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Lápiz labial para reanimar

Creo en la educación vivencial como el método más certero para acercarnos al conocimiento. Aunque no la experimenté como alumno, pretendí implementarla como profesor universitario. Por esto decidí viajar al territorio de Viesca, Coahuila, con mis alumnos de periodismo.

Por Héctor Esparza

Creo en la educación vivencial como el método más certero para acercarnos al conocimiento. Aunque no la experimenté como alumno, pretendí implementarla como profesor universitario. Por esto decidí viajar al territorio de Viesca, Coahuila, con mis alumnos de periodismo.

Visitaríamos primero el poblado de Venustiano Carranza, donde los recuerdos y las ruinas de la hacienda de Hornos se resisten a desaparecer totalmente; frente a ellas se levanta imperturbable la vetusta iglesia de Santa Ana.

Carranza es un pueblo marginado que vive de la elaboración de carbón de mezquite y que al paso del río Aguanaval queda más aislado que como lo estaba hace trescientos años.

Segundo destino: Las dunas de Bilbao

El segundo sitio de visita sería las dunas de Bilbao, nicho de la lagartija “nadadora”, única en la región; escenario de filmes diversos y objetivo de motociclistas. Después conoceríamos los despojos de la fábrica de sal y al final del día estaríamos en la cabecera del municipio, Viesca, para conocer su pasado hidratado por balnearios que parecían eternos y para dar cuenta también de la colonización encabezada por tlaxcaltecas y españoles, todo para que, con esta vivencia nunca antes experimentada por mis participantes académicos, aplicar algunos de los métodos de la investigación periodística.

Por la mañana arribamos a Venustiano Carranza. Estacionamos la camioneta en que viajamos frente a las que fueron oficinas administrativas de la hacienda de Hornos. Nos dividimos en tres grupos para recorrer el poblado y entrevistar a la gente: las muchachas irían juntas, los muchachos por su lado, y el profe solo. Así salimos por rumbos diversos; los chicos visitaron la escuela, platicaron con los viejos y grabaron imágenes de la hacienda y la iglesia. Yo quedé atrapado con los relatos de los carboneros a las afueras del poblado, y las chicas... esperaban a bordo del vehículo.

—¿Qué pasó? ¿A dónde fueron? ¿A quién entrevistaron?

Detrás de una Tv y Novelas sujetada con ambas manos, abierta frente a un jovial rostro, la respuesta se lanzó como una daga filosa y certera: “¡Ay profe, aquí está muy aburrido! ¡No hay nada qué hacer!”.

Una lección sobre el periodismo de aventura

Argumenté, azorado, lo que antes había contado en clase más de una vez: “¡Es que estamos en la cuna económica de La Laguna! ¡Donde se establecieron los primeros poblados coloniales! ¡Ejemplo de lo que nos pasará!”. Como respuesta la chica cambió de página sin que su rostro apareciera encima de la revista.

Bien, vamos a realizar periodismo de aventura. ¡Rumbo a las dunas! El cambio despertó a los jóvenes y los montones de arena los remitieron a su infancia cercana. Pronto me di cuenta de que mis recomendaciones sobre el calzado y el vestido fueron olvidadas en el salón de clase. Las elegantes zapatillas se enterraron en la fina arena y las mangas cortas expusieron sus lozanas pieles al implacable sol del verano del 2008; hubo que distribuir sombreros y gorras —llevé más de una— así como botellas de agua.

Más de Voces Nómadas | Agua para la paz

A los cien metros de caminata el calor los deshidrató. Una de las alumnas, de piel blanca, esbelta, se desmayó a causa de la insolación; pese a que era la mejor protegida, su frágil cuerpo estuvo a punto de caer de sopetón...

—¡Ricardo! Cerciórate de que no haya serpientes de cascabel debajo de ese arbusto —mandé.

Ricardo, a la distancia, lanzó piedrecillas para cumplir la orden. Pronto el resto del grupo hizo ronda en torno a la víctima, y no faltó quien sugiriera que la despojáramos de camisa y gorra. ¡Atrás! Ordené y pedí agua o refresco... nadie respondió; solicité una golosina, un dulce, y el silencio prevaleció. Aún flácida, la chica insolada logró reincorporarse y sus compañeros empezaron a abanicar frente a su rostro lívido. Fue cuando, de entre la expectativa por la adversidad, apareció la voz fresca como una brisa de la lectora de Tv y Novelas para convidar sin rubor: “¿Alguien quiere lipstick?”.

—¿Cómo?

—Pues como dijo que algo dulce, el lipstick está dulce —y para corroborarlo lo frotó sobre sus labios un par de veces, luego los apretó para confirmar el sabor y extendió el tubito color rosa ofreciéndolo a los demás...

Logramos regresar a la camioneta sin saldo negativo. Bajo la sombra de unos pinabetes, de sus mochilas los muchachos sacaron refrescos, agua, golosinas y lonches, alimento que no ofrecieron durante el desmayo. “Regresemos a la escuela”, dispuse antes de que, entonces sí, pasara una tragedia.

