como alumno, pretendí implementarla como profesor universitario. Por esto decidí viajar al territorio de Viesca, Coahuila, con mis alumnos de periodismo.

Visitaríamos primero el poblado de Venustiano Carranza, donde los recuerdos y las ruinas de la hacienda de Hornos se resisten a desaparecer totalmente; frente a ellas se levanta imperturbable la vetusta iglesia de Santa Ana.

Carranza es un pueblo marginado que vive de la elaboración de carbón de mezquite y que al paso del río Aguanaval queda más aislado que como lo estaba hace trescientos años.

Segundo destino: Las dunas de Bilbao

El segundo sitio de visita sería las dunas de Bilbao, nicho de la lagartija “nadadora”, única en la región; escenario de filmes diversos y objetivo de motociclistas. Después conoceríamos los despojos de la fábrica de sal y al final del día estaríamos en la cabecera del municipio, Viesca, para conocer su pasado hidratado por balnearios que parecían eternos y para dar cuenta también de la colonización encabezada por tlaxcaltecas y españoles, todo para que, con esta vivencia nunca antes experimentada por mis participantes académicos, aplicar algunos de los métodos de la investigación periodística.

Por la mañana arribamos a Venustiano Carranza. Estacionamos la camioneta en que viajamos frente a las que fueron oficinas administrativas de la hacienda de Hornos. Nos dividimos en tres grupos para recorrer el poblado y entrevistar a la gente: las muchachas irían juntas, los muchachos por su lado, y el profe solo. Así salimos por rumbos diversos; los chicos visitaron la escuela, platicaron con los viejos y grabaron imágenes de la hacienda y la iglesia. Yo quedé atrapado con los relatos de los carboneros a las afueras del poblado, y las chicas... esperaban a bordo del vehículo.

—¿Qué pasó? ¿A dónde fueron? ¿A quién entrevistaron?

Detrás de una Tv y Novelas sujetada con ambas manos, abierta frente a un jovial rostro, la respuesta se lanzó como una daga filosa y certera: “¡Ay profe, aquí está muy aburrido! ¡No hay nada qué hacer!”.

Una lección sobre el periodismo de aventura

Argumenté, azorado, lo que antes había contado en clase más de una vez: “¡Es que estamos en la cuna económica de La Laguna! ¡Donde se establecieron los primeros poblados coloniales! ¡Ejemplo de lo que nos pasará!”. Como respuesta la chica cambió de página sin que su rostro apareciera encima de la revista.

Bien, vamos a realizar periodismo de aventura. ¡Rumbo a las dunas! El cambio despertó a los jóvenes y los montones de arena los remitieron a su infancia cercana. Pronto me di cuenta de que mis recomendaciones sobre el calzado y el vestido fueron olvidadas en el salón de clase. Las elegantes zapatillas se enterraron en la fina arena y las mangas cortas expusieron sus lozanas pieles al implacable sol del verano del 2008; hubo que distribuir sombreros y gorras —llevé más de una— así como botellas de agua.

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A los cien metros de caminata el calor los deshidrató. Una de las alumnas, de piel blanca, esbelta, se desmayó a causa de la insolación; pese a que era la mejor protegida, su frágil cuerpo estuvo a punto de caer de sopetón...

—¡Ricardo! Cerciórate de que no haya serpientes de cascabel debajo de ese arbusto —mandé.

Ricardo, a la distancia, lanzó piedrecillas para cumplir la orden. Pronto el resto del grupo hizo ronda en torno a la víctima, y no faltó quien sugiriera que la despojáramos de camisa y gorra. ¡Atrás! Ordené y pedí agua o refresco... nadie respondió; solicité una golosina, un dulce, y el silencio prevaleció. Aún flácida, la chica insolada logró reincorporarse y sus compañeros empezaron a abanicar frente a su rostro lívido. Fue cuando, de entre la expectativa por la adversidad, apareció la voz fresca como una brisa de la lectora de Tv y Novelas para convidar sin rubor: “¿Alguien quiere lipstick?”.

—¿Cómo?

—Pues como dijo que algo dulce, el lipstick está dulce —y para corroborarlo lo frotó sobre sus labios un par de veces, luego los apretó para confirmar el sabor y extendió el tubito color rosa ofreciéndolo a los demás...

Logramos regresar a la camioneta sin saldo negativo. Bajo la sombra de unos pinabetes, de sus mochilas los muchachos sacaron refrescos, agua, golosinas y lonches, alimento que no ofrecieron durante el desmayo. “Regresemos a la escuela”, dispuse antes de que, entonces sí, pasara una tragedia.

La clase terminó. Por supuesto que la chica Tv y Novelas pasó el curso, cómo podría reprobar a alguien que pone un toque de belleza a la adversidad; y si no, para eso está el lipstick.