La clase terminó. Por supuesto que la chica Tv y Novelas pasó el curso, cómo podría reprobar a alguien que pone un toque de belleza a la adversidad; y si no, para eso está el lipstick.

Por César M. Ocampo Ramírez

Los murciélagos usan el sonido para observar en la oscuridad tal y como lo harían con sus ojos si hubiera luz. Así como los submarinos, los murciélagos emiten sonidos y escuchan los ecos, con lo que pueden saber qué hay a su alrededor. Pero… ¿alguna vez has escuchado un murciélago? ¡Los hay por todas partes! Se pueden encontrar tanto en el campo como en la ciudad.

Es posible que también los hayas visto volando cerca de sitios con agua o alrededor de las lámparas del alumbrado público. Si nunca los has escuchado no te preocupes, es poco probable que te estés quedando sordo. Lo que pasa es que la mayoría de las especies emiten sonidos tan agudos que están más allá de lo que nuestro oído humano nos permite escuchar. Pero hay algunas especies que emiten sonidos que sí podemos escuchar, sólo es cosa de ser observador y tener un tanto de suerte. “Una vez que me quedé hasta tarde en el parque Guadiana, empecé a ver y escuchar a los murciélagos mientras volaban sobre el agua” comenta Karla, estudiante duranguense.

¿Y cómo se escuchan los murciélagos? En realidad, esta pregunta puede interpretarse de diferentes maneras, por lo que también puede haber diferentes respuestas. Es posible que la pregunta se refiera a cómo se escuchan en el ambiente los sonidos que emiten los murciélagos.

Los investigadores utilizan aparatos más sensibles que nuestros oídos para estudiar estos sonidos. Con estos aparatos se pueden escuchar a casi todas las especies. Para describir cómo son estos sonidos, usualmente se hacen dibujos que ayudan a darnos una idea de cómo suenan incluso sin escucharlos.

En el estado de Durango hay cerca de 50 especies de murciélagos, y la mayoría emiten sonidos que son más agudos cuando inician que cuando terminan (su frecuencia cambia en el tiempo), pero también hay especies que emiten sonidos que, así como inician, terminan (su frecuencia no cambia, o cambia poco en el tiempo).

Estos diferentes sonidos les permiten utilizar diferentes tipos de ambientes y cazar ciertos tipos de presas. Por ejemplo, las especies de murciélagos que usan sonidos menos agudos suelen volar lejos de la vegetación, y pueden encontrar insectos más grandes que los murciélagos que emiten sonidos más agudos, y que prefieren volar cerca de las plantas.

Por otro lado, la pregunta ¿cómo se escuchan los murciélagos? también puede referirse a cómo se escuchan ellos a sí mismos, lo que es muy relevante para que puedan realizar sus actividades en la oscuridad. Ellos pueden escuchar los ecos de sus propios sonidos debido a que su sentido del oído es más sensible que el nuestro, lo que les permite percibir sonidos que nosotros los humanos no podemos.

Además, los investigadores piensan que los oídos de los murciélagos y su cerebro han ido evolucionando a la par con los sonidos que emiten, por lo que pueden escuchar mejor sus ecos entre el ruido ambiental.

Al observar sus orejas, podemos distinguir una gran variedad de formas, las cuales posiblemente les permiten escuchar mejor los sonidos que ellos mismos emiten para orientarse y cazar.

Por Eduardo Guajardo Mesta

A Graciela Martínez Limones, cuya flor preferida es el girasol.

Se ha vuelto una costumbre ejercer menosprecio a las plantas silvestres, son indeseables en ocasiones por no ser atractivas y tal vez porque no está planeado que crezcan en donde se les ocurre nacer. Recuerdo un bucólico huapango titulado “Flor silvestre” que trata el tema y cuya primera parte dice:

Flor silvestre y campesina

Flor silvestre y natural

No te creen una flor fina

Por vivir junto al nopal.

Aunque no todas son feas, inmediatamente se nos ocurre arrancar la “hierba mala” para que no estorbe, ni dé mal aspecto.  

En el patio de mi casa, que no merece el título de jardín, nacieron y se desarrollaron girasoles silvestres. Uno, al estar junto a un árbol de limón, no le faltó agua, creció notablemente y produjo muchas flores, que mejoraron el aspecto del lugar. Como alegre consecuencia, abejas de diferentes tipos empezaron a realizar la infatigable misión de extraer el néctar de las flores.

Además, proporcionaron inspiración para lograr imágenes fotográficas atractivas, desde las flores completas, pasando por acercamientos a sus visitantes, hasta paisajes surrealistas formados por sus diminutos pistilos en sus diferentes etapas de desarrollo y con néctar cristalizado.

Un día observé que las hojas de la planta estaban carcomidas y pensé en la maligna presencia de alguna plaga. Después descubrí un gusano de aspecto desagradable, como un alienígena amenazante y surgió la preocupación de que generara problemas en ese pequeño ecosistema, pues era el que se estaba comiendo las hojas del girasol. No supe que acción tomar, pero unos días después no era uno, eran varios gusanos. Lo admito, su aspecto intimidante produjo un efecto negativo y encontró suelo fértil en mi ignorancia. Esperaba que invadieran el árbol de limón y que acabaran con él, pero no, sólo les interesaba el girasol. Un día arranqué una hoja que portaba a uno de esos intrusos, gusano quemador, me ilustró hace muchos años un amigo en la escuela primaria; no quise hacerle daño y por simple impulso lo metí en una caja de cartón, le añadí hojas para que se alimentara, la cerré, la abrí dos días después y para mi sorpresa emergió una mariposa de esas, que en los años setenta del siglo pasado cuando venía “el tiempo de las mariposas”, pasaban por Gómez Palacio y recibían la sabia clasificación popular infantil de “Gallito”.

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Así que aprendí algo, los girasoles además de adornar el paisaje y generar néctar, aportan sus hojas como alimento para que esos temibles gusanos se transformen en bellas mariposas. He dejado crecer otras hierbas silvestres y el patio se llena de vida. Todo en la naturaleza tiene utilidad, es equilibrio, nosotros los humanos con nuestra ignorancia generamos el desequilibrio. En los ejemplos que he visto de esta transformación, los protagonistas primarios tan feos. Quién iba a imaginar que ese gusano, se iba a convertir en algo tan bonito. No hay seres malignos a pesar de su aspecto.

El siguiente artículo fue publicado en 2008 en la edición impresa de Nomádica, desde entonces poco o nada ha cambiado respecto a la distribución del agua en la Comarca Lagunera. La sobreexplotación del acuífero se mantiene y el contenido de arsénico en el agua se incrementa. La respuesta que dio el gobierno federal a esta crisis es el proyecto Agua Saludable para La Laguna, una iniciativa que repite el esquema que generó la crisis hídrica en la región y que elude el consumo excesivo de la industria lechera local (redacción).

Hace unas semanas tuve la oportunidad de volar desde la Ciudad de México al terminar el día. Los rayos del sol impactando a la Tierra con un ángulo bajo ayudan a realzar las características del terreno. No en balde los fotógrafos buscan siempre esa luz -la del inicio y la del final del día- pues es la que da los mejores resultados. Es una luz suave que realza al sujeto fotografiado. Desde el aire, repito, esta luz baja realza los rasgos más finos del paisaje. A diez mil y más metros sobre el nivel del mar, esta luz nos permite apreciar mejor el contorno de los cerros, los desniveles del terreno e incluso, los árboles del bosque.

Desde el aire vi varias cosas que nunca había visto en estos viajes de avión. Un enorme pozo en el sur de Zacatecas que luego supe era la mina abandonada de Real de Ángeles. Un cerro que proyectaba una sombra larga y aguda, como un puñal apuntando al oriente que luego pude identificar como el Cerro La Pichancha en los límites de San Juan de Guadalupe, Durango y Zacatecas. La sucesión de cerros que aparentan un tapete arrugado atravesados por el Aguanaval en el Cañón de la Cabeza, separando Torreón de General Simón Bolívar, separando a Coahuila de Durango. Luego los bosques de pino y encino de las majestuosas cumbres de Jimulco.

Cuando el avión brinca Jimulco, empieza un descenso más o menos abrupto hacia el aeropuerto de Torreón. En ese corto trayecto, menor a 30 kilómetros, pude ver no menos de doce megaestablos, auténticas instalaciones industriales para convertir eficientemente el verde forraje en blanca leche y en apestosa caca. Varios de estos megaestables, que alojan a miles de vacas, están en franca expansión. Se apreciaban con nuevos toldos ubicados sobre grandes extensiones desmontadas, listos a recibir a otros tantos miles de animales a las nuevas instalaciones. Desde el aire podía uno ver que esos animales aún no llegaban pues la tierra no adquiría aún el tono oscuro y sucio del estiércol. Probablemente estas vacas aún se encontraban en esos momentos a la mitad del Pacífico, en las entrañas de alguno de los múltiples barcos de carga que las transportan desde Australia y Nueva Zelanda hasta la Comarca Lagunera.

Ante la grave situación del agua en La Laguna, los megaestablos y los megaestablos en expansión existentes en toda la Comarca Lagunera y tan visibles esa tarde en ese pequeño rincón de Torreón y Matamoros, es un testimonio escandaloso ya no de la inconsciencia de la aristocracia lechera regional sino una demostración palpable de la estúpida voracidad que amenaza con cancelar la viabilidad de nuestras comunidades y que nos sume ya en la enfermedad y la muerte.

Por cada litro de agua que se filtra al acuífero, se extraen más de dos. Cambie el agua por pesos e imagine el acuífero por una alcancía de marranito y verá que las cuentas no salen. Si el marranito estaba pleno de monedas, llegará el día en que quede vacío. La ruina hacia la que nos llevan los ganaderos es cierta y total. Sin agua, nuestra comunidad de desierto que tanto nos enorgullece, perecerá. Toda. Sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni industria, ni comercio, ni servicios. Sin agua no hay vida y nos la estamos acabando.

Si atendemos a la pobre calidad del agua que bebemos, resulta que casi ya no nos queda agua para consumo humano. Me decía el Dr. Marcos Adrián Ortega de la UNAM, uno de los geólogos que más han estudiado el origen del arsénico en el acuífero lagunero: “En 1990 ustedes tenían una burbuja de agua potable rodeada de un mar de arsénico. Hoy, la burbuja está reducida a unos pequeños lunares que están desapareciendo con celeridad”. Todo apunta a que es la sobre-explotación del acuífero la que está provocando la creciente presencia del veneno. Concurren en esta apreciación la Comisión Nacional del Agua, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua y diversas investigadores y universidades internacionales como la Universidad Leibniz de Hannover, Alemania, que han estudiado el problema del arsénico en el agua de La Laguna.

Si hemos de buscar responsables, la tarea no es difícil. De cada diez litros que se extraen del acuífero principal, nueve se usan en la agricultura, lo que el La Laguna significa decir al cultivo de forrajes. Esta responsabilidad apunta finalmente a la gran pirámide empresarial y corporativa cuyo ápice son las poderosas compañías lecheras. Lo verdaderamente intolerable, lo que está causando un malestar social que ya se está desbordando a las calles laguneras es que, de cada diez litros que la agricultura extrae, casi cuatro se extraen de manera ilegal. Sin embargo, aquellos que están en una posición de ser castigados por la ley, son hoy receptores de medallas presidenciales.

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A pesar de la enorme gravedad de la situación, la complicada trama de intereses políticos y económicos ha hecho que la autoridad, en lugar de velar por el bienestar de la población, haya sido complaciente con los intereses de la agroindustria. Por ello es que ya entendimos que los ciudadanos activos tenemos que alzar nuestra voz y poner un alto a conductas que nos están enfermando y que están cancelando el futuro de nuestras comunidades.

Paradójicamente, los responsables de este desastre son también parte también de los afectados. En un diáfano caso de autogol ambiental y de salud pública, la leche lagunera está afectada por el arsénico. En un estudio publicado en 1997 pero con muestras de 1992, Irma Rosas, investigadora de la UNAM y sus colaboradores, encontraron que diez por ciento de las muestras de leche analizadas tenían niveles de arsénico inaceptables. Hoy, dieciséis años después la situación podría ser peor. De ahí que no pueda entenderse el boom lechero que experimenta ahora La Laguna, el que pude ver desde los cielos, sino en términos de la locura, la estupidez, la desvergüenza y la avaricia.

Por Francisco Valdés Perezgasga

Cuando empecé a cultivar la afición de observar aves, en un lejano 1983, el Halcón Peregrino se volvió de inmediato una de mis obsesiones. Desde esos primeros días empecé a memorizar datos y señas sobre este magnífico depredador, no por si lo veía sino para cuando lo viera. Es un ave de presa poderosa y veloz, no muy grande, entre 40 y 50 centímetros de largo, envergadura de poco más de un metro. Son los Peregrinos cazadores formidables en el aire lo que les ha llevado a tener una dieta casi exclusivamente de aves (desde pequeñas aves canoras hasta gansos pequeños), aun cuando, según las circunstancias, lleguen a cazar murciélagos y también pequeños mamíferos terrestres. En otros tiempos se le apodaba en inglés Duck hawk o Halcón de Patos lo que lo distinguía del más pequeño Merlín o Pato de Palomas y del aún más pequeño Halconcillo o Cernícalo –el Halcón de Gorriones.

The birds of Europe. London,Printed by R. and J.E. Taylor, pub. by the author,1837. http://biodiversitylibrary.org/page/42174323

El Halcón Peregrino Falco peregrinus es capaz de alcanzar velocidades superiores a los 300 kilómetros por hora en picada. Esta velocidad, combinada con sus poderosas y grandes garras, son su mejor arma a la hora de descolgar del cielo a sus víctimas. Aun cuando el Peregrino es un ave cosmopolita, con presencia en todos los continentes salvo la Antártida, casi fue extirpado del este de los Estados Unidos y Canadá por el abuso en el uso de los plaguicidas organoclorados como el DDT. Estos potentes venenos son capaces de interferir con el aparato reproductivo de las aves de presa al grado de adelgazar en extremo el cascarón de sus huevos impidiendo la reproducción y asegurando la extinción de poblaciones enteras. El no haber visto un peregrino en mis primeros años de observar aves puede deberse al abuso que del DDT hicimos en La Laguna de los 50s y 60s, en La Laguna del boom algodonero.

El nombre de Peregrino quizá le venga por las impresionantes migraciones de algunas poblaciones de este halcón. Hay Peregrinos que anidan en las tundras del Ártico y que migran a Sudamérica, 25,000 kilómetros al sur. Desde hace mil años que el Peregrino es un ave de presa muy buscada por los cetreros. Su aguda visión, su velocidad y su método de cacería hacen al Peregrino muy atractivo para quienes practican este arte. La reintroducción del Peregrino de las zonas de las que lo expulsó el DDT constituye uno de los éxitos más asombrosos del movimiento conservacionista. En buena parte este éxito se debió a los métodos exitosos de reproducción en cautiverio desarrollados a lo largo de los siglos por los cetreros.

Debí esperar hasta julio de 1986, en vísperas del viaje que me ausentaría casi cuatro años del país, para llegar a ver mi primer Peregrino. Fue una mañana de julio, el día de mi cumpleaños para mayor INRI, en la Alameda de Saltillo. En lo alto de un fresno ahí se encontraba un magnífico ejemplar, probablemente de un cetrero, a juzgar por las tiras de cuero que le colgaban de uno de sus pies. Cuando un observador de aves hace un registro notable, cómo el de mi primer Peregrino, el recuerdo del encuentro queda bien grabado en la memoria. 

A lo largo del tiempo mis encuentros con el Halcón de Patos se han vuelto muy frecuentes, literalmente diarios. A pesar de ser un ave que veo con frecuencia, cada avistamiento sigue revistiendo un carácter especial. Una tarde de verano en las tierras altas de Escocia Patricia y yo nos detuvimos a admirar el imponente paisaje del lago Duich al caer la tarde. Casi a las nueve de la noche aún había luz noche y las tranquilas aguas del lago resaltaban la imponente fortaleza del castillo Eilean Donan. De pronto vi un ave cuya trayectoria la traía hacia nosotros. Su vuelo era pesado, con mucho esfuerzo. Volaba bajo. Al pasar por encima de nosotros vimos con sorpresa que cargaba entre sus garras una enorme y blanquísima paloma recién cazada en vuelo. Siguió su vuelo hasta las torres del castillo donde de seguro comió y donde probablemente alimentó a sus pollos.

Otro avistamiento notable fue en fechas más recientes, hace unos cinco años, una mañana de domingo, en el Cañón de Fernández, nuestra atención se dirigió hacia dos Halcones Peregrinos que cruzaban el cauce del Nazas. Uno de ellos perseguía y llamaba al otro, reclamando atención. Con nuestros binoculares pudimos ver que el halcón que llevaba la delantera, también portaba un Picogordo Azul entre sus garras. Era aquella escena quizá una lección de cacería que el padre o la madre daban a la cría inmadura.

A mitad de enero de este año nos topamos con otra pareja de Peregrinos haciendo acrobacias en el aire en las orillas de la Planta Tratadora de Aguas Residuales de Gómez Palacio. Los dos hacían fintas de ataque. Uno se lanzaba en picada sobre el otro, el cual, a su vez, giraba el cuerpo para recibir el ataque panza al cielo, con las garras listas. Todo el espectáculo carecía del drama de una pelea seria. La diferencia en la corpulencia de los halcones nos dio la pista que aquellas maromas eran, con toda seguridad, escarceos amorosos entre un macho y una hembra. 

Desde hace 12 años veo con regularidad Halcones Peregrinos en nuestra comarca. Las antenas de Telecomunicaciones y Telmex entre las avenidas Morelos y Juárez, y entre las calles Falcón y Leona Vicario, son sitios sumamente atractivos por la cercanía de grupos grandes de palomas y tórtolas y por la altura de las estructuras que les proveen de perchas desde las cuáles desatar sus mortíferos ataques. Pero el lugar en el que veo peregrinos con mayor frecuencia es la antena de la televisora ubicada en la Ampliación Los Ángeles. Para verlos no tengo que salir de mi casa: Desde el patio puedo verlos atentos a cuanto pasa a su alrededor, esperando a la víctima propicia.  O verlo lanzarse un clavado sobre su prospecto de almuerzo. O ser testigo del sangriento espectáculo del desplume y el desgarre de la carne cuando el Peregrino come. O admirar la pachorra satisfecha, adormilada y buchona, del Peregrino reposando la comida. Generalmente veo uno, pero en ocasiones dos Peregrinos a la vez. Ha habido mañanas que, estando yo leyendo el periódico en la mesa de mi cocina, hasta ahí me llega el seco llamado del Peregrino. Su cac, cac, cac, cac, parecido al ruido de una refrigeración necesitando aceite. Es el llamado del Peregrino anunciando que el Sol ya sale, que el paso de tordos y palomas está próximo, que el desayuno ya casi está servido en el cielo del norte de Torreón. Quizá sea un llamando vanidoso para que salgamos a verlo y a admirar su belleza, su velocidad, su destreza.

Por Efrén Mireles Estens

Interesante trabajo artístico artesanal, donde a partir de ramas de plantas del semidesierto y de  espinas de cactus que ya se secaron, más la imaginación y paciencia, en las manos del ebanista y cactófilo Gerardo Martínez Ortiz, surgirá una figura única, expuesta a la interpretación e imaginación de quien la vea.

La presentación en público de estas originales obras, fue en las instalaciones del Museo Regional de La Laguna en Torreón, que recientemente se montó, dentro de la celebración del 10° Aniversario de la Asociación Lagunera de Cactología.

Las figuras hechas por Gerardo, transmiten o crean, la apariencia de una nueva vida, en un animalito original, irrepetible, donde cada quien busca y pretende encontrarle la forma que representan las espinas y con su imaginación, encontrar una, o varias apariencias.

El nombre de cada pieza terminada es “ASLAK” y su creador lo define como “Animales Fantásticos de Cactus Secos”

Comenta Martínez Ortíz, que anteriormente, en el inventario de cactáceas de su jardín botánico, cuando algún ejemplar se secaba, sencillamente lo tiraba a la basura, como una planta ya muerta. Posteriormente, motivado por su afecto, o ‘amor’, a esos cactus, inició la conservación de algunas partes, como las espinas, pequeños troncos, pencas, cortezas, vainas, etc. y decidió hacer figuras de animales con esos materiales, como para continuarles la vida, en una nueva forma.

El oficio laboral de Gerardo, para ganarse la vida y sostener a su familia, es la ebanistería, por lo que sabe utilizar los pegamentos y los barnices, logrando en sus primeros intentos, unir tres o cuatro espinas de un cactus llamado Euphorbia grandicornis y obteniendo unas pequeñas figuras que aparentaban ser la forma de un venado, o de un perrito. Esos fueron sus primeros ASLAK.

Actualmente cada ASLAK queda a la libre interpretación de quien lo observa, Gerardo equipara sus obras, con la prueba psicológica de Herman Rorschach, donde cada quien interpreta lo que representan las manchas de tinta en una hoja de papel, de acuerdo a su personalidad. Aquí cada quien ve un animalito diferente, pero todos le dedican una gran atención y hacen comentarios muy positivos de todas las figuras, independientemente del parecido que creen verle, con los animalitos de la naturaleza.

Nuestro entrevistado es hijo de Don Lázaro Martínez de Haro (QEPD) precursor de la investigación del semidesierto del Bolsón de Mapimí, quien inculcó en sus hijos y les dejó de herencia, el cariño hacia la naturaleza de esta región. Gerardo se precia de conocer todos los caminos y serranías de la comarca lagunera, desde Parras y Ahuichila, hasta San Juan de Guadalupe y Tlahualilo, incluyendo Mapimí y por  supuesto San Pedro, la tierra de su padre.

Sus planes, son de jubilarse de su trabajo cuando cumpla 60 años, le faltan dos y a partir de ese momento, dedicarse a hacer ASLAK, en plan creativo y con valor agregado, que le permita segur disfrutando a su familia y a la vida, creando arte, o artesanía, con las espinas de sus cactus, que están, en las más de 500 macetas que integran su jardín botánico.

Además de continuar enriqueciendo su pequeño museo familiar, con el acervo de piezas y objetos, que por muchos años han sido recolectados en la Región Lagunera, del Bolsón de Mapimí en el semidesierto Chihuahuense.

Por Arturo González

¡Creo que ésta es la experiencia más impresionante y hermosa que le daría el más alto valor a mi vida!

En el viaje rumbo a lo desconocido que abordé con mi familia en medio de aquellas sierras metálicas, no imaginé que en el trascurso del camino de dieciséis horas en terracería, justo al cruzar el arroyo de Coyotes, rumbo a la carretera Durango–Mazatlán, pasaría lo que aquí narro.

Nunca olvidaré esa niñez tan sólida en mis emociones infantiles, saturada de aventuras, bajo el cuidado de una madre tan valerosa y tan firme de carácter, quien me guió a vivir y disfrutar cuanto había a mí alrededor. Hasta aquel día en que ella subió a sus criaturas en la carga de un camión transportador de madera, y que en medio de unas bandas metálicas -que eran sierras en forma de círculo usadas en el aserradero-, me sentó en medio de ellas junto con mis otros tres hermanitos más pequeños que yo.

    Mis vivencias en San Miguel de Cruces, en la sierra de Durango, no tuvieron límite: un chiquillo soñador, aventurero, curioso, de sangre fría; no le temí nunca a nada, ni a la onza… aquel felino de color negro que esperaban mis parientes por las noches con el Winchester 30-30 cargado alrededor de la fogata, y yo en medio de ellos siempre mirando de reojo, o sobre mis hombros, para ser testigo de la cacería… la onza, supe después, que era una pantera negra que habitaba en el área de mi pueblo.

    Me daba miedo cuando nos montaban a mi hermana mayor y a mí en el lomo de una mula para salir a la cantada, pues mis dos tíos Elodio y Santiago, junto con mi mamá, los llamaban para tocar a San José de Bacis, porque eran los músicos de esa parte de la sierra; ellos con guitarra y acordeón, y mi madre cantaba. Que experiencias tan bellas verlos trabajar al centro de una cancha improvisada con alambre de púas y grandes cachimbas llenas de petróleo azul como lumbreras, mientras yo envuelto en una colchoneta detrás de los artistas comía galletas de animalitos con un posillo de canela, mirando las estrellas y escuchando el ambiente nocturno con sonidos de foresta y el correr del río, más la fragancia de  los diferentes árboles a mi alrededor; complementaba mi fascinación la voz de mi madre.

    ¡Creo que ésta es la experiencia más impresionante y hermosa que le daría el más alto valor a mi vida!

En el viaje rumbo a lo desconocido que abordé con mi familia en medio de aquellas sierras metálicas, no imaginé que en el trascurso del camino de dieciséis horas en terracería, justo al cruzar el arroyo de Coyotes, rumbo a la carretera Durango–Mazatlán, para bajar El Salto y seguir en autobús cuesta abajo del Espinazo del Diablo, aquellas bandas se soltaron del nudo que las unía para permanecer en forma circular… fue el destino quien se encargó de salvar a toda mi familia, fue el destino porque en el caos del evento a nadie cortaron, pues estaban afiladas aún, y tenía yo nueve años de edad cuando llegamos a Mazatlán, no conocía el mar ni ninguna ave marina, mi alma era pura pero mi espíritu muy inquieto!

Mi vida cambió inesperadamente en los siguientes años, ya que  me incliné por herencia genética a la música.

Antes no había libros para niños recién nacidos o de uno a cuatro años, y que en las otras edades de la infancia el menú era precario. Hoy, al contrario, el repertorio se ha ampliado junto con el avance de las técnicas de impresión y encuadernado.

Jaime Muñoz Vargas

Ya no quiero verlo con sorpresa, pero sí. En la edición de la FIL Guadalajara, la número treinta (noviembre-diciembre de 2016), vi con renovado asombro e interés el crecimiento de la oferta de libros para niños. No tengo la estadística, pero “a ojos vistas”, como decían los antiguos, es evidente que ese rubro del mercado editorial muestra un desarrollo que amenaza venturosamente con seguir creciendo. Ojalá sea así, que mi percepción sea correcta y años tras año, en la feria mencionada y en todas las otras del país y del mundo, los libros para niños sigan ampliando los catálogos y la estantería disponible.

He comentado no una vez, sino muchas, la poderosa evolución que ha experimentado, desde hace unas tres décadas a la fecha, la edición de libros infantiles. En mí ya lejana infancia y en la de muchos que peinan canas o pulen una bola de billar sobre sus orejas, los libros disponibles eran básicamente de dos tipos: los que servían para “iluminar”, con trazos en línea negra y gruesa, de papel revolución, útiles para mancillarlos con crayones; el otro tipo de libro era sólo “de lectura” y contenía imágenes a cada página y tipografía grande. Los primeros servían básicamente para niños de cuatro a siete años; los otros —muchas veces con relatos de los hermanos Grimm, de Perrault o de Iriarte— para chamacos de entre ocho a diez, si mucho.

Esto significa que no había libros para niños recién nacidos o de uno a cuatro años, y que en las otras edades de la infancia el menú era precario. Hoy, al contrario, el repertorio se ha ampliado junto con el avance de las técnicas de impresión y encuadernado, de suerte que la variedad ha crecido alentadoramente. Libros hay, como puede verse en las ferias o en las buenas librerías, para todas las edades de la niñez. Por ejemplo, los que han sido diseñados para pequeños que todavía no desarrollan el tacto fino y están en su etapa oral; son libros pequeños, gorditos, con páginas de cartón prensado muy gruesas y plastificadas, encuadernados con firmeza para que el niño pueda lamerlos y jalonearlos sin el riesgo de que se rompan y engullan un material peligroso. Para niños un poco más grandes, libros con páginas menos gruesas, con texturas diferentes en cada hoja y a veces con olores de los objetos que presenta (recuerdo uno con frutas que al acercar cada página olían a la fruta de la ilustración). Conforme avanza la edad de los niños, el libro se sofistica más, como esos de páginas que despliegan escenarios en tercera dimensión, verdaderos portentos del diseño. De esa forma llegamos, ya para el adolescente, al libro convencional, de páginas sin ilustraciones y tipografía de tamaño estándar, pero con historias adecuadas a esa edad.

El caso es enfatizar que no todo está perdido en materia de lectura. Pese a los malos augurios y a la sofisticación de tecnologías que en apariencia han desplazado al libro tradicional, el auge del libro infantil (de papel o materiales semejantes) anuncia que se está formando, así sea de manera insular, un lector que empieza a tener contacto con los libros desde que está literalmente en la cuna. Es buena señal. Ojalá, como señalé al principio, no decrezca a medida que la pantallitis de celular o de la tableta cobra más y más víctimas.

NUESTROS MONUMENTOS FUNERARIOS

Por  Higinio Esparza Ramírez

Expuesta a la intemperie y a los estragos de la barbarie, las flechas, corazones y ruegos de los apasionados suspirantes aplicados en toda la superficie marmórea del conjunto con crayón, gis, lápiz y navajas, la habían manchado en un alto grado. Por lo tanto, la familia Franco Crabtre, propietaria de la estatua conocida como Ángel del Amor, decidió trasladarla al atrio de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús donde ya no sufre daños.

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Graciela Álvarez Rodríguez, Héctor Raúl Avendaño y Héctor Alejandro Esparza Nieto, coincidieron al referirse al arte funerario, al patrimonio cultural y arquitectónico que aún se conserva –maltrecho y olvidado en algunos casos- en los panteones comarcanos, concretamente los de Gómez Palacio, Lerdo, Mapimí y Matamoros, y expresan su preocupación por la pérdida de los monumentos expuestos al desamparo, a la ruina y a una extinción inminente si no se toman medidas apropiadas para preservarlos.

    Los tres subrayan que se trata de una riqueza más artística que ostentosa legada desde la época del Virreinato, pasando por el Porfiriato y las más recientes: finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en las cuales el culto a la muerte se manifestaba en obras de corte funerario dignas de los mejores museos de la actualidad.

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    En una de sus crónicas (difundida en El Siglo de Torreón), Avendaño aborda el tema relacionado con una copia de “La Piedad” de Miguel Ángel Buonarroti, elaborada con mármol de Carrara en Viareggio, Italia, la cual adornaba el mausoleo de la familia Cano Méndez en el panteón municipal de Gómez Palacio y que ahora se encuentra en la iglesia de la Medalla Milagrosa, en la colonia El Fresno, de Torreón, Coahuila, transferencia que el escritor gomezpalatino reprocha veladamente con un “Cosas Veredes Mío Cid”.

    Una información más a fondo propalada por el mismo Avendaño confirma que la familia Cano decidió retirarla del cementerio para protegerla del vandalismo y la donó a la hoy Basílica de Guadalupe, en la misma ciudad, pero el obispo en funciones José Guadalupe Torres Campos se negó a aceptarla argumentando que se dañaría el piso de la iglesia. Del mismo modo rechazó el ofrecimiento de los Cano Méndez para reparar por su propia cuenta los estropicios que pudiera causar el asentamiento de la escultura en el interior del templo católico.

    A causa de la cerrada negativa de Torres Campos, la familia finalmente decidió donarla a la iglesia de La Medalla Milagrosa, donde recibió cobijo y resguardo bajo techo.

    Un caso parecido en materia de rescate y salvaguarda de monumentos funerarios de fino tallado en piedra, ocurrió en  Ciudad Lerdo con el “Ángel del Amor”, una escultura sepulcral hecha de cantera y mármol en 1879 y reemplazante de San Antonio en aquello de hacer realidad los sueños imposibles de los enamorados, virtud que le ha valido el reconocimiento internacional.

    Expuesta a la intemperie y a los estragos de la barbarie, las flechas, corazones y ruegos de los apasionados suspirantes aplicados en toda la superficie marmórea del conjunto con crayón, gis, lápiz y navajas, la habían manchado en un alto grado. Por lo tanto, la familia Franco Crabtre, propietaria de la estatua, decidió trasladarla al atrio de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús donde ya no sufre daños y conserva su valía como monumento histórico y artístico.

    Advierte Avendaño que la perdurabilidad de los panteones y sus monumentos dignifica a los pueblos y se pronuncia por la limpieza, seguridad y forestación de los lugares santos y sus estatuas de bello diseño como una forma de respetar la memoria de nuestros ancestros.

   Esparza Nieto, por su parte, destaca que el panteón municipal de Mapimí “es una galería de arte funerario que vale la pena conservar, pues en cada lápida hay un capítulo de la historia de la Comarca Lagunera” y advierte: “Si no preservamos esa historia, en polvo nos convertiremos”.

   A su vez, Graciela conforta a las almas errantes desplazadas del añejo cementerio de Matamoros, Coahuila con una perla literaria que pincela el dolor generado por la pérdida terrena: “un mezquite lloroso que exhala los ecos del tiempo cuando las personas pasan hacia la eternidad…”.

    Loable, pues, es el trabajo de investigación periodística desarrollado con acierto y sensibilidad por los tres escritores laguneros preocupados por conservar y difundir la historia regional plasmada en los camposantos.

    Plaza Lagunera y Nomádica, son sus plataformas de observación y denuncia; al mismo tiempo invitan a cuidar las tradiciones mortuorias convertidas no sólo en arte y presencia espiritual y familiar; también por su calidad de archivos de mármol, cantera y mampostería que resguardan la crónica del pasado y dan lustre y vida a los  bienes materiales e inmateriales que  conforman un patrimonio de carácter universal.

